Primavera - parte 6

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Enviado el , clasificado en Intriga / suspense
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VII- El CAUTIVERIO

El traqueteo del automóvil le sugería que transitaban por un camino de tierra y en cada bache del camino sentía con mayor intensidad la compresión del arma sobre sus costillas. Los hombres no hablaban. Vivas calculó que habían pasado unos veinte minutos cuando el auto se detuvo. El conductor se bajó y, en seguida, volvió al automóvil y continuaron viaje. Unos minutos después el automóvil volvió a detenerse y los hombres lo ayudaron a bajar. Oyó perros ladrando y correteando alrededor, de pronto uno a su derecha aulló de dolor, lo habían pateado. Por la manera como silbaba el viento Vivas imaginó que debían estar debajo de un lugar arborizado, el aire fresco también lo sugería así. En seguida fue conducido al interior de una vivienda, donde le sacaron la capucha y sin darle tiempo de ver nada lo empujaron en una habitación amplia, húmeda y oliendo a cosa vieja. El golpe producido por el pasador lo remitió a escenas vistas en películas de nombres olvidados. El techo era alto y el piso de ladrillos. No había ningún mueble, solo un colchón viejo y raído pudriéndose en un rincón y un tacho de plástico que supuso que debería ser "su baño". La habitación era parte de una construcción antigua, la pintura azul estaba bastante opaca y cerca de la única ventana había adquirido un tono azul grisáceo; en algunos puntos el reboque había caído dejando ver las paredes de ladrillos asentados en barro. Del techo pendía de un cable ennegrecido una lamparita amarillenta de bajo voltaje, que impedía ver con claridad en los rincones. Tanto la ventana de una hoja como la puerta de madera sin pintar y las bisagras brillantes delataban que no eran de la misma época en que habían construido la casa. La ventana se abría por dentro por un cerrojo sin candado, lo que significaba que del otro lado si no la vigilaba un perro feroz es que tendría gruesos  barrotes. Acercó la oreja, afuera el viento aullaba entre lo árboles, y ladridos se dejaban oír no muy lejos; entreabrió la hoja lo suficiente para ver los barrotes que intuyera hacía poco, altos eucaliptos y más allá el pastizal rastrero de la llanura plana hasta el infinito, pero no vio ningún arbusto, ningún monte a lo lejos, ninguna casa. Estaba en el medio del campo y quizás nunca lo soltarían. Un escalofrío recorrió su espina dorsal al imaginarse viejo y vencido esperando la muerte en esas cuatro paredes, como el Abate Faria. 

   Tengo que pensar, tengo que pensar, murmuró bajito. No pensaba morir como el viejo abate; tampoco esperaba que alguien, Fritz, su agente literario, Daniel o Ana, sus únicos e íntimos amigos, vinieran en su busca. ¿Buscar en dónde?, él nunca decía dónde se refugiaba porque ni él mismo sabía en dónde iría a parar cuando salía en busca de un lugar sosegado; elegía al azar, sobre la marcha, y tampoco notificaba su paradero. ¿Hasta cuándo tendría que esperar que sintieran su falta para avisar a las autoridades sobre su desaparecimiento?, si para su última novela estuvo ausente durante casi dos años en un pueblito en las sierras cordobesas que mal figura en los mapas. Vivas sabía que la solución inmediata era improbable. 

VIII- LA FUGA

   


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