La niña de las lágrimas - parte 2

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III- RÍOS DE LÁGRIMAS 

Por fin, el cerrajero consiguió, a pesar del plomero metido que había torcido la hendidura, destrabar la cerradura. 

   "¡Listo el pollo!", vitoreó. Pero por la cantidad de agua acumulada en la habitación, los tres hombres tuvieron que unir fuerzas para tratar de abrir la puerta. 

   "Es mucha agua", se quejó el plomero. 

   "¡Fuerza, carajo", exclamó el cerrajero. A don Julián no le salía palabra. Doña Catalina, detrás de los tres bufaba como un burro cansado por el peso del maletín del cerrajero y la caja del plomero que se la habían echado encima para que no se estropearan las herramientas. De tanto empujar y dar empellones el marco de la puerta empezó a aflojarse y, de pronto, la puerta se abrió por el lado contrario, entonces fue como si hubieran abierto las compuertas del dique San Roque. El caudal liberado arrastró a los tres hombres, a doña Catalina y las herramientas y a Fabiana, que se había acercado a curiosear, por el pasillo hasta la escalera donde bajaron como por un tobogán de agua; y detrás de todos ellos, Margarita, montada en la cama y pareciendo un náufrago sobre una balsa por un río caudaloso mientras seguía derramando chorros de lágrimas para todos lados, como si en lugar de ojos tuviera dos canillas abiertas. Pero el percance no acabó por allí, porque la corriente siguió arrastrando la cama puertas afuera hasta encallar en el portón donde acabó el periplo acuático porque estaba trancado. 

   Los vecinos, que se habían congregado frente a la casa trepados a los árboles y subidos a los tapiales para huir del agua, miraban atónitos el alboroto armado en la casa de los Peralta. Entre tanto las lágrimas de Margarita ya empezaba a inundar buena parte del pueblo mientras ella, a pesar de las súplicas de sus padres, persistía en su continuo llorar a raudales que, dicho sea de paso, aumentó el chorro cuando vio que Fabiana aún se encontraba en la casa. Pensaba que a esas alturas sus padres ya habían despachado a la rival. Entre espasmo y espasmo consiguió que doña Catalina entendiera lo que decía: Margarita exigía que pusieran a la maldita de patitas en la calle inmediatamente. 

   "Pero, hijita de mi corazón, ¿dónde vamos a encontrar a otra muchacha tan comedida como Fabiana?", se excusó su madre. 

   "Y que cobre tan poco", añadió don Julián, hablando bajo para que Fabiana, que andaba por ahí cerca empujando inútilmente el agua fuera de la casa con un secador, no lo oyera. En ese momento apareció el intendente en un bote de los bomberos. 

   "Don Peralta, ¿me puede decir qué significa todo este desastre?", le preguntó, señalando alrededor con los brazos. 

   "Es la niña, señor intendente, que se enamoró y no fue correspondida como corresponde", respondió don Julián, poniendo cara de circunstancia. 

   "¿Y por esa tontería me va a inundar el pueblo?, reclamó el intendente, ¿qué van a decir mis electores?" Don Julián miró a su hija tendida en la cama despidiendo chorros de lágrimas, como un hidrante averiado. 

   "¿No ve que la pobrecita está con el corazón destrozado, hombre desalmado?", dijo doña Catalina, que estaba al lado de su hija, amparándose con las manos para que los chorros la dejaran hablar sin atragantarla. 

   "Pero mi estimada señora, mire el desastre que su hija está provocando", respondió el intendente, nuevamente señalando con los brazos alrededor. Doña Catalina miró hacia la calle, vio bolsas de basura que pasaban boyando entre los chicos del vecindario que se bañaban en las lágrimas derramadas de su hija; perros que trataban de trepar en los tapiales de las casas y a los vecinos trepados sobre los árboles, tapiales y tejados mientras que algunos ya empezaban a subir los muebles en los techos. 

   "¿Y qué se supone que debo hacer, taponarle los ojos con corchos?" explotó doña Catalina, ofendidísima. 

   "Claro que no, doña Catalina, pero estoy dispuesto a proporcionarle la estadía en un hotel en las montañas a toda la familia con todo pago hasta que las... las... , el intendente dudó un momento, no sabía si lo apropiado sería decir aguas o lágrimas, optó por lo obvio, hasta que las lágrimas bajen, ¿qué le parece?" Don Julián intervino: 

   "¿Y usted cree que el aire de las montañas le hará bien a la niña?" El intendente lo miró con desdén. 

   "No sé ni me interesa, don Peralta, sólo quiero que llore en otro lugar y no me inunde el pueblo". 

IV- UN LUGAR PARA LLORAR A GUSTO 


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