El porfiado

Por
Enviado el , clasificado en Humor
49 visitas

Marcar como relato favorito
Recomendación:
EntrenaEn.casa - Videos para hacer ejercicio en casa. Entrenamiento funcional, fitness, yoga, pilates... ejercicios para hacer con niños y adultos mayores.

Un parroquiano llamado Joaquín conversaba con un grupo de amigos en la taberna. Contaba una anécdota sobre su abuelo, cuando era chico en Galicia: "... y, claro, yo solo alcancé a oír ¡alante!, con aquel bozarrón tan característico suyo cuando estaba enojado; entonces en ese momento ...". En ese momento lo interrumpió Ramón, el porfiado, que acababa de entrar y, tan atento a todo como era su costumbre, porque la razón de su vida era porfiar y necesitaba materia prima para hacerlo, aquella palabra que él nunca había oído inmediatamente le hizo saltar la alarma de su sentido idiomático. 

   Esa palabra no existe, gallego, le dijo, inflando el pecho. Los otros parroquianos en seguida abrieron cancha y, expectantes, se pusieron cómodos para mejor poder apreciar el duelo entre el gallego Joaquín y el porfiado Ramón. 

   ¿Cómo que no existe, hombre, si la has acabado de escuchar?, respondió Joaquín, sonriendo burlonamente. 

   Qué te digo yo que no existe, volvió a insistir Ramón, en su porfía aguda. 

   Pero hombre, cómo que no va a existir si yo la he estado escuchando desde chico, sostuvo Joaquín. 

   En sueños será, aunque lo más probable es que la hayas inventado ahora mismo, respondió Ramón, no dándose cuenta que empezaba a embarrarse los pies. 

   Y si así fuera, dicho algo, algo ya es, por lo tanto pasa a existir aunque sea como un  concepto como la nada, retrucó Joaquín, con la razón de su lado. 

   Definímela entonces si sabes qué significa, desafió Ramón. 

   Pero claro, hombre, es una forma popular del adverbio "adelante", ahora si es aceptado en la norma de la real academia española o no ahí es otra cuestión, pero que existe, existe, aclaró Joaquín. Ramón se debatía por dentro buscando el argumento aplastante que su juicio lingüistico, más radical que clérigo en la edad media, se negaba a aceptar, mientras chapaleaba en el barro de su ceguera mental permanente y no de daba cuenta que rodaba cuesta abajo al sostener porfiadamente la evidente contradicción de su tácita afirmación "no existe". 

   Gallego porfiado, yo te voy a demostrar que es un invento tuyo, ya vuelvo, dijo Ramón y abandonó con pasos rápidos la taberna. 

   Pero miren si será retardado el porfiado ese, pasó de la no existencia de una palabra a que es un invento mío, dijo Joaquín. Aún reían a carcajadas a costilla del porfiado cuando Ramón apareció en la puerta, jadeando como caballo al final de una carrera, abrazando un tomo encicoplédico del diccionario de la lengua española, color bordó y letras en dorado brillante. 

   Ahora ustedes van a ver, dijo, con la voz entrecortada por los jadeos y la tos reprimida. Todos lo miraron perplejos, con sonrisas mudas y negaciones de cabezas, por el excesivo trabajo que se tomaba para sostener su porfía. Ramón abrió con manos trémulas el libro, apenas humedeciendo los dedos en la lengua reseca buscando nerviosa y apresuradamente la hoja correspondiente. 

   ¡Acá está!, exclamó, como proclamando una victoria, ven que solo dice "adelante", y empezó a pasar el tomo frente a las caras de los parroquianos, dejando por último a Joaquín, al cual se lo dejó más tiempo suspendido delante de la cara que a los otros para que viera bien. 

   ¿Y? ¿Qué me decís ahora, gallego porfiado? ¿Existe o no existe, eh?, desafió Ramón, insistiendo en su juicio normativo encubierto. Joaquín sonrió. 

   Te digo lo mismo que hace un rato, Ramón, dijo, con tono complaciente. 

   ¡Pero acá no está!, dijo Ramón, golpeando con fuerza excesiva el libro. 

   Claro, porque es un diccionario normativo, hombre, debes buscar en un diccionario descriptivo. Ramón, con cabeceos y ademanes negativos, insistió en su porfía, saliendo por la única puerta que su mente concebía: 

   El único diccionario que dice lo que realmente es válido es este, y volvió a golpear bruscamente el libro. 

   Y es más, prosiguió, para sacarte de la ignorancia vamos a ver si algunos de los presentes tiene un aparato telefónico moderno y nos hace el favor de ver si encuentra esa palabra. Y dicho esto buscó con la mirada al que tuviera un celular. 

   Yo tengo uno, dijo una voz sin rostro, entonces todos giraron sus cabezas hacia la voz. El emisor era Francisquito, el hijo de doña Chela, tenía un celular en la mano y ya tecleaba con dedos ágiles en busca de la palabra. Ansiaba el chico desenmascarar al porfiado lo más rápido posible antes que se marchara y no viera su derrota pública, y tal presteza se debía a que tenía un tío que era más porfiado que una mula y Ramón, en su mente, representaba a su detestable tío. 

   ¡Acá está!, dijo el chico, y le puso el celular a menos de dos centímetros de los ojos de Ramón, y añadió, por si el porfiado no se daba cuenta o dándose cuenta se hacía el bobo, mire lo que dice aquí, y le apuntó con un dedo donde decía: "alante: aproximadamente 4.820.000 resultados". Ramón, puso la cara confusa que ponen los porfiados cuando ven perdida una batalla, y después de algunos segundos perdido en la niebla de las incertidumbres, dijo, como para caer parado como gato: 

   Pero ahí dice aproximadamente, además todo el mundo sabe que esos aparatos tuercen la realidad. 

   Y, ¿entonces para qué pidió uno?, le preguntó Francisquito, ya más interesado en hacerlo pasar vergüenza que en hacerle entender que estaba más equivocado que pulga en perro de peluche, pero el porfiado ya había ganado la salida más rápido que el wifi de la NASA. 

                                                              Fin. 


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Diseño web para pequeños negocios, rápido y barato Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed