El perro

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Una vez más la piedra lo alcanzó. El perro corrió a esconderse detrás del rancho y se tiró cerca del gallinero a lamerse las costillas, gimiendo a cada lamida, que en nada disminuía el dolor penetrante que se ramificaba por todo el costillar. Por entre el cardal vio pasar a su agresor, que ahora le lanzaba piedrazos a los nidos de los horneros sobre los gajos de un paraíso, del otro lado del camino polvoriento. 

   El sabandija aquel pasaba todas las tardes, le lanzaba piedras con la honda y seguía hasta la curva del camino, a una legua del rancho, donde se internaba en el monte cercano al puente viejo. De tardecita, casi siempre volvía con algún pájaro muerto colgando del cinto, y si el perro no estaba atento otro hondazo sorpresivo le avisaba que él ya regresaba de sus hechurías. 

   De tarde nadie quedaba en el rancho, sus dueños estaban en el trabajo y los hijos en la escuela, por ese motivo el sabandija a veces, curtido, se demoraba en el camino lanzándole piedras con la honda; metía las manos en los bolsillos y sacaba, una tras otra, las piedras asesinas, como si el bolsillo fuera mágico, porque nunca se le acababan. Algunas veces, no encontrando el lugar donde se había escondido el perro, seguía tirando hondazos a lo ciego; a veces las piedras traicioneras lo alcanzaban atravesando los cardos, como una bala, otras rebotando en algún árbol o en las paredes del rancho. La oreja quebrada se la debía al sabandija. Fue una tarde en que lo esperó escondido detrás de uno de los pinos de la vereda y lo agarró desprevenido a menos de dos metros, el pobre perro aulló como un lobo herido y pasó gimiendo por horas escondido entre los pastizales. 

   Una de esas tardes, apareció un perro sin dueño babeando cerca del rancho, tenía rabia. El perro lo vio dar vueltas en la vereda, entre los pinos, y al ver cómo el perro rabioso lo miraba feo corrió a la galería y se subió en el sofá donde dormía, el cogote estirado sobre la amurada de ladrillos, sin perderlo de vista. De pronto, el perro rabioso arrancó ladrando hacia la esquina, donde la calle delante del rancho chocaba y moría en el camino polvoriento. Desde el sofá el perro lo siguió con la mirada y vio que más adelante venía el sabandija con la honda lista para darle el primer hondazo del día. Éste, al ver el perro rabioso corriendo y ladrando hacia él, dejó caer la honda y de un salto cruzó la zanja y como no tenía ningún árbol cercano al cual subirse, escaló dificultosamente las lineas del alambrado y se quedó haciendo equilibrio sobre uno de los postes. El perro rabioso saltaba, se apoyaba en los hilos de alambre y arañaba el poste, pero sin conseguir el pie del sabandija, que gritaba por socorro mientras las lágrimas le mojaban las mejillas encendidas. El perro abandonó el sofá de un salto y cruzó, raudamente, el patio; pasó, veloz como un gato tras una rata, por un hueco en la cerca, saltó la zanja y fue detrás del perro rabioso, que seguía atacando al sabandija. Solo cuando lo tuvo ladrando a un metro suyo el perro rabioso se dio cuenta de su presencia, entonces dejó tranquilo a su víctima y lo enfrentó. El perro retrocedió y saltó al camino, rumbeando hacia el rancho, como diablo que sopla el viento, con el perro rabioso a la cola; y con la misma agilidad de gato saltó a la vereda, embocó el hueco en la cerca y fue a esconderse en la galería, detrás de unos trastos arrinconados en el fondo. El perro rabioso no consiguió pasar la cabeza por el hueco, porque era más corpulento que el otro, y se quedó allí asomado, ladrando y babeando endemoniadamente hasta que de pronto, como acordándose de la víctima, sacó la cabeza del hueco, pero cuando miró hacia el alambrado ya no había nadie allí. 

   Cuando ya no escuchó más alboroto en la calle el perro salió del escondrijo y se subió al sofá, y se quedó estirando el cogote, pero no vio ni al perro rabioso ni al sabandija. Un rato después escuchó un estampido a lo lejos que le recordó algunos días de fiesta y se enrolló en el sofá, la cabeza entre las patas delanteras. 

   Al otro día estaba distraído mirando un revoltijo en el gallinero cuando sintió un piedrazo contra la pared del rancho, inmediatamente, acordándose del sabandija, se dio vuelta; el sabandija estaba parado del otro lado de la cerca, sonreía. Y ya arrancaba a esconderse cuando olfateó comida, giró la cabeza para aquí y para allá hasta que dio con un hueso con bastante carne, tirado al lado de la pared del rancho. Trotó hacia el hueso y lo agarró entre los dientes, pero cuando levantó la vista el sabandija ya no estaba. Rodeó el rancho y lo buscó con la mirada entre los cardos, pero tampoco lo vio seguir el camino hacia la curva, como siempre; un tanto confundido dio media vuelta y volvió al patio. Entonces lo vio: el sabandija se alejaba con las manos en los bolsillos silbando bajito de regreso a su casa quizás. 

                                                              Fin.


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