La niña de las lágrimas - parte 7

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VIII- UNA INDISPOSICIÓN PASAJERA

El casi catastrófico episodio del entregador de pan había quedado atrás y la vida siguió transcurriendo como debía transcurrir; Margarita desbordando vida próspera a través de los ojos llorones y sus padres felices de la vida de ricos; las filas detrás de los telescopios seguían interminables y las ventas de recuerdos y de los frasquitos de lágrimas de viento en popa, más ahora con el impulso dado por las adquisiciones de la fábrica de frasquitos y la gráfica propias. Doña Catalina cada mañana iba a la iglesia y le agradecía a Dios la buena salud de Margarita. Don Julián también se acordaba de su hija cada vez que se acercaba a ella para cerciorarse si el flujo de lágrimas no mermaba; le pasaba la mano en la cabeza y le besaba la frente, no le decía nada, pero por dentro le agradecía de corazón todo lo que estaba haciendo por ellos. Ni el padre Getulio se olvidaba de la niña, al término de cada misa recitaba el "Sermón de las Lágrimas Divinas", escrito de su puño y letra pocos días después de la inauguración de la iglesia. 

   Don Julián Peralta, como buen empresario que se consideraba, se la pasaba todo el tiempo pensando en nuevos productos y formas de explotar la imagen de Margarita. La idea de cubrir el curso del arroyo de lágrimas hasta donde le fue posible, para que los turistas no se robaran las lágrimas con sólo estirar el brazo, fuera suya; así como las muñecas "Margie", una descarada copia de Barbie, aunque con la innovación de lanzar chorritos de agua por los ojos con solo apretarle el abdomen; y la réplica del chalet enrejado con una Margarita en miniatura; y la "Margarita de Navidad"; y, claro, las lágrimas enfrascadas entre otras tantas invenciones. Pero don Julián nunca se quedaba conforme y escarbaba entre las ideas hasta cuando dormía y fue de un sueño que sacó la idea de construir la fuente de la fortuna, justo debajo de la cascada. Allí los turistas y las solteronas podrían pedir un deseo con sólo arrojar una moneda y por la noche solo había que ir a recoger la dinerada. La llamó "La Fontana di Margarita", así, en italiano. La idea del nombre se le ocurrió cuando, buscando en internet modelos para su fuente, dio con la "Fontana di Trevi" y le gustó lo de "Fontana di". Ahora los socios eran como hermanos y cuando don Julián fue a contarle lo de la fuente el hotelero casi lo amasa con el abrazo de oso que le dio. Don Julián pensó que la nueva atracción merecía una inauguración de proporciones multitudinarias. Así que para el día fijado para la inauguración de la fuente estaba programada la presencia del intendente y del comisario, solo faltando para darle mayor investidura al evento la presencia de un dignatario religioso de más jerarquía que el padre Getulio. 

   "Pero a falta de pan, buenas son las tortas", pensó don Julián, cuando el obispo se excusó alegando tener compromisos más cristianos qué atender. El padre Getulio, de agua bendita en mano, tendría que servir. Un día antes había llegado una orquesta de cien integrantes desde la capital para animar a la gente y un zeppelin alquilado sobrevolaba desde la semana antes los cielos de las poblaciones vecinas invitando a sus habitantes a concurrir a la inauguración. De su panza reluciente una lluvia multicolor de panfletos en forma de estrella anunciaba el lugar, la hora y la fecha del grandioso evento, y que los docientos primeros en llegar recibirían una moneda de regalo para arrojar a la fuente y que con ello (bien resaltado en letras fosforescente), por ser los primeros, el deseo le saldría gratis. 

   "¿No te parece que es demasiado evidente lo de las monedas gratis?", le preguntó el hotelero a don Julián. 

   "En absoluto, hermano. La gente cree lo que les dicen, por eso el mundo es como es, dijo, sino fíjate en el padre Getulio, que ha transformado a Margarita en una santa y público para tragarse el cuento no le falta", respondió, como un mafioso, don Julián. 

    Mientras la orquesta ensayaba, los técnicos de palco verificaban el sonido y las luces, porque la parranda seguiría hasta el anochecer cuando la festichola culminaría con juegos artificiales; en las orillas de la ruta ya no cabía una aguja, cada centímetro fue ocupado con vendedores de todo lo que se pueda imaginar, desde de manzanas acarameladas y hasta empanadas santiagueñas; no se vendían las almas de las madres porque nadie sabía cómo sacárselas a las pobres mujeres, pero el resto todo era vendible. Cuando llegó el momento del inicio de la inauguración y la primera nota musical infló el aire, el chorro interminable de Margarita súbitamente se cortó. Sí, así de simple, como si hubieran cerrado la canilla. Caras incrédulas se miraron, ojos asombrados se congelaron, mandíbulas sueltas cayeron al piso y puños se cerraron impotentes; ninguna pregunta tuvo respuesta y ninguna respuesta fue la adecuada. Don Julián corrió hacia el chalet, abriéndose paso dando codazos y puntapiés entre la muchedumbre apretujada delante del palco, seguido por el socio. 

   "¿Qué haremos ahora, Julián?", gritó el hotelero, desesperado cuando llegaron al chalet. 

   "Rezar para que haya sido solo una indisposición pasajera. ¡Y justo hoy!", exclamó, desolado, don Julián. 

IX- LA MARAVILLA CHINA


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