Fantasma

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A Kirkpatrick no le gustaba mucho la idea de pasar la velada en el castillo de su amigo Whitefield, pero no se atrevió a declinar la invitación por temor a ofenderlo. El desagrado venía a cuenta por lo que se hablaba por ahí sobre el castillo del amigo, decían que era asombrado por fantasmas. Apenas la puerta se abrió, el chirrido, igual que en las películas de terror, provocó que su temor aumentara y la figura fantasmagórica del mayordomo que vino a recibirlo le hizo pensar en volver sobre sus pasos, pero sus piernas, que parecieron sufrir una parálisis repentina, se lo impidieron. El mayordomo, para dar una descripción exacta, era el retrato vivo de Lovecraft, pero mucho más viejo, como si el escritor hubiera vivido hasta los noventa y pico. Antorchas y velas alumbraban lóbregamente aquel castillo húmedo y gris. Mientras era conducido hasta la biblioteca, donde lo esperaba su amigo, hubo de agacharse varias veces para esquivar las telas de araña que caían como mortajas semitransparentes del techo sombrío.  

   Qué alegría recibirte en mi humilde hogar, dijo Whitefield, apenas lo vio aparecer. 

   La alegría de poder visitarte es mía, mintió Kirkpatrick. Charlaban de tiempos idos mientras bebían licor y fumaban cuando, algún tiempo después, se presentó delante de ellos el mayordomo anunciando que la cena estaba lista. Kirkpatrick se puso pálido, juraba que no había sentido llegar al mayordomo, pero estaba ahí, delante de su nariz, con lo que acabó concluyendo que la distracción de la charla con el amigo había hecho que pensara una locura. En seguida el mayordomo les dio la espalda y atravesó la pared. Kirkpatrick cayó sentado en el sillón del cual acababa de levantarse. Whitefield, al ver la palidez en el rostro de su amigo, se acercó a él. 

   ¿Qué tienes, mi buen amigo?, le preguntó preocupado. 

   ¿Qué que tengo?, que acabo de ver a tu mayordomo atravesar la pared, eso tengo, dijo Kirkpatrick, temblando descontroladamente. Whitefield soltó una carcajada y luego le dijo: 

   Ah, fue eso, no te asustes es solo un fantasma, ¿qué te podría hacer? 

  ¿Qué que me podría hacer?, muchas cosas, además de asustarme, dijo Kirkpatrick, todavía hundido en el sillón. 

   Mi caro Kirkpatrick, libérate de pensamientos supersticiosos; fantasmas no asustan, nosotros nos asustamos con ellos. Más miedo y temor infundimos nosotros los vivos, ellos ya no, le dijo Whitefield, volviendo a reírse a carcajadas. 

                                                           Fin. 


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