Los Borges - parte 1

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I- ROGERIO BORGES 

Piense el lector en alguien que conozca le que tenga aberración al trabajo, o que haya conocido, o que quizás alguna vez haya oído hablar. Bien, ninguno le llegará ni a los talones a Rogerio Borges. Y si se narraran todos los malabarismos y laberínticas aventuras, auténticas proezas imposibles para el común de los mortales, que este personaje ha protagonizado en pos de vivir sin nunca, hasta hoy, ya con 46 recién cumplidos, haber conocido en persona lo que es trabajar, aún quedarí­a mucho por contar. Tan cierto es, que desde muy joven suprimió de su mente y de su vocabulario la palabra trabajo y la cambió por "aquéllo". Huérfano desde los ocho años, un hermano de su padre se encargó de él. El tío Herminio era soltero y siempre le huyera al compromiso que pasara de tres encuentros, porque hasta allí llegaba el fuego de su pasión, más allá de ese plazo, todo era frío polar. Así llevaba su vida de dandi, de un adiós a fulana hasta el hola mucho gusto para mengana. La tutela del pequeño Rogerio, lejos de ser un impedimento en la vida libertina del tío Herminio, se tornó, hasta los doce años del niño, porque después de esa edad ninguna mujer se enternece por ninguno, un anzuelo más que conveniente para las señoritas con almas abnegadas y caritativas que al viejo le gustaba pescar. Al final, todo huérfano al cuidado de un bondadoso, y codiciado, tío merece una madre; y no solamente porque fuera un buen partido sino que además de rico, también era apuesto y educado. Pero ni con tantos atributos en una sola persona consiguió mujer alguna ponerle los grilletes del matrimonio hasta los setenta y cuatro años, cuando la parca, en una tarde de verano, de un solo guadañazo reclamó su alma antes del grande finale entre los brazos de un amor clandestino. Cuando el triste acontecimiento ocurrió Rogerio tení­a veintidós años y hasta ese momento, solo dedicado a los estudios, nunca había conocido lo que toda la gente hace de ordinario para vivir, es decir: trabajar; y ahora, con la fortuna dejada por el tío, mucho menos. Pero la ilusión de la idílica vida color de rosa que imaginaba Rogerio duró poco. Dos hijos ilegí­timos del tío Herminio, ahora padre soltero post mortem, tres semanas después se repartían el noventa porciento de la herencia, reconociéndole apenas el diez a Rogerio. Parecería poco, pero el viejo era un inversionista nato; además Rogerio siempre supo sacarle provecho a la bondadosa mano suelta del tío con esquematizada frecuencia. Siempre andaba necesitado de algo que nunca dejaba de supervalorar, y así guardaba el sobreprecio escatimado, y cuando era puro embuste, por cierto lo más frecuente, guardaba la totalidad del dinero requerido. En catorce años el esquema de robarle al tí­o le rendiría lo suficiente como para vivir holgadamente, sin apuros y sin otros lujos que los indispensables y, lo principal, sin mover un dedo, durante cuarenta años. Pero ahora, sumada su parte en la herencia, podí­a ascender de categoría y vivir con cierta opulencia, aunque sin grandes exageraciones, hasta los ochenta, contemplando lo básico, aunque no invirtiera su dinero en nada: una familia tipo de dos hijos, club privado, seguro médico, automóvil 0 km, dos vacaciones al año, alojamiento en hoteles tres estrellas, las fiestas ineludibles, más la universidad de los hijos. ¡Y todo eso con las manos inmaculadas! Las mismas que jamás tocaron ni tocarán en los instrumentos del mal que el resto de los infelices mortales, incapaces de su brillante lucidez y percepción, llamaban herramientas de trabajo. Pero Rogerio nunca estuvo para poco, no bien puso las manos en toda aquella dinerama y contrariando las reglas del buen censo, se dedicó a gastar hasta el último centavo satisfaciendo su ego con caprichos de momento, a cualquier hora y todos los días. "Carpe diem, que sólo se vive el ahora y una sola vez", será su lema hasta el final de su vida. Un dí­a, mientras esperaba un táxi, y pensaba en una suite de lujo en el más caro y refinado hotel de la capital tropezó con Laurete. En ese instante la flecha de Cupido atravesó su corazón, y el de ella también. 

 


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