La niña de las lágrimas - parte final

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IX- LA MARAVILLA CHINA   

Y esa fue la explicación dada al público presente, porque no tuvieron otra mentira más convincente para dar. Al otro día, viendo que Margarita no lloraba ni que la pellizcaran, pese a los esfuerzos que hizo su madre hasta que le dolieron tanto las yemas de los dedos que tuvo que parar, los socios y los comerciantes, el cura y hasta los bolivianos se reunieron en el salón de fiestas del hotel para una asamblea extraordinaria. El piso se abría bajo sus pies, urgía una salida, había que encontrar una solución. Don Julián propuso ir a buscar al entregador de pan para ponerlo delante de su hija para que cuando ella reaccionara hacerlo desaparecer otra vez, quizás así su hija volvería a desconsolarse y empezara con la lloradera descontrolada nuevamente, pero alguien objetó que después de semejante paliza en ese preciso momento el apaleado debería estar escondido en algún lugar del territorio del Yucón, prefiriendo enfrentarse a los osos hambrientos que a los escobazos de doña Catalina. Otro sugirió una sosia, pero don Julián dijo que de nada serviría encontrar una si el punto central era que debería llorar chorros lagrimales. El padre Getulio, quién lo diría, casi dio en el palo, cuando sugirió una muñeca inflable con un mecanismo interno de tuberías. Todos lo miraron raro y uno le preguntó: 

   "¿Y usted, cómo sabe tanto de muñecas inflables, padre?" El padre tosió y carraspeó varias veces. 

   "Bueno, lo que pasa es que la iglesia tiene mucha experiencia en ciertos asuntos, digamos así, milagrosos", dijo y no quiso pronunciarse más para no empeorar las cosas para su lado. Pero a raíz de eso fue que el hotelero tuvo la idea que sería la salvación de la cosecha, si todo el mundo se comprometía a colaborar para llevarla adelante, claro. Pero no bien escucharon su propuesta la adhesión fue unánime y todos levantaron la mano.

   La mañana primaveral rebozaba de esplendor alrededor de los turistas; desde los jardines las flores perfumaban el aire y las lágrimas de Margarita dispersaban gotículas refrescantes que la brisa se encargaba de esparcir en el aire. Mientras tanto en el mirador los miembros de la camarilla junto a don Julián y su socio admiraban a la Margarita tan eficiente. 

   "Parece real, ¿no?", dijo el hotelero. 

   "Estos chinos son unos genios, es cosa de no creer", comentó don Julián. 

   "Y a propósito, ¿cómo va Margarita?", le preguntó el socio. 

   "Está bien, por fortuna ya ha vuelto a la normalidad. Catalina me telefoneó anoche diciéndome que ha conocido a un chico bastante juicioso, que según parece viene con buenas intenciones. Juancito se llama el muchacho", dijo don Julián, la satisfacción estampada en el rostro.

   "¿Y doña Catalina debe estar chocha?" 

   "Sí, está muy contenta con la recuperación de Margarita, creo que querrá venir hoy para ver el juguetito". Entonces los dos hombres volvieron a contemplar absortos la maravilla china escupiendo solución salina por los ojos como lo hacía la Margarita verdadera. De repente el celular de don Julián tocó. 

   "Ah, es Catalina", dijo y atendió. 

   "¿Sí, querida?", contestó, sonriendo. 

   "¿Que a Margarita qué...?" Don Julián dejó de sonreír e inmediatamente se puso pálido. 

  "¿¡Juancito!?, no puede ser" Ahora buscaba apoyarse en el hombro del hotelero.

   "¿¡de nuevo!?¿¡y con la sirvienta nueva!?" En ese momento las piernas le fallaron y finalmente cayó desmayado.

                                Fin. 


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