Por un euro

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Cuando vi el anuncio en la televisión que en Europa se vendían casas por un Euro empecé a googlear. Todas las páginas que revisé y los videos que vi me desilusionaron. Lo de un Euro no pasaba de una carnada, porque después vinieron los ítens que iban subiendo el valor, porque había que hacer arreglos en las casas en cierto tiempo y, al final, un Euro se transformaba en dieciocho mil y más el pasaje, se iba por las nubes. En fin, puro blablablá para hacer perder el tiempo. Otro día ya estaba en otra cosa viendo videos en Youtube, cuando de nuevo apareció uno, no sé cómo; bueno, no sé cómo es un decir, porque sé que Google sabe casi todo de uno; por lo menos los gustos, pero de ahí a intuir otra cosa es un paso, ¿para qué están los algoritmos sino? Bien, ese video que apareció era parecido a los otros, pero diferente porque no era una casa sino un castillo y en lugar de un Euro era gratis; solo había que ir e instalarse, y todavía el dueño pagaba para que le hicieran compañía hasta el día que muriera cuando el castillo pasaría al nombre del que fuera a habitarlo. Pero lo que me llamó la atención es que la oferta era para argentinos que supieran hacer morcillas. Bueno, me dije, ahí está la trampa que a la larga se transformará en miles de Euros, como los otros anuncios que me habían hecho perder el tiempo, pero como tenía la dirección de una página fui a ver que decía. Y decía lo que mencioné anteriormente, pero además el dueño del castillo estaba dispuesto a pagar el pasaje y al final de la página decía así: "ME ESTARÁ ETERNAMENTE AGRADECIDO", así textualmente; algo que vine a entender mucho tiempo después. Hasta ahí todo bien, pensé; el problema era que el castillo quedaba en Transilvania, la tierra de la leyenda de Drácula, y allá se habla rumano. Cuándo voy a aprender a hablar rumano yo si ni hablo bien el castellano, me pregunté, pero después me dije y eso qué me importa; total de qué me sirve entender un idioma, como en mí país, y no ser dueño ni del metro de tierra donde seré enterrado cuando me muera. ¿No es mejor no entender rumano y ser dueño de un castillo?. Bueno, como tampoco no tenía para pagar el alquiler del próximo mes me puse en contacto con el dueñodel castillo, via Mail, y a los pocos días me llegó una carta con el pasaje, y allá fui. Claro, que antes de viajar me vi todos los videos donde enseñaban a hacer morcillas, cosa de llegar por lo menos con una noción, porque no tenía la más mínima idea de cómo hacer ningún embutido. Cuando llegué a Rumania del aeropuerto tomé un ómnibus directamente a Transilvania; después de no sé cuántas horas el ómnibus paró en medio de una desolación y el conductor me dijo a través de señas que debía bajar allí. Estuve esperando alrededor de dos horas hasta que apareció un auto viejísimo y tal cual en la película Drácula, de Coppola, el conductor, sin bajarse, estiró el brazo como tres metros y recogió mi equipaje, y después me empujó dentro del auto. Medio que me quise negar, pero los aullidos de los lobos y la noche que se avecinaba impidieron cualquier objeción. Cuando llegué al tal castillo, para mi sorpresa el dueño era Drácula, ¡el propio! Pero ni parecido era con la idea que yo me hacía de él. Este Drácula era un viejo arrugado y desdentado y se notaba que ya no era capaz ni de matar una mosca. Por suerte hablaba un castellano más o menos entendíble. Entonces le pregunté por sus famosos colmillos y me dijo que las caries se lo habían carcomido como al resto de la dentadura. ¿Y ahora, cómo hace para vivir, si no puede chuparle la sangre ni a un perrito bebé?, le pregunté y él me dijo que desde hacía un tiempo el hígado había empezado a rechazarla en forma líquida, no así en forma sólida. Fue ahí que entendí por qué exigía que el candidato supiera hacer morcillas. Después le pregunté por qué tenía que ser argentino, si no era lo mismo un uruguayo, un  italiano o un español, entonces él me explicó que le gustaban las morcillas argentinas porque una vez un amigo había viajado a mi país y le había traído algunas y le encantaron. Y bueno, ya que estaba en la lluvia me tenía que mojar, ¿no?, entonces fui a la cocina y me puse manos a la obra. Y todavía estoy haciendo morcillas para Drácula, ya hace doscientos treinta y dos años y ahora al rumano lo hablo mejor que él. 

                                                              Fin.


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