Nuevo en el pueblo

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Hacía una semana que se había mudado a aquel pueblo y no conocía a nadie todavía. Esa tarde, caminando por la única avenida del lugar, vio pasar a una señorita muy bonita por la vereda de enfrente; sintió algo dentro de sí, como una conmoción, y no pudiendo reprimir al impulso de seguirla se detuvo delante de una tienda e hizo como que miraba lo expuesto allí, pero sus ojos miraban el reflejo de la señorita en la vereda de enfrente. Cuando su reflejo desapareció, la siguió a cierta distancia. A unas tres cuadras la vio entrar en un edificio que le pareció ser un hospital o tal vez una clínica. Pensó que seguramente sería una enfermera. Siguió caminando, entonces vio un cartel encima de la entrada: ASILO DE CIEGOS. Por unos días buscó alguna excusa para acercarse al asilo, hasta que sus ojos se posaron en el viejo gramófono, al lado de la caja con los discos. Pensó que tal vez al responsable del asilo le resultara una buena idea que los enfermos tuvieran algo que les entretuviera, además él tenía muchos libros los cuales podría leerles; dos buenas oportunidades para acercarse a la bella señorita, aunque primero tendría que ir a hablar y presentar su propuesta. Al día siguiente, eso de las nueve de la mañana llamó a la puerta del asilo; pasaron unos dos minutos y como nadie apareció insistió, pero pasaron los minutos y nadie salió para atenderlo. "No es nada, deben estar ocupados", se dijo y siguió llamando en vano una, dos, siete veces más, sin resultado. Dejó pasar media hora, fumó un cigarrillo y volvió a insistir. Nada. "Está bien, fumaré otro cigarrillo en la sombra, quién sabe llega o sale alguien", pensó esta vez, y se apoyó en un árbol y encendió el cigarrillo. Consulto la hora: diez en punto, y nada todavía. Volvió a insistir, pero después de cinco minutos de darle duro a la puerta sin resultado desistió. El calor ya estaba haciéndose sentir con rigor, por lo que se sacó el saco y lo colgó de un gajo; después de otro diez minutos se arremangó la camisa y se aflojó la corbata; dos minutos más tarde se la sacó y la guardó en un bolsillo del saco. Volvió a insistir una vez más sin resultado. Fumó otro cigarrillo y volvió a ver la hora: casi las once. La garganta le ardía a cada cigarrillo y ya le dolían los nudillos de los dedos; el sudor le chorreaba por la columna y le bajaba por la zanja del culo, provocándole cosquillas en la zanja bastante fastidiosas. Por eso, con disimulo, se rascaba contra el árbol. Una vez más volvió a la carga y una vez más, nada. Fastidiado, volvió a encender otro cigarrillo y éste ya le dio asco; y, asqueado, volvió a mirar la hora: ya eran casi las doce. "No desistiré", pensó, y siguió plantado debajo del árbol. Ventilábase con el sombrero cuando un vehículo estacionó a su lado; era una vieja camioneta Ford A y de ella bajaron dos hombres vestidos de blanco. "Enfermeros", pensó aliviado, aunque sus ropas no estaban tan limpias como pensaba que debían estar. Uno de los hombres fue hasta la caja donde desató una escalera mientras que el otro sacaba unos baldes de pintura y una lona. Desconfió entonces que no fueran enfermeros, así que aguardó viendo qué hacían. Los hombres tendieron la lona debajo de la puerta del asilo y abrieron la escalera sobre ella, luego uno se subió y esperó que el otro le pasara un balde de pintura y un pincel, entonces empezó a escribir algo; cuando terminó el cartel decía así: ASILO DE CIEGOS Y SORDOS

                                                              Fin. 


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