El estampido

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Enviado el , clasificado en Terror / miedo
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   Recuerdo que volvía del trabajo y mientras pasaba veía, a través de algunas pocas ventanas entreabiertas, breves escenas de la vida familiar en el interior de las casas que me estimulaban a imaginar sobre qué conversaban o qué comían. Sin embargo, algunas siluetas tenebrosas y casi irreales se mantenían furtivas e inmóviles como estatuas junto a las ventanas espiando a los ocasionales caminantes nocturnos como yo. ¿Para ver qué?, vaya uno a saber qué curiosidad enfermiza mueve a esos atormentados seres. Pobres criaturas víctimas, ellas también, del descuido de los principiantes cuando una puerta abierta detrás, dejando entrar el resplandor de las luces encendidas de un cómodo contiguo, delata sus infames presencias siniestras detrás de las cortinas traslúcidas, porque no se dan cuenta que también son observadas. 

   Como decía, caminaba entonces por la vereda mal iluminada cuando de repente, como siempre sucede, faltó energía. A los pocos segundos gritos anónimos de quejas, acompañados de todas las puteadas conocidas, brotaron al unísono desde el interior de las casas. Los gritos de descontentamiento popular se hicieron oír como un clamor. Entonces me olvidé por completo de los espí­as anónimos y me esforcé por ver los posibles desniveles y pozos en la vereda. En seguida escuché a mis espaldas un tumulto cercano, ruidos como de cosas siendo rotas entremezclados a gritos y lamentaciones, producto de alguna violenta discusión. Tal vez una pelea matrimonial, pensé, y equivocado no estaba, como pude comprobarlo unos minutos después. La conmoción era en la casa que acababa de pasar. Primeramente pensé en echarme a correr, pues sin saber por qué presentí algo malo en todo ello, pero la idea de tropezar y romperme la cara o quebrarme una pierna me hizo actuar con cautela; con lo que me recosté contra la pared y avancé como lo haría si estuviera caminando por la cornisa de un edificio, o por un estrecho sendero a la vera de un acantilado. Y para empeorar la situación, ningún vehículo circulaba en aquel momento para iluminarme con los faroles, aunque sea momentáneamente, los accidentes de la vereda. De pronto oí retumbes o golpes, no sé, muy fuertes y más gritos, puteadas, amenazas y súplicas. Unos segundos después los que provocaban todo aquel alboroto salieron a la calle. Allí siguieron los gritos y las amenazas y las súplicas y las puteadas, que ahora podía oír con más nitidez. De repente algo iluminó la noche y un estallido ensordecedor muy cerca a mí no me dejó oír nada más, porque todo quedó en silencio. Supongo que la gente habrá bajado las persianas por temor al estallido, porque nadie salió a la calle, y decepcionados por tener que esperar la vuelta de la energía, que siempre es interminable, se habrán ido a la cama. Ya los que peleaban, espantados quizás por el estampido, seguramente habrán entrado rápidamente a la casa, porque tampoco los oí más. Ya los que husmeaban detrás de las cortinas, quizás tengan mucho de qué hablar cuando por la mañana salgan a contarle a todo el mundo que vieron a un hombre caer herido de muerte por un balazo en la vereda. 

                                                              Fin. 


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