La niña de las lágrimas - parte 6

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VII- LA JAURÍA RABIOSA

Cuando se cumplió un año en el hotel, don Julián recibió la noticia de que el intendente había perdido las elecciones y el nuevo no pagaría más la estadía de los Peralta, que no se importaron y se mudaron al negocio frente al hotel. Además, a esas alturas ni hacía falta más que le pagaran el hotel; Margarita seguía a toda máquina derramando su maná de lágrimas y bendiciones sin distinción de raza ni credo: todo el mundo se llevaba su parte del pastel. Los socios seguían ganando millones, los comerciantes y los bolivianos prosperando y la iglesia también, a pesar de los esfuerzos del padre Getulio por impedir la abertura de varios cultos de nombres estrambóticos en las adyacencias. Hasta que la noticia recorrió todo el territorio nacional como reguero de pólvora, llegando hasta Tierra del fuego, justo donde el entregador de pan, Lucio, había ido a parar en busca de trabajo. El don Juancito de empleadas domésticas pensó que ya estaba en la hora de invertir pesado en el futuro: iría tras Margarita, ahora que sus padres debían estar más podridos en plata que político ladrón. 

   Una mañana don Julián se despertó con los gritos de alguien llamando a su hija. 

   "Margarita, Margarita soy yo", gritaba el entregador de pan en el medio del asfalto. Cuando don Julián vio de quién se trataba puso el grito en el cielo. Doña Catalina cayó de la cama del susto, el hotelero se asomó a la entrada del hotel en calzoncillos, el padre Getulio salió de la sacristía abotonándose la sotana y, detrás de él, la muchacha que limpiaba la iglesia arreglándose el pelo. Los comerciantes corrieron al medio de la ruta y se quedaron mirando a la distancia, amparándose los ojos con la palma de las manos y los bolivianos dejaron de agregarle más sal a las piletas y levantaron el copete, husmeando hacia el hotel. 

   "¿Qué te pasa, hombre? ¿Viste al diablo, por acaso?", preguntó doña Catalina. 

   "Peor, peor, es él", repitió don Julián varias veces seguidas, como un loro rabioso, mientras señalaba con el índice tembloroso de la mano derecha hacia la calle. Doña Catalina corrió a ver de qué hablaba y al ver al descarado picaflor no le salió palabra. El entregador de pan, a su vez, al verlos mirándolo medio raro desde la ventana, dijo con una sonrisa descarada: 

   "¡Hola, don Julián! ¡Qué tal, doña Catalina! Vine a pedir la mano de su hija en casamiento" Doña Catalina, agarrando el brazo de su marido, que ya amagaba salir de la habitación, tomó la palabra. 

   "Ya bajamos, hijo", le dijo y a su marido, al oído: 

   "Ya va a ver ese caradura desfachatado". Y salió así como había despertado sin darse cuenta que estaba en salto de cama. 

  El entregador de pan que hasta ese momento cantaba victoria, cambió el semblante cuando vio que doña Catalina avanzaba en su dirección empuñando una escoba en la mano. 

   "Pero, doña Catalina, vamos a hablar", dijo, atajándose los primeros escobazos, pero la vieja no quería saber de hablar. El muchacho trató de pedir ayuda, pero solo encontró miradas de encono.

   "Nos quiere joder el negocio, el desgraciado", gritaba doña Catalina a voz de cuello. Al oír aquello a todos se les encogió el corazón y cada uno manoteó lo más contundente que encontró a mano y se juntaron a doña Catalina. A cada escobazo, palazo o pedrada el entregador trastabillaba y otras veces rodaba mientras corría por el asfalto en bajada. Para cuando pasó por las termas de los bolivianos ya tenía los codos y las rodillas pelados, la nariz sangrando, las palmas de las manos ardiendo y la ropa ya hechas jirones; porque algunas mujeres, que no habían tenido tiempo de conseguir algo con que golpearlo, le lanzaban zarpazos con las uñas. Los bolivianos, para que vieran los autóctonos que no vivían al margen de la nación, buscaron sus antiguas herramientas de labrar la tierra y se unieron al grupo justiciero. Finalmente, llagando a una curva, el entregador de pan ya no daba más, las piernas no le respondía casi, le temblaban y parecían quebrarse. Decidido a parar con el suplicio de la jauría rabiosa, se precipitó al vacío sin vacilar, pero por fortuna quedó enganchado en la rama de un arbusto que crecía entre las rocas. En la cabeza no le cabía ni un chichón más, los hombros los tenía en carne viva y el lomo, si pudiera verlo, tendría lástima de sí propio por lo morado que estaba. Oía aún los gritos de la jauría rabiosa cuando un piedrazo lo dejó sin sentido, no viendo cuando seguía camino al abismo verde a cientos de metros abajo. 

   Para suerte de la comunidad Margarita, abstraída en su mundo irreal, no se dio cuenta de lo sucedido, y con seguridad no había visto al entregador de pan porque sus ojos siempre empañados, ya no le permitían ver claramente más allá de su nariz. Con eso, todos respiraron aliviados. Esa misma tarde el padre Getulio ofreció una misa por la salvación de la comunidad. Entretanto, durante tres días se hicieron búsquedas intensivas por los alrededores, pero no se encontró ni el rastro del entregador de pan; en el hospital de la ciudad tampoco habían tratado a nadie en estado lastimoso ni se vieron aves carroñeras sobrevolar por la zona, con lo que se llegó a la conclusión de que el infeliz aún estaría corriendo lejos de allí. 

VIII- UNA INDISPOSICIÓN PASAJERA


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