Primavera - parte 3

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III- EL SOL

A primera hora Vivas se puso a trabajar en la historia, por la ventana que tenía delante suyo podía ver el cielo inmutable, gris y lluvioso. Una ventisca suave salpicaba el vidrio con diminutas gotas que luego arrastraba formando pequeñas lineas diagonales. Dentro de la habitación la calefacción se aproximaba al clima que Vivas describía en la historia, por ese motivo, tal cual uno de los personajes, llevaba puesta tan solo una camisa liviana. Cuando terminó la primera parte del primer capítulo (a eso de las nueve y media) decidió bajar a desayunar, único servicio extra que ofrecía el hotel. Antes volvió a observar el tiempo, aún lloviznaba, pero el viento había aumentado considerablemente y secado el vidrio; el cielo de plomo, sin embargo, continuaba casi igual. 

   El comedor quedaba en los fondos del hotel y se llegaba atravesando un largo corredor. El recinto era un amplio salón casi inhóspito, lo habitaban cuatro mesas como islas en un gran lago; quizás el dueño del hotel estuviera cierto y con poca gente visitando el pueblo con cuatro mesas era más que suficiente. Sin embargo, en ese día parecía ser el único huésped o al menos a esa hora de la mañana, aunque no recordaba haber oído movimiento desde su habitación. Sobre las paredes flotaban algunos pocos cuadros con fotografías en blanco y negro de tiempos idos de Villa Del Monte, Vivas notó con cierto asombro el suelo húmedo y el cielo de lluvia. Bonitos paisajes para empezar el día, pensó. 

    El dueño, que lo había visto pasar por la recepción desde el depósito donde guardaba los instrumentos de limpieza, llegó en seguida con una bandeja con un termo con café, una tetera con leche tibia, una taza, cuatro panes franceses, manteca, mermelada de durazno, dulce de leche, azucarero, edulcorante, una cucharita y dos cuchillos, uno para cortar el pan y el otro para untar.  

   Buen día, ¿cómo pasó la noche?, dijo, con el mismo tono apático del día anterior.  

   Muy bien, gracias. Creo que soy el único huésped esta mañana, comentó Vivas. 

   No le dije yo que nunca viene mucha gente por aquí. Si alguien quiere aburrirse este es el lugar indicado. Vivas pensó que el dueño del hotel, sin importarse en desanimar al único cliente que tenía en días, parecía empeñarse en espantarlo. O quizás lo hacía porque él ya le había dicho que quería paz y sosiego para escribir su historia con lo que no corría ningún riesgo siendo sincero. 

   Antes de bajar a desayunar vi que había parado de llover, quién sabe hoy sale el sol, dijo Vivas.

   Veo que usted es muy optimista, o muy bromista, contestó el hotelero, luego volvió a la recepción meneando la cabeza. 

   Gente rara la gente de este lugar, pensó Vivas, y empezó a desayunar. 

   Cuando subió a su habitación contempló nuevamente el cielo, no había vuelto a llover y aunque algo más claro el cielo continuaba gris. El viento seguía soplando con fuerza. Cerca del mediodía Vivas ultimaba ya la segunda parte del primer capítulo cuando un rayo de sol cruzó la habitación diagonalmente. Vivas se acercó a la ventana, entre las nubes alborotadas parches azules de todos los tamaños anunciaban que el mal tiempo estaba llegando a su fin. Y para cuando se disponía a bajar para dirigirse al restaurante las últimas nubes se dispersaban en un cielo espléndidamente azul. Desde abajo llegaron voces como de otros tiempos y de otro lugar. Al bajar a la recepción vio, a través del vidrio de la puerta, un pequeño grupo de personas frente al hotel hablando alto. Al salir a la vereda otros grupos, aquí y allá, hacían igual bullicio; todos miraban y apuntaban con sus manos hacia el cielo. Vivas también elevó la mirada, pero no vio nada diferente que no haya visto antes. 

   ¿Qué sucede?, le preguntó al dueño del hotel, que estaba entre la gente. 

   ¡El cielo!, creí que me iba a morir sin ver el sol alumbrar una única vez en la vida esta tierra. Ya lo vi un par de veces en el pueblo vecino, una vez que fui a la capital, otra vez que salí de vacaciones a Carlos Paz, en la tele y en revistas, pero aquí... nunca, respondió sin sacar los ojos de las alturas. Vivas volvió a pensar que la gente de Villa Del Monte era dada a exageros. 

   Mientras se dirigía al restaurante la escena en la vereda del hotel la vio, como calcada, en varios lugares a ambos lados de la avenida, y cuando pasaba por las intersecciones, a la derecha o la izquierda, veía lo mismo. Por un momento una sombra cruzó por la mente de Vivas, en ese fugaz instante dudó de la cordura de la gente del lugar. 

     Lograr que le sirvieran el almuerzo le llevó mucho tiempo de espera. La muchacha había relegado el celular a segundo plano en favor de la contemplación del cielo, el dueño del establecimiento y la cocinera también habían largado lo suyo y engrosaban el grupo reunido en la entrada. Y cuando el dueño, sin otra alternativa, se dignó a atenderlo él mismo estaba con el frasco de pepinitos sobre su mesa ensartándolos con un tenedor. 

   Dígame, por favor, tengo una duda, ¿por qué todo el mundo está tan maravillado viendo el cielo?, preguntó intrigado. 

   Es que es la primera vez que vemos salir el sol aquí en Villa Del Monte, contestó el hombre. Vivas, que hasta ese momento creía que se trataba de una simple metaforización típica del lenguaje de los habitantes, insistió en el asunto:

   Espere un poco, usted me está diciendo que en Villa Del Monte nunca alumbró el sol, ¡nunca!

   Usted lo ha dicho, amigo. ¡Nunca!, desde que tengo memoria, respondió el hombre, sonriendo. Vivas acabó almorzando tarde, pepinitos y papas fritas como la noche anterior. 

IV- EL OTRO PUEBLO 


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