Los pumitas

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Mamá puma no estaba, había salido a cazar al monte. 

   No se alejen demasiado, les había recomendado a los dos hijitos supervivientes. 

   Pero ellos no le hicieron caso y, apenas vieron desaparecer a su madre en la espesura del monte, salieron a dar una vuelta por los alrededores. 

   Uno de los pumitas percibió, en un pastizal cercano, que algo se movía, entonces le hizo seña a su hermanito para que se acercara. 

   Curiosos, los pumitas llegaron, agazapados y sin hacer ruido, a centímetros del lugar donde el pasto seguía moviéndose no sabían por qué. Sincronizaron el salto y se arrojaron al punto fijado con sus pequeñas garras listas para atrapar aquello que estaba escondido allí. 

   Resultó ser una liebre joven que, al ver a los dos pumitas que caían de sorpresa sobre ella, no atinó a moverse siquiera; se agachó más, cubrió los ojos con las orejas y esperó su final. 

   Pero los pumitas, a pesar de estar hambrientos, pues estaban en edad de crecimiento, no sabían que las liebres hacían parte de su dieta. La madre llegaba de cazar, regurgitaba algo comestible y no daba más explicaciones, después, de postre, les daba de mamar y listo. 

   Lo cierto es que los tres se hicieron amigos y al rato estaban jugando a la escondida, y cuando se cansaron de jugar a lo mismo empezaron a jugar a la mancha. Y, claro, no se dieron cuenta que hacía mucho tiempo que estaban lejos de casa. 

   Cuando la mamá puma llegó y no vio a sus hijitos sintió un apretón en el corazón y pensó en lo peor, pero como la esperanza es la última que muere, hasta para los pumas, salió a ver si andaban por las cercanías. 

   Uno de los pumitas correteaba alrededor de un árbol tentando darle alcance a la liebre y tocarla cuando de pronto no la vio más. Miró a su hermanito buscando una explicación, pero el otro tampoco había visto nada. Se acercaron al árbol y se quedaron parados, cabeceando en todas las direcciones. 

   De repente sintieron caer algo detrás suyo y, al darse vuelta, con horror vieron el cuerpo de la liebre seccionado en dos partes, cabeza por un lado y el resto por otro, cerca de sus pies. Y del horror pasaron inmediatamente al asco, por la impresión desagradable que les causó los chorritos de sangre que aún le salías lentamente por el cogote. En seguida vieron la sombra de su madre junto al árbol con la boca toda ensangrentada. 

   Mamá, ¿por qué mataste a la liebrecita?, le preguntó uno de sus hijos, y la madre, mirando para ambos hijos con aire severo les dijo, negando con una de sus patas: 

   Hijos míos, con la comida no se juega, es malo. 

                                                             Fin.


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