El hombre sin escamas

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Nunca sabrán los hombres cómo un pez, fascinado por la música, encontró su ideal de existencia en el mundo más allá de las aguas del Río de la Plata. Desafiando las leyes de la naturaleza y a los pescadores que se reúnen allí, todos los fines de semana y feriados, por las noches y hasta el amanecer el pez se acercaba a la orilla. Desde esa peligrosa cercanía con los humanos su alma abandonaba el cuerpo dentro de latas o neumáticos sumergidos, cuando los había sino en algún hueco en la arena, dejándolo a merced de los anzuelos, y conseguía inexplicablemente, a través de las ondas sonoras, ingresar en una de las discotecas de Costa Salguero. El alma del pez se paseaba entre la gente, aprendiendo su lengua y sus locas costumbres, bajo el embrujo de las luces multicolores y el éxtasis que la música provoca. Terminada la fiesta, el pez volvía transportado por las últimas notas musicales a su cuerpo y se alejaba hacia el centro del río, donde se escondía en la profundidad y se quedaba soñando en las cosas que los hombres hacían, siempre con la magia de la música resonando en la mente. El pez, poco a poco, fue tomando consciencia de su propia existencia y dejando de pensar instintivamente, ya no se sentí­a pez, sino que lo hacía como un ser humano; se dio cuenta que su muerte estaba programada para la próxima estación y que faltaba un mes y dieciocho dí­as más o menos para ocurrir. Ya no se preocupó más solo en dormir, comer, aparearse y huir de los peligros, como los demás peces que nacían, crecían y morían sin que ningún pensamiento siquiera haya encendido una pequeña chispa de curiosidad en sus mentes. Él había evolucionado y ahora se preguntaba por su ser, por qué era lo que era y por qué sentía lo que sentía. Nacer sin poder elegir el cuerpo en qué hacerlo le pareció injusto por parte de quien quiera que fuese el creador de la existencia, el peor de sus errores. Cuanto más sus pensamientos se acercaban a un razonamiento de mayor profundidad sobre las cosas de la existencia, más le urgía encontrar la forma de transmigrar al cuerpo de un ser del mundo sobre las aguas, es decir un humano; pero sus ideas lo llevaban a encrucijadas y a callejones sin salida. 

   Cuando llegó la noche del gran viernes de la transformación, la noche que cambiaría absolutamente todo en su vida, el pez desconforme se acercó a la orilla con cautela y, como siempre, la música ya ocupaba todo el éter. Abandonó el cuerpo en un hueco y sorteando los cientos de anzuelos camuflados con carnadas y, amparado por el velo turbio de las aguas pardas, se lanzó como un rayo dentro de la fiesta, transportado por las ondas sonoras. No supo qué fue lo que desencadenó la transmigración ni cómo llegó a ocupar el cuerpo de un joven que murió súbitamente, justo a su lado. El pez sintió desvanecerse, como cuando se ingresa al dominio del sueño, y cuando volvió a estar consciente se vio rodeado por la multitud. Personas que le preguntaban qué le habí­a pasado, que si se encontraba bien, que si sufría de algún mal. Luego unos brazos lo ayudaron a ponerse de pie y lo arrastraron al baño masculino. Cuando se vio reflejado en el espejo se quedó extasiado con su propia imagen, su nueva imagen: era humano, un hombre al fin. Después alguien lo acompañó a la salida donde, sin saber qué rumbo tomar, caminó hasta la esquina de la disco y se acercó a la orilla del rí­o. Algunos pescadores habían tenido suerte y mostraban a sus vecinos los trofeos, que aún luchaban por vivir, coleteando desesperadamente; pensó que quizás dentro de algún balde podría estar su antiguo cuerpo. 

   El ex pez entonces salió vagando por las calles de la ciudad, maravillado por las cosas que veía, con los olores, con los sonidos. 

   Feliz de la vida con su piel sin escamas lo encontró la muerte un mes y dieciocho o diecinueve días después, mientras dormía en el banco de una plaza en brazos de una chica de la calle. Dicen que el lugar apestaba a pescado podrido.

                                                            Fin. 


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