La yeta

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    Ay, ay, ay, ¿qué tiempos difíciles?, se le quejó Rubén a Agustín, que vino a cobrarle el alquiler. 

   Son los tiempos oscuros, mi querido Agustín, que han sobrepasado el umbral de esta humilde morada, y ahora, como bien puedes apreciar, estamos rodeados por la miseria más miserable (Agustín miró alrededor, todo continuaba como el mes anterior. Hasta el discurso se parecía). Rubén continuó:

   Sino, pongamos de ejemplo esta limonada, de la cual, y no te saco la razón, solo has tomado un trago nada más. Al ver tu rostro sufrido me acuerdo del mío, y no es para menos, caliente y ácida como está. Pero es lo hay, es lo que podemos (Agustín miró el vaso y volvió a sentir el amargo en su paladar). Podría extenderme en el asunto, pero no quiero echarte a perder el día, que será feliz y productivo (Agustín revoleó los ojos). Yo sé, mi amigazo querido, que empezar el día con el pie izquierdo puede parecer el primer signo de una jornada fatal, pero !dónde está el espíritu patriótico!, ¡el optimismo en el futuro! Agustín, hay que tener fe, sino estamos perdidos (Agustín miró para todos lados, pero no vio ni el espíritu ni el optimismo y mucho menos la fe). Créeme, Argentina saldrá a flote y entre todos, desde el más humilde campesino hasta el presidente, vamos a conseguir llevar adelante nuestra patria amada. Al final, recuerda lo que dice la Biblia: "ayúdate para que te pueda ayudar". Y Dios, que nunca se olvida del todo de ninguno de sus hijos, no dejará a su pueblo a la intemperie (Agustín volvió a mirar alrededor y más allá de la ventana, pero no vio a nadie, ni a Dios). Todo esto es una prueba, pero nosotros, todos juntos, vamos a mostrarle a Él que somos hijos dignos del Señor. Y te digo más, somos argentinos, por lo tanto, peleamos hasta el final (¿cuál final, la de los mundiales?, se preguntó Agustín). Entretanto, esperemos que el próximo mes la cosa empiece a mejorar (Agustín iba a decir algo, pero Rubén no lo dejó). Pero ¿qué? No y no. No pienses en eso ahora, que es al pedo (¿será que me leyó el pensamiento?, se preguntó Agustín). Yo no digo que sea fácil, solo que tampoco es imposible (¿de qué habla?, se preguntó ahora Agustín), porque arreglar este despelote va a dar más trabajo del que le dio a Dios hacer el mundo, y mira que el tipo es grande. Y todo por qué, porque en el mundo mandamos nosotros, los peores de todos los animales; y ahí mi amigo, la cosa se complica. Pero te prometo, y tú sabes bien que para mí las promesas son deudas (Agustín asintió con la cabeza, si lo sabría él), una cosa es deber algunos meses de alquiler, pero no pagar promesa, ¡ah, no!, eso sí que no admito (Agustín contaba con los dedos para ver cuántos meses eran "algunos meses"). Y, como siempre digo: debo y no niego, pero pago cuando puedo (Me cagó otra vez, pensó Agustín, mientras se hundía en la silla). Pero, ¿qué...qué? No te desanimes mi amigo, tenemos que tener fe. Mira, no, mejor me quedo de pico cerrado. Como ya te dije, no quiero echarte a perder el día, que será maravilloso (Agustín miró una vez más por la ventana, oscuros nubarrones se formaban en el horizonte). 

   Entonces, mi querido Agustín... y pensar que apenas ayer eras Agustincito, que venía todos los meses a cobrar el alquiler de la mano de don Ricardo, que en paz descanse y Dios lo tenga en su regazo (Agustín miró hacia el techo). Es un decir, claro, pero no pensemos improbable tamaña empresa, al final, ciento treinta kilos no son nada para Dios, un par de kilitos de algodón aquí en la tierra para nosotros, mucho bulto y poco peso. Además, como acabo de decir, quien se ocupa de eso es el jefe de allá arriba y Él todo lo puede, incluso con tu voluminoso padre, con todo respeto, ¿sí? (Agustín volvió a mirar al techo, pero no pensaba el los kilos de su padre, sino en la posibilidad de Dios, que si todo lo puede por qué no podía hacer que Rubén pusiera la mano en el bolsillo y le diera algunos pesos aunque sea). Perdón Agustín, me perdí, seguramente por la emoción al recordar a tan entrañable amigo. ¿Dónde estaba?, ah, sí, en el próximo mes. Bien, permíteme caer nuevamente en la melancolía Agustincito, que es como siempre serás para mí, esperemos el mes que viene con optimismo que, sin dudas alguna, saldrás de esta honesta casa con algo en los bolsillos. 

   Agustín se levantó de la silla y, resignado, se encaminó a la puerta de salida, acompañado por Rubén, que cariñosamente le apoyaba una mano en el hombro. 

   Hasta luego, mi querido amigo, Adiós y nos vemos el mes que viene si Dios quiere (a Agustín no le salió ninguna palabra, siguió con la cabeza gacha, hecho un zombi). Rubén cerró rápidamente la puerta y exclamó: 

   ¡Qué carajo, che! ¡Qué tipo pesado! Por qué no se va al quinto de los infiernos ese infeliz parasitario, cheto acomodado, caradura sinvergüenza, insecto invertebrado, paria social, lacra, vudú. Pero ¿dónde está Jorgito, eh? Ah, estás ahí. Acercate y presta bastante atención: anda de una carrera al almacén de don Pedrito y juega cien pesos al trece a la cabeza para el mediodía en la nacional y otros cien para la tarde, también en la nacional, ¿entendiste bien? 

   ¿Al mismo número, papá? 

   Claro, burro, Dale y apúrate. Pero qué chico más boludo, nunca vi otro igual, ¿a quién habrá salido? Y vos, Rosario, guarda esta limonada de mierda debajo de la pileta de la cocina para el mes que viene, cuando venga de nuevo el pelotudo de Agustín a hinchar las pelotas con el alquiler. 

                                                                 Fin. 


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