La niña de las lágrimas - parte 1

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I- DESDICHA DE AMOR 

Margarita Peralta estaba en la flor de la edad cuando conoció a Lucio, el entregador de pan, y se enamoró perdidamente. Pero el muchacho, un pichón de Don Juan, no pudiendo deshojar la flor de Margarita, fuertemente vigilada por sus celosos padres, se conformó con podarle el jardín a Fabiana, la empleada doméstica de los Peralta. Margarita los descubrió una mañana agarrados en la despensa. La herida enamorada, ante el desengaño amoroso, subió corriendo como una loca por la escalera y se encerró en su habitación a llorar desconsoladamente su desdicha de amor hasta que la muerte se la llevara de este mundo, rehusándose a bajar para el almuerzo, la merienda y la cena. Los padres se dijeron que ya se le iba a pasar, que era cosa de momento y que al primero que pasara por debajo de su balcón su corazón volvería a palpitar como antes, olvidándose del entregador de pan para siempre. Pero al otro día por la mañana, cuando don Julián Peralta se dirigía al comedor, notó que el piso estaba encharcado. 

   "¿Y esta agua, de dónde salió?", se preguntó. Miró hacia todos lado, hasta dar con la causa: el agua corría escaleras abajo. 

   "Lo que nos faltaba", se lamentó, pensando en la rotura de alguna cañería. Llamó a los gritos a Margarita, para que tuviera cuidado al bajar, no fuera a resbalar, pero la muchacha no respondió. 

   "Aún debe estar durmiendo", calculó. 

   "Catalina, ven aquí", le gritó a su esposa, después llamó a Fabiana. 

   "M´hijita, ve a buscar a un plomero", le dijo, cuando llegó la muchacha  

   "¿Y dónde encontraré uno, don Julián?", dijo, abriendo los brazos como si fuera a emprender vuelo. 

   "No tengo la menor idea, pero el ferretero debe conocer uno", dijo don Julián y, dejando a la muchacha sola, se fue atrás de su esposa. Al rato volvieron los dos. Doña Catalina, al ver el charco descomunal, soltó un grito de espanto que ahogó en seguida tapándose la boca con las manos. 

   "¿Ya le has avisado a Margarita?", preguntó, ya repuesta del susto y ahora preocupada por su hija. 

   "Sí, pero no contesta. Seguramente se habrá quedado llorando hasta tarde y todavía debe estar durmiendo", presumió el marido, ve a avisarle". Doña Catalina se puso las manos en la cintura y lo miró seria. 

   "¿Yo?, ¿no querrás que me mate de un golpe, o sí?", le contestó, poniendo cara de sargento. Don Julián no respondió, ya conocía esa cara. Con cuidado y fuertemente agarrado a la barandilla empezó a subir. 

   "¡Por Dios!" La voz de don Julián sonó como una alarma desde el primer piso. 

   "¿Qué pasó, hombre?", preguntó la esposa, más preocupada todavía. 

   "El agua sale por debajo de la puerta de la niña", gritó el marido. Doña Catalina soltó un sonoro "ay" falseteado y corrió escaleras arriba, ya sin importarse si se mataba de un golpe. 

II- EL LLANTO INTERMINABLE 

II- EL LLANTO INTERMINABLE 

Mientras sus padres seguían casi implorando para que abriera la puerta, Margarita, irreductible, persistía en su penar.

   "No voy a salir. Quiero morir aquí", dijo, entre sollozos e histéricos chirridos. 

   "Pero, hijita querida, ¿y toda esa agua, de dónde viene?", le preguntó la madre, sollozando como su hija. 

   "Pero, Catalina, ¿de dónde quieres que salga esta agua?, del baño por supuesto", le aclaró don Julián. 

   "¡No, de mi corazón!", gritó Margarita. 

   "No seas melodramática, hija, que estamos hablando en serio", le suplicó su padre. 

   "Yo también", respondió Margarita, ahora entre espasmos lastimeros. 

   "Tu padre habla del agua que sale por debajo de la puerta, Margarita", le aclaró su madre, pensando que no había entendido bien. 

   "¡Yo también!", respondió Margarita, rompiendo a llorar más alto ahora. En ese momento el agua empezó a salir con más fuerza por debajo de la puerta, con lo que don Julián, enfurecido, intensificó los golpes a la puerta. 

   "¡Abre, te lo ordeno!", estalló. Margarita no respondió, apenas siguió llorando. 

   "¡Don Julián, aquí está el plomero", gritó Fabiana, desde la planta baja. 

   "¡Gracias a Dios!", exclamó doña Catalina, persignándose tres veces. 

   "¡Suba, hombre!", gritó don Julián. 

   El plomero apareció por el pasillo con el pantalón mojado hasta las pantorrilla. 

   "¿Y esa mojadura, hombre?" El plomero se miró los pies. 

   "Fue en la planta baja, don Peralta, se excusó, si la muchacha me hubiera avisado me venía con las botas de goma puestas. Pero ¿dónde está la pérdida?". 

   "Dentro del baño de mi hija", respondió don Julián y volvió a insistirle a Margarita para que abriera la puerta inmediatamente. Margarita no contestó, seguía llorando a raudales. 

   "¿No tiene una copia de la llave?", preguntó el plomero, sin darse cuenta que hacía una pregunta idiota. 

   "Si la tuviéramos ya hubiéramos entrado, hombre", respondió doña Catalina, secándose las lágrimas. 

   "¿Y cómo quiere que arregle el desperfecto sin no podemos entrar?", preguntó el plomero. 

   "Espere un momento", le pidió don Julián. 

   "¡Fabiana!, ¡rápido m´hijita!". La muchacha asomó la cabeza por el pasillo. 

   "Diga, don Julián", dijo, jadeando.  

   "Ve a buscar a un cerrajero", le ordenó don Julián. La muchacha miró hacia la puerta de Margarita. 

   "¿Y dónde quiere que encuentre a uno, don Julián", respondió, agitando nuevamente los brazos. 

   "Y yo cómo voy a saber, pregunta en la ferretería", contestó don Julián, bastante contrariado. 

   "¿No tienen una escalera alta para entrar por la ventana?", preguntó el plomero, antes que Fabiana se fuera. 

   "No, no tenemos", respondió doña Catalina. Al escuchar esto Fabiana salió corriendo a la ferretería, y para cuando llegó con el cerrajero el agua en la planta baja ya llegaba a las rodillas.  

   "Pero ¿qué tienen allá arriba, una catarata?", le preguntó a Fabiana mientras subían. Cuando llegaron al pasillo doña Catalina, apoyada contra la pared, rezaba, don Julián le pedía a los gritos a Margarita que le abriera la maldita puerta de una buena vez y el plomero intentaba abrir la cerradura con un destornillador con una mano mientras sujetaba la caja de herramientas en un hombro con la otra. 

   "¡Eh!, ¿qué hace, amigo?", le gritó el cerrajero, viendo que de esa manera rompería la cerradura. 

   "¿No ve toda el agua que está saliendo de ahí adentro?", se justificó el plomero.  

   "¿Y esa mojadura?", interrumpió don Julián, señalándole las piernas al cerrajero. 

   "Allá abajo hay una laguna, dijo el cerrajero, si me hubieran avisado venía en bote". Don Julián hizo una mueca. 

   "Ande, hombre, no sea exagerado y vea qué puede hacer por nosotros". El cerrajero lo miró serio. 

   "¿Exagerado?, vaya a ver con sus propios ojos si no me cree", respondió, levantando la ceja izquierda y en seguida se puso a trabajar. 

   "Es cierto, don Julián, el agua ya inundó el patio y corre calle abajo", le aclaró Fabiana. 

   "¡Pero por el amor de Dios!, ¿de dónde viene tanta agua?", volvió a preguntar doña Catalina. 

   "Eso mismo me pregunto yo, ¿de dónde, si el tanque es de 500 litros apenas?", se quejó don Julián. 

   "El agua corriente, tal vez", sugirió el plomero. 

   "No, hombre, el intendente prometió antes de las elecciones, pero como ganó todavía estamos en veremos", respondió don Julián. 

   Mientras tanto del otro lado de la puerta, Margarita persistía en su llanto interminable. 

III- RÍOS DE LÁGRIMAS 


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