Primavera - parte 2

Por
Enviado el , clasificado en Intriga / suspense
46 visitas

Marcar como relato favorito
Recomendación:
EntrenaEn.casa - Videos para hacer ejercicio en casa. Entrenamiento funcional, fitness, yoga, pilates... ejercicios para hacer con niños y adultos mayores.

II- EL RESTAURANTE

Vivas acomodó sus cosas en la habitación y pensó dar una vuelta por el pueblo y comer algo. 

   Y mañana me pongo a escribir, se dijo antes de bajar a la recepción. Cuando salió ya había anochecido. Desde las casas el humo exhalado por las chimeneas, detenido sobre las luces de los faroles en ambas veredas, le daba a la avenida un aspecto de túnel brumoso. El dueño del hotel le había recomendado un restaurante casi al final de la avenida, que en seguida comprobó que, así como el hotel y otros tantos establecimientos comerciales, era el único del pueblo. Conducía despacio, de hecho, por dos o tres coches que vio pasar por la mano contraria, no necesitaba aumentar la velocidad. Mientras las cuadras se sucedían, con buen ojo de escritor para los detalles, notó que solo había visto una tienda de ropas, una zapatería, una carnicería, una panadería, una verdulería, una librería, un minimercado, una estación de servicio, un bar y un quiosco, el resto se componía de casas viejas y las pocas nuevas se mostraban mal cuidadas. 

   Si esto es todo lo que hay en la avenida principal, qué esperar para el resto del pueblo, dijo en voz alta, pero ya tendré tiempo suficiente para ver si más allá existe algo más. De todas maneras el lugar se adecuaba a sus expectativas, ya que buscaba un lugar tranquilo y con poca gente, totalmente opuesto a la gran ciudad, con sus constantes bullicio y distracciones durante las veinticuatro horas. 

   Desde afuera Vivas observó que el restaurante tenía una reducida clientela ocupando solamente tres mesas; en la que estaba al lado de la única vidriera un matrimonio cenaba en silencio, los ojos puestos en el televisor; en otra, contra la pared y cerca del mostrador, con los codos apoyados a ambos lados del plato vacío y el mentón sobre las manos entrelazadas, un hombre, también con la vista puesta en el aparato, se demoraba en un vaso de vino por la mitad y en la tercera, en el medio del local, dos jóvenes, uno de lado y el otro de espaldas a la puerta, conversaban alegremente compartiendo una cerveza. Detrás del mostrador un señor mayor, que apenas le echó un vistazo al verlo entrar, secaba un vaso mientras reía con lo que veía en la televisión; cerca suyo una muchacha era absorbida por un celular y que, enajenada del mundo a su alrededor, ni notó cuándo ni quién acababa de entrar. Los otros clientes, en cambio, lo miraron extrañados sin demorarse mucho en ello. 

   Buenas noches, dijo. 

   Buenas noches, respondieron, como si formaran parte de un coro, casi todos, menos la muchacha que simplemente levantó la vista para ver a quién saludaban y luego volvió a lo suyo. Vivas eligió una mesa en el rincón donde confluían la pared que daba a la vereda y la pared opuesta a la que estaba el hombre solitario, donde tendría una visión de conjunto y podría observar el panorama interior en toda su amplitud sin perder ningún detalle. El hombre del mostrador largó el vaso que estaba secando y carraspeando llamó la atención de la muchacha y con un gesto de cabeza le indicó que fuera a atenderlo. La muchacha, visiblemente fastidiada, dejó el celular y de mala gana se acercó a su mesa con la carta en las manos. Vivas imaginó de antemano la escena siguiente: la muchacha le tiraba el menú de mala gana sobre la mesa y se quedaba viéndolo mientras golpeaba con un pie impacientemente el piso para que él se apurara en hacer el pedido. Pero la muchacha lo sorprendió. 

   Buenas noches, le dijo, con una sonrisa gentil mientras le entregaba en manos el menú. 

   Buenas noches, respondió Vivas, con simpatía. Pidió una cerveza y mientras la muchacha iba a buscarla revisó el menú que, como ya lo esperaba, no ofrecía gran variedad y, la verdad, él tampoco tenía demasiada hambre. Cuando la muchacha regresó con la cerveza y un vaso pidió una porción de papas fritas. 

   Y una porción de aquello verde que está detrás del señor del mostrador, si son pepinitos en vinagre, agregó por último, entregándole el menú. 

   Muy bien, dijo la muchacha sin confirmarle si eran o no pepinitos. Cuando volvió con una pequeña bandeja de acero en sus manos Vivas descubrió que sí lo eran. 

   Aquí tiene los escarbadientes y las papas fritas van a demorar un poco, dijo y se retiró, volviendo rápidamente al celular. 

   Cuando terminó la cena, Vivas se acercó al mostrador para pagar. 

   ¿Lugar tranquilo este pueblo, no?, le dijo al hombre del mostrador. 

   Más tranquilo que agua de tanque, respondió el hombre. 

   Noté que no hay muchos negocios desde el hotel hasta aquí, por lo menos en la avenida, comentó Vivas. 

   Y no encontrará mucho más, vaya a donde vaya. Éste, por ejemplo, es el único restaurante y así de lleno como lo ve ahora son todos los santos días. Si no fuera por mi bisabuelo, su fundador, ni loco pensaría en abrir uno, respondió el hombre con resignación en la voz. 

   Pero me imagino que en primavera y en verano lo frecuentará más gente, dijo Vivas. 

   ¿Primavera? ¿Verano? Éso son solo palabras, amigo. Aquí todo el año, desde que tengo memoria, siempre ha sido así: frío, lluvioso y gris. En definitiva un pueblo triste. 

   Vivas volvió al hotel con la sospecha de que las personas del lugar eran dadas a exageros, por lo menos desde que tenían memoria. 

III- EL SOL


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Diseño web para pequeños negocios, rápido y barato Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed