Los Borges - parte 3

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IV- TOC TOC TOC 

Un día cualquiera de la familia Borges, cuando los tiempos negros habían caído sobre ella, alguien llamaba, insistentemente desde hace varios minutos, a la puerta.  

   ¿Qué sujeto más insistente? Nunca vi igual, dijo Rogerio, estregándose las manos y mirando al cielo raso como si fuera el cielo verdadero. 

   ¿Qué nos faltó pagar este mes?, preguntó Laurete.

   Todo, desde hace siete meses consecutivos, contestó Heidy, sentada en el sofá. 

   ¿Y, con cuánto contamos en caja, Laurete? Los ojos de Rogerio buscaron los de su esposa. 

   Con nada, ni una moneda de un centavo. Zero cash desde hace ocho dí­as, respondió Laurete, haciendo un gesto desconcertante. 

   Papá, el último regalo que me prometiste y no cumpliste la promesa se llama "Regalo-No-Regalado-Número-Veintiocho". También conocido con las siglas en mayúsculas R.N.R.N.V. La voz de Baby, llegó desde la puerta de la cocina, de donde salía con un vaso de yogurt entre sus manos.

   Mi tesoro Inca, dijo Rogerio, mi princesa medieval, sabes que te daría el reino que no poseo y la estrella que tú eligieras, exceptuando las con luz propia como el sol, por razones obvias, me convertiría en cenizas millones de kilómetros antes de llegar, y no podría traértelo si así fuera tu deseo, porque para mí tus deseos son órdenes, pero en este momento me es humanamente imposible. La pequeña miró a su padre con una mueca de sorpresa. 

   ¡Guau, qué poético y conmovedor! ¿Debo reír o llorar? Cuando quería ser antipática, Baby era insuperable. De nuevo se escuchó el toc toc toc, el desconocido continuaba afuera­. 

   ¡Ojalá sea un cobrador! Dijo Rogerio para sorpresa de Heidy, no quiero ni pensar que sea un mensajero con una propuesta sobre "aquéllo". No me puede suceder tamaña desgracia. Como se ve Rogerio tenía sus razones para decir lo que dijo, el hombre temía lo peor. 

   Por favor, abran la puerta, es un asunto urgente y de su interés, dijo el desconocido. 

   ¿Qué podrá ser de nuestro interés?, se preguntó Rogerio, llevándose una mano al mentón. 

   Que nos perdonen nuestras deudas, arriesgó Laurete. 

   Que ustedes dos consigan trabajo, dijo Heidy, riéndose por dentro.

   ¡Qué bueno, iupiii ! Así­ podrás saldar la deuda que tienes conmigo papá y reanudar el ritmo de un regalo diario, según el prometido acostumbrado, pero que "sorpresivamente" dejaste de cumplir hace exactamente veintiocho dí­as atrás, cuando yo aún creía en ti, dijo Baby, ahora sentada junto a su hermana. 

   Heidy por favor, sé un poco menos cruel y trata de comprender nuestra situación, se quejó Laurete, con cara de preocupación. 

   ¿Sabes, papá?, preguntó Heidy, haciendo caso omiso a las palabras de su madre. 

   Mmmm, ¿qué?, contestó Rogerio. 

   A veces me sorprendes, respondió Baby, cruzando los brazos y poniendo cara de enfado.

   Gracias hija, me pones muy contento y me dejas muy orgulloso de ti. Sabía que entenderías, respondió Rogerio, que de espalda a ella no percibió el enfado escrito en la frente de Baby, que espumaba de rabia por la boca. Otro toc toc toc seguido por la voz del desconocido interrumpieron el coloquio familiar.

   Les advierto que no me moveré de esta puerta hasta ser atendido. Nunca dejé de cumplir mis órdenes y no será ésta la primera vez que me ocurra. Y miren que soy porfiado cuando me lo propongo, sentenció el desconocido. 

   Tendré que abrirle la puerta nomás a este infeliz y que sea lo que Dios quiera, que por lo visto no se irá hasta que la abramos, dijo Rogerio, resignado

   Pregunta quién es y qué quiere, pero no abras la puerta todavía, sugirió Laurete. Rogerio, acorralado por la terquedad del desconocido aceptó la sugerencia de su esposa con un dar de hombros vencido.

   ¿Quién es?, preguntó Rogerio, tímidamente. 

   Soy Gustavo Barros, de Costa y Acosta, abogados asociados. ¿Aquí vive la familia Borges?, dijo el desconocido. 

   Depende, respondió Rogerio. 

   Entiendo. ¿Quizás si digo que es un asunto de herencia, la familia Borges resida aquí?, sugirió el hombre.

   ¿Qué? Pero, sí, sí­, respondió Rogerio, apresurándose a abrir la puerta de un salto. 

   Adelante doctor abogado, pase, pase, dijo Baby, asomando el copete entre el marco de la puerta y su padre.

   Gracias padre celestial por atender a mis súplicas. Te prometo Diosito querido la más fastuosa misa de mentirita en Tu honor en la catedral de juguete que mi papi querido me comprará no bien ponga las manos en la herencia, dijo Baby, contenta y feliz. 

   No gastes palabras en vano en nombre del Señor, querida, que tu eterna estadía en el infierno está garantizada desde hace mucho ya, le dijo su hermana, notadamente enfadada por la hipócrita alabanza proferida por su superflua hermanita. 

 


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