Primavera - parte 4

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IV- EL OTRO PUEBLO 

Un mes había pasado ya y los últimos capítulos estaban próximos, y no había vuelto a llover. Afuera flores alegraban jardines y balcones y decoraban los canteros de la única plaza, los maceteros dispuestos en la entrada de algunas casas y negocios y los floreros en las mesas del comedor del hotel y del restaurante. El pasto y los árboles habían enverdecido el pueblo y los campos. Los pájaros trinaban felices mientras que las abejas habían vuelto a fabricar miel. Y Villa Del Monte empezó a perecerse a la historia que Vivas escribía. Un fervor de prosperidad empezó a sentirse en el aire. Una mañana Vivas oyó, a mitad de un capítulo, un bullicio en la planta baja. Cuando se asomó a la ventana  vio que había un ómnibus de turismo estacionado en frente al hotel y a varios turistas riendo y parloteando como cotorras agrupados en la entrada. 

   Vivas decidió desayunar en el restaurante, pero nuevas sorpresas también lo esperaban por allí y tuvo que esperar en una considerable fila para poder tomar el desayuno. Cuando regresó al hotel vio que de un camión unos hombres descargaban sillas y mesas, y cuando a las cinco bajó a merendar las islas imaginadas en el comedor se habían multiplicado, formando lo que se le antojó un archipiélago, y los viejos cuadros deprimentes habían sido remplazados por coloridos pósteres de una Villa Del Monte rejuvenecida y al mismo tiempo irreal. 

   Con el pasar de los días Vivas presenció la abertura de nuevos negocios, tres agencias bancarias, otro cine y en un galpón condenado al olvido y a la soledad la instalación de una iglesia Universal. Definitivamente, Villa Del Monte ya no era el lugar que él hubiera elegido ni para escribir un miserable poema, pensó. Lo único que faltaba para espantarlo de una vez por todas era depararse en cualquier día de esos con un McDonald en la esquina más valorizada de Villa del Monte. Otra mañana lo despertó el insólito anuncio del primer carnaval en la historia de Villa Del Monte, propalado por una voz metálica proveniente desde un lugar indeterminado; Vivas bajó de prisa y salió a la vereda, varios altoparlantes habían sido distribuidos, sin duda por la noche, a lo largo de la avenida; en las veredas y delante de los negocios todo el mundo comentaba la buena nueva. 

   Por suerte ya me falta poco para terminar, pensó mientras volvía con pasos ágiles a su habitación, y sin darse la acostumbrada ducha mañanera se abocó a finalizar la historia, sin pensar demasiado si el final no quedaba tan bien estructurado como a él le gustaría, pero con las innúmeras revisiones con las cuales siempre sometía a sus trabajos ya le daría un final que lo dejara satisfecho. Dos días después Juan Carlos lo vio aparecer en la recepción con todo su equipaje. 

   ¿No me diga que ya se va?, le dijo, poniendo cara de asombro. 

   Así es, mi amigo. Finalmente, he concluido la historia; aún tengo que someterla a varias revisiones, pero eso es lo de menos. Inmediatamente detrás de sus palabras se escuchó un trueno que hizo temblar los vidrios de puertas y ventanas y tintinear sola la campanilla sobre el mostrador. Los dos hombres quedaron como petrificados por un momento, luego salieron a la calle. El cielo límpidamente azul que Vivas había contemplado con satisfacción desde la ventana de su habitación se había transformado, en cuestión de unos pocos minutos, en una techumbre tenebrosa y amenazante cubriendo el pueblo hasta donde podía verse. Vivas hizo una mueca de desagrado, a su lado Juan Carlos lo miraba de reojo con denotada desconfianza. 

   ¡Pero qué raro! Hace unos minutos el cielo estaba totalmente despejado y mire ahora, dijo Vivas. 

   Muy sospechoso todo esto, ¿no?, acotó Juan Carlos. Vivas que no era ni un poco supersticioso no le dio importancia al comentario, al contrario, le pareció fuera de lugar. 

   Y bueno, parece que tendré que irme como he vuelto, con mal tiempo, suspiró. 

 VI- LA PARTIDA

Cuando se marchaba, desde el auto Vivas saludó con un bocinazo a Juan Carlos que no lo vio porque estaba de espalda hablando por teléfono. Vivas ya estaba cerca de la salida del pueblo cuando un contratiempo inesperado, o más bien improbable, interrumpió su camino. A primera vista le pareció que el árbol caído en la calle había sido provocado por el fuerte viento que soplaba, pero al llegar cerca se dio cuenta que fuera provocado por un leñador que había equivocado el corte. Tendría que dar media vuelta y atravesar todo el pueblo hasta la otra salida. Cuando pasó por el hotel, Juan Carlos continuaba en la vereda hablando por celular. Esta vez sí lo vio porque lo saludó con una mano, pero algo que no supo definir le hizo pensar como que el hotelero ya esperaba verlo pasar; tal vez fuese el hecho de estar allí afuera bajo un paraguas hablando por teléfono en lugar de hacerlo dentro del hotel. 

   Cuando ya se acercaba a la otra salida, el auto serpenteó desgobernado sobre el asfalto mojado quedando atravesado en la calle. 

   ¡No lo puedo creer!, exclamó Vivas. Al poner el pie fuera del auto sintió un pinchazo, y al levantar el pie vio en la suela del zapato, aún clavado en ella, un clavo "Miguelito". Inmediatamente se dio cuenta qué había pasado, pero al levantar la vista constató que una considerable cantidad de ellos minaba gran parte del asfalto alrededor del automóvil, y lógicamente las cuatro ruedas pinchadas. Barajaba la posibilidad de una jugarreta de niños maliciosos cuando vio llegar un camión remolcador. 

   ¿Eficiencia o mucha casualidad?, pensó, al ver con cuánta rapidez le llegaba el socorro. El conductor le dijo que un vecino había llamado a la gomería avisando sobre el accidente. Vivas no dijo nada, pero estaba claro que el hombre mentía descaradamente. El gomero lo dejó en el hotel diciéndole que él mismo le traería el auto no bien emparchara las cuatro ruedas, pero resaltó que se olvidara de seguir viaje el mismo día. 

   Mire la hora que es, casi mediodía y hoy a la tarde, después de la siesta, tengo que atender otros compromisos, así que hasta mañana... Vivas intentó persuadirlo ofreciendo pagarle el doble si hacía una excepción, pero el gomero argumentó que el único horario disponible era el de la siesta. 

   Pero la siesta para mí es sagrada, dijo, poniendo cara de contrariedad. Juan Carlos se ofreció para llevarlo al hospital para que le hicieran un curativo, pero Vivas dijo que no era nada, que con una buena lavada ya estaba bien. Así, cuarenta minutos después de los incidentes, Vivas estaba de vuelta en la habitación donde había estado hospedado los últimos meses. Cuando salió del baño, donde lavó bien la herida, la habitación estaba completamente iluminada por un sol radiante, la tormenta así como había venido había pasado. 

   ¡Increíble!, exclamó Vivas, apoyado en el alféizar de la ventana. 

VII- LA SOSPECHA 


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