Cajones de verdura

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Iba rumbo al supermercado en mi auto cuando de la nada cayó un cajón de verduras, a unos metros del auto; frené de inmediato y, lógico, puteando al desgraciado que había arrojado el cajón, pero no vi a nadie, ni detrás de un tapial ni espiando detrás de las ventanas. Bien, pateé el cajón destartalado contra el cordón de la vereda y seguí mi camino. Apenas bajé del auto en el supermercado, justo al lado de mis pies, me encontré un fajo de dinero, tres mil quinientos pesos. Bueno, pensé, casi una desgracia y una tremenda suerte; claro, que estaba hablando de mí no del que perdió el dinero. Pasaron varios días y yo iba en mi auto al trabajo cuando, de nuevo un cajón de verdura se estrelló delante del auto, y de nuevo no vi a nadie, pero cuando volvía al auto vi algo brillando cerca de las ruedas delanteras, era una gruesa cadena de oro, que a la semana vendí por doce mil pesos. Bueno, volví a pensar, casi una desgracia y una tremenda suerte; lógico, para mí no para el que perdió la cadena. Y cosa de no creer, una semana después otro cajón de verdura cayó delante del auto, de nuevo desde ningún lugar y como en las otras veces esta vez encontré un billete de lotería, vigente; de modo que fui a una agencia donde constaté que era un billete ganador. A la semana  en el banco me pagaron treinta y cinco mil pesos. Bueno, volví a pensar, casi una desgracia y una tremenda suerte, para mí, claro, no para el que perdió el billete. Después nunca más me cayó ningún cajón de verdura desde ningún lugar, y vaya si rodé con el auto. Finalmente pensé que la suerte de los cajones de verdura quedaría en una anécdota más en mi vida. Y pasó el tiempo, me echaron del trabajo y terminé abriendo una verdulería. Una madrugada iba de camino al Abasto para comprar verduras cuando de repente, llegando al cruce de una ruta, un cajón de verdura se deslizó del techo de la camioneta, cayendo a unos metros adelante, frené de inmediato y ya me disponía a bajar a juntar el cajón, ya que iba por una avenida de tránsito rápido, cuando, justo en ese preciso momento, un camión desgobernado pasó por encima del cajón. Casi una desgracia y una tremenda suerte, volví a pensar, pero esta vez solo para mí, lógico. 

                                                              Fin. 


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