Los Borges - parte 4

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V- LA HERENCIA 

   Siéntese doctor, y no le haga caso a mis hijas, siempre tan ocurrentes y chistosas ellas, dijo Rogerio, extendiendo la mano para saludar al hombre y, casi de prepo, arrastrándolo al interior sin soltarle la mano. 

   Mucho gusto doctor, tome asiento, le dijo Laurete. 

   Y desembuche de una vez de cuánto estamos hablando, intervino Baby, deseosa de saber el montante de la herencia. 

   ¡Baby! ¿qué modales son esos? Un poco de respeto por favor, la reprendió Laurete, enérgicamente. 

   ¡Mamá¡, sabes que sufro de TOC. Por favor digo yo, entiéndeme, se excusó la pequeña. Rogerio, tan ansioso como su pequeña, tomó nuevamente la palabra.

   ¿Bien, doctor, usted dirá?, dijo Rogerio estregándose ansiosamente las manos.

   Sí. Bien, su finada tía Filomena Borges lo ha nombrado como su único heredero, dijo el hombre. Rogerio pareció caer en estado de inconsciencia y en aquel letargo pareció estacionarse.

   Rogerio mi amor, despierta, vuelve, suplicaba angustiada Laurete, pero viendo que su esposo no reaccionaba resolvió sacárlo de donde quiera que se encontraba apelando a los malos modales:    

   ¡Despiérrrtate Rogerio, por el amor de Dios! Rogerio sacudió la cabeza, ya estaba de vuelta, pero medio atontado aún porque balbuceó: 

   ¿Qué?, ¿ah?, ¿sí­?, hasta que normalizado dijo: 

    Ah sí, la querida tí­a Filó. 

   ¿Qué tí­a es esa que yo nunca oí­ hablar?, preguntó Heydi.

   Qué importa si es tí­a Filomena o tía Pepa, si nunca supiste de ella o no la recuerdas. La pregunta es: ¿cuánto dejó?, respondió Baby.

   ¡Ay, cállate gananciosa cruel!, le dijo Heydi. 

   Chicas ustedes no se acuerdan de la tía Filomena porque estaban chiquitas, dijo Laurete, interrumpiendo la cháchara de sus hijas. 

   Por favor adorable familia, oigamos lo que el doctor tiene para decirnos, dijo Rogerio, imponiendo su autoridad.

   Bien, la herencia de su tí... 

   Que es de cuántooo, dijo Baby, interrumpiendo al hombre, impulsionada por la ansiedad.

   Más de lo que puedan imaginar los cuatro juntos, pequeñita, contestó sonriendo el hombre. 

   Mire que Baby tiene mucha imaginación, le advirtió Heidy, burlonamente.

   ¿Dónde hay que firmar?, dijo Rogerio, agarrando la lapicera que su esposa ya le alcanzaba. 

   ¿Alguien sabe a que hora abren los bancos?, preguntó Baby.

   ¿Qué habré hecho de tan malo en la vida anterior para estar pagando semejante karma?, se quejó Heidy.

   Me voy a ir a cambiar de ropa, dijo Baby y salió corriendo tras sus palabras.

   Y yo me voy a bañar, dijo Laurete y se marchó a su habitación.

   ¡Y yo me voy a matar!, dijo Heidy con resignación.

   ¿Y, tú, papá, adónde piensa ir cuando tomes pose pose de la herencia?, le preguntó hHeidy al padre. 

   Bueno, por lo pronto voy a acompañar al señor Barros hasta la puerta, respondió Rogerio, invitando  con gentileza al hombre a que se marchara, al final ya había firmado lo que había que firmar.

   Bien, entonces ya que todos van a alguna parte yo también me voy, pero al carajo, respondió el hombre, ya no soportando más permanecer en esa casa de locos. 

   ¿Y, en dónde queda éso?, quiso saber Baby, que se había cambiado de ropas más rápido que la Mujer Maravilla y ya estaba junto a su padre.

   Lejos nena, muy lejos, respondió el hombre, resoplando aliviado por largarse de allí. 

   Ese mismo día los Borges se lanzaron de cuerpo y alma al despilfarro desmedido, aunque hay que resaltar que Heidy, sin otra salida que acompañar a su familia, lo hizo en forma pasiva. Ya había pasado varios meses cuando Laurete le preguntó a Rogerio sobre la tía Filomena. 

   A propósito, ya hace tres semanas que quiero preguntarte algo, pero cada vez que voy a hacerlo siempre tengo algo que comprar y se me olvida, ¿qué tía es esa tal Filomena? 

   No sé, respondió Rogerio, lo único que sé es que nunca la vi más gorda ni más flaca. 

   Bueno, la verdad qué importa quién era, lo que importa es lo que nos dejó, dijo Laurete, sonriendo plásticamente. 

   Ciertamente querida, ciertamente, respondió Rogerio.

   Bien, tesoro, vayamos a descansar que mañana será otro cansativo dí­a de compras, dijo Laurete bostezando.

   Y bueno, mi amor, es el precio a pagar. Hemos de cumplir nuestro destino de podridamente ricos con la frente en alto y los changuitos rebalsando de compras, ¿no?, se quejó Rogerio.

   ¡Fantástico, mi amor! Eres un genio. Así se habla, dijo Laurete. 

   Claro mi amor, así hablamos los Borges, concluyó Rogerio. 

VI- 

DÍAS DE MUCHO, VÍSPERAS DE NADA 

Como se dijo, desde que pusieron las manos encima de la herencia de la tía ni gorda ni flaca Filomena, los Borges, como siempre había sido, se dedicaron a dilapidar su fortuna, gastando a lo billonario. Laurete, sin perder un minuto, había ido atrás de otra mansión. Baby, ni lerda ni perezosa, siguió elaborando nuevas y largas listas con sus caprichos siempre el alta; inspeccionando a diario su habitación donde siempre descubrí­a algo que ya no le interesaba más, o porque ya estaba viejo o porque en el mercado habí­a otro modelo mejor. Entretanto Heidy pensaba en el futuro, en sus descerebrados padres, en su hermana enferma y en la próxima caída. Con suerte la herencia de la tía desconocida duraría hasta cumplir los dieciocho, cuando ya habrí­a terminado el bachillerato (de la universidad podí­a olvidarse, no era tan optimista) y tendría que buscar un trabajo. Aún faltaban dos años para graduarse, así que sus padres y Baby no tendrían tiempo para dilapidar semejante fortuna, pensaba la coherente Heidy, sin tener en cuenta la medida exacta de su desmedida familia. Una frase que les caería como anillo al dedo sería: nunca subestimes a los Borges, porque con los Borges todo era posible, al punto de quedarse sin un billete de dos pesos partido al medio el dí­a menos pensado, entre el presente y el día del cumpleaños número dieciocho de Heidy, cosa que fatalmente acabó ocurriendo.


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