La niña de las lágrimas - parte 4

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V- LA TURISTA VENEZOLANA 

Unos dos meses después de la llegada de los Peralta, una mañana aportó por el hotel una turista venezolana. 

   "Esto me hace recordar a mi tierra, le dijo al dueño del hotel, señalándole el chorro de Margarita y acotó, le llamamos el Salto del Ángel". Esta simple impresión quedó dando vueltas en la cabeza del hotelero y un par de días después tomó la forma de negocio. Entonces bajó a la ciudad y encomendó cientos de carteles promocionando el hotel y el "Salto de la Niña". Pronto el hotel empezó a recibir un aluvión de turistas nunca visto ni en temporada alta. Don Julián, indignado por el tal "Salto de la Niña", fue a ver al dueño del hotel. 

   "¿Qué desea, don Peralta?", preguntó el hotelero, sonriendo como si nada. 

   "¿Que qué deseo?, dijo don Julián, frunciendo tanto el ceño que casi se le juntaban los ojos como a un gallego, deseo hacer un acuerdo, o cree que hará un dineral encima del desconsuelo de mi pobre hija mientras yo miro desde el chalet sin hacer nada". 

   "Ah, entonces quiere decir que no le interesa el desconsuelo de su hija tampoco, sino hacer un acuerdo para lucrar, padre desalmado", dijo el hotelero. 

   "Pero yo soy su padre, tengo potestad sobre ella, usted no", retrucó don Julián. 

   "Y yo tengo jurisdicción sobre mi hotel, mmm, ¿qué le parece eso?" El hotelero estaba dispuesto a mantenerse firme en no dividir ni un peso en dos. 

   "En ese caso me bastará dar un simple llamado telefónico, que así como el intendente nos colocó aquí nos colocará en cualquier otro hotel, ¿y ahora, qué me dice, he?" Don Julián tampoco estaba por menos. El hotelero pensó y pensó hasta que al fin le propuso: 

   "Le doy el diez por ciento, ¿qué le parece?" 

   "Me parece que cincuenta y cincuenta sería más justo" Don Julián se mantenía firme en su reclamo. 

   "¡Qué! ¿Está loco, usted?, explotó el hotelero, yo pongo las instalaciones, el personal, el prestigio del hotel, pero usted sólo pone a su hija". El dueño del hotel tampoco quería largar el hueso, pero don Julián tampoco deseaba ceder ni un palmo. 

   "Sí, pero ella es el motor. O vamos mita y mita o nos mudamos en menos de lo que canta un gallo, usted decide", sentenció don Julián. El hotelero volvió a pensar y pensar, masticó maldiciones como un condenado a la hoguera hasta que no tuvo otra que acordar una sociedad. 

   "Está bien, rugió, rojo de rabia, pero sepa que es usted el que está siendo injusto". 

   "Injusto sería si llevo mi niña con su don maravilloso a otra parte. Vamos, hombre, no llore que nunca verá caerle del cielo una niña como la mía ni tanto dinero en los bolsillos", concluyó don Julián y se marchó, con el pecho inflamado y muchos planes para el futuro tintineando en la cabeza. Y antes que al hotelero se le ocurriera lo mismo que a él, al otro día bajó al pueblo y fue directamente al banco donde pidió hablar con el gerente. Dos días después tomaba pose de un terreno del otro lado de la ruta, frente al hotel, y al mes ya estaba funcionando "El Mirador de la Niña". En la terraza don Julián dispuso algunos telescopios tragamonedas y en la parte de abajo atendía a los turistas, donde podían optar por los dulces de leche "La Niña" (dulce de leche comprado al por mayor y fraccionado en potes con la foto de Margarita llorando junto a una vaca), o por los alfajores "La Niña" (dos galletitas de maicena con dulce de leche y bañada en chocolate con la foto de Margarita comiendo un alfajor), o los bombones "La Niña" (bolitas de chocolate con una uva dentro envuelta en papel celofán con la cara de Margarita mordiendo un bombón). También podían adquirir chucherías variadas como los llaveros con la foto de Margarita, las postales de la "Niña del Salto", los ceniceros de aluminio con la cara de Margarita en relieve, entre otros miles de recuerdos de la niña llorona o bien adquirir el frasquito con las "Lágrimas de la Niña", promocionadas como cura del mal de amores. En este último ítem don Julián tuvo que dividir el lucro con el dueño del hotel, porque las lágrimas si bien pertenecían a su hija por donde caían no, argumentó el hotelero. Esta vez quién debió ceder, sin derecho a peros, fue don Julián. 

VI- LAS LÁGRIMAS DE LA PROSPERIDAD


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