La niña de las lágrimas - parte 5

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VI- LAS LÁGRIMAS DE LA PROSPERIDA

Una tarde los Peralta bajaban a hacer compras a la ciudad en el flamante automóvil cero kilómetro que habían comprado hacía unos días cuando, de repente, don Julián, creyendo ver algo raro en el paisaje, frenó de golpe; los neumáticos levantaron una estela de humo que cubrió el vehículo y cuando la humareda negra se disipó los Peralta vieron con asombro un gran cartel anunciando el complejo de aguas termales "El Lagrimal de la Niña", en la propiedad de los bolivianos. Para el bien del cuerpo y del corazón, rezaba el subtítulo. 

   "¡Qué descaro!", exclamó doña Catalina, llevándose las manos al pecho. 

   "No perdonan a nadie, estos bolitas", repudió don Julián, aferrándose al volante como si colgara de un helicóptero sobrevolando un volcán. Cuando se acercó a la puerta de entrada un hombre, que casualmente era el portavoz al que don Julián había aconsejado que plantara arroz, salió a atenderlo. 

   "¿Qué desea, don Peralta?", preguntó en tono amable el hombre. 

   "¿Me puede decir qué significa todo esto?", preguntó don Julián, no precisamente en el mismo tono y abarcando con un brazo toda la propiedad. 

    "Cómo no, don Peralta, significa que con las lágrimas que pasan por nuestra propiedad, sean de su hija o de la hija del presidente, nosotros hacemos lo que queremos", respondió el hombre, sin perder la compostura. Pero don Julián, que sí la había perdido, amenazó: 

   "Los voy a denunciar, manga de ilegales, ahí quiero ver si le dicen lo mismo a las autoridades". Entonces el hombre metió una mano en un bolsillo y sacó la cédula de identidad para extranjeros. 

   "Pues adelante, don Peralta, y después vaya a llorar al campito", le dijo el hombre, abanicándose la cara con la cédula, después dio media vuelta y lo dejó hablando solo. 

   Cuando regresó de la ciudad don Julián fue a ver al socio y charlaron por largo tiempo. Un mes después los bolivianos tenían competencia, el complejo de aguas termales "La Margarita", junto al "Salto de la Niña" era tres veces mayor y mucho más lujoso. 

   "Que se conformen con las migas ahora", dijo don Julián, riendo satisfecho. 

   "Manga de aprovechadores", lo acompañó el hotelero. 

   Tanta prosperidad y alboroto alrededor del "Salto de la Niña" no dejó de ser desapercibido por innumerables empresarios y pequeños comerciantes que fueron estableciéndose a ambos márgenes de la ruta y abriendo diferentes tipos de negocios con el correr del tiempo. Carnicería "La Niña", restaurante "El Salto", perfumería "Las Lágrimas", y un largo etcétera. Pero antes que todos ellos, quien le echó el ojo ganancioso a la niña que lloraba sin parar fue el cura de la ciudad, el padre Getulio. Esta vez no recurrió al trillado camino de recaudar fondos entre los fieles para levantar una nueva iglesia.  

   "No vaya a ser que la Universal nos gane de mano y se apodere de la mejor localización", se quejó el padre al obispo por teléfono. Y esta vez el dinero para el terreno y la edificación de la "Iglesia de la Niña de las lágrimas Milagrosas" vino directamente del Vaticano en menos de lo que el padre Getulio demoraba en dar la misa de los domingos. Doña Catalina se alegró cuando supo de la noticia que una iglesia católica se levantaría al lado del mirador. Ya don Julián se lamentaba de no haberlo pensado antes, aunque para eso tuviera que hacerse pastor. Mientras tanto Margarita bendecía a todos con sus lágrimas milagrosas. 

VII- LA JAURÍA RABIOSA 


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