Imprescindible

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   ¿Y cuál ha sido su mejor trabajo o el que más le ha gustado, antes de ser un escritor famoso?, le preguntó el periodista al escritor Luciano Vivas. 

   Fue en una vidriería sobre la avenida Maipú, en Florida, cerca de la estación Aristóbulo del Valle. Andaba por los 14 años, más o menos. Pero no al principio, sino un mes después cuando me mandaron al depósito, que quedaba a media cuadra de la vidriería. Trabajito descansado, abrir la puerta y ayudar a cargar vidrios cuatro o cinco veces por día, y eso porque en la vidriería tenían un buen stock. En el depósito había un teléfono de esos antiguones, grandote y negro. Bueno, la cosa es que la mayor parte del tiempo me la pasaba leyendo. En esa época me gustaba mucho el rock y compraba la revista Pelo, que tenía una sección donde la gente anunciaba cursos de música, pintura, talleres de cualquier cosa y no sé qué más, además de gente que buscaba hacer amigos. Ahí un día, que seguramente estaría aburridísimo, se me ocurrió hacer llamados. Llamaba para cualquier cosa, para hacer amigos, para preguntar por los cursos, etcétera. Quién sabe de cuánto habrá sido la cuenta telefónica; seguramente astronómica, porque pasado un mes, el patrón, un descendiente de alemanes, apareció una tarde y me dijo que yo era prescindible. "Bueno", respondí, porque no entendí lo que me quiso decir; y la verdad lo tomé como que me iban a subir de cargo, con lo que podría comprar otras revistas y tendría más números telefónicos para llamar. Al rato, apareció la secretaria del negocio, que también era la hija del dueño, y me dijo que cuando fuera la hora de cerrar que pasara por la vidriería. "Bueno", le respondí también a ella. Así, cuando me despidieron, no sin sentirme un poco avergonzado, fue cómo aprendí el significado de la palabra prescindir. Pero como todo vago, no me gustaba trabajar, así que en seguida dejé la vergüenza pasada a un lado, porque la alegría de librarme de responsabilidades superó la vergüenza. Así fue que con la plata que recibí me encaminé al kiosko más cercano para comprar revistas, y justo al lado de una de rock, que no era la Pelo, sino otra que no recuerdo el nombre, había un diccionario, en ese momento me acordé de la vergüenza, entonces lo compré. Y como suele decirse, nunca es tarde para aprender y, además, el saber no ocupa lugar.

                                                               Fin. 


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