El otro mundo posible - parte 1

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I- EL MUNDO DE LAURA 1

El mundo de Laura es húmedo y gris, de zanjas malolientes y patios que en verdad son auténticos basurales a cielo abierto, y cuando llega el invierno la lluvia y el barro entristecen su alma hasta lo inimaginable. La casilla que comparte con su madre, el padrastro y un hermano es lo que podría llamarse de tumba, de hundimiento. Todo lo que sucede allí dentro la indigna: su madre con su aceptación sumisa de la vida miserable; su padrastro y su imposibilidad de recordar cuándo fue la última vez que estuvo sobrio y su hermano fatalmente integrado a la atmósfera marginal que lo rodea; sin saber lo que es trabajar, aunque nunca le faltan la cerveza, el cigarrillo y la droga, e incapaz de buscar modelos alternativos de aquellos en los que se espeja. Laura piensa y piensa; busca pero nunca encuentra la salida de ese laberinto degradante de la vida. Laura, atrapada en una realidad exenta de cosas buenas, mira las paredes de su casa, las calles negras del barrio y suspira tristes ayes; y mientras más piensa en salir a flote tanto más hondo va enterrándose en las calles barrientas. Laura recién ha cumplido diecisiete años, pero piensa que su vida ya es una vida desperdiciada. "¿Y si pasan otros diecisiete años y no consigo salir de aquí?" Esa idea la deprime. Mira hacia afuera por la ventana de su piecita y el paisaje que ve le lastima el alma. Todo lo que ella desea es la belleza, justo lo que no existe en ese mundo inmoral condenado a la brutalidad. Ella cree que la suerte no existe y si existe no significa nada si no se la sabe aprovechar. "Como el dueño del supermercado de la esquina", piensa, "que tiene el queso y el cuchillo en la mano pero no sabe cortarlo. ¡Pobre hombre rico!" Ella en su lugar ya se hubiera ido a vivir a Capital o a Barrio Norte hace mucho tiempo, en lugar de seguir allí purgando penitencia. Piensa que el hombre quizás lleve muy arraigado en lo profundo de su ser el ser villero para mudarse a un lugar mejor, al punto que lo sofisticado le resulte desconfortable, o, tal vez, no quiera parecerse con aquellos jugadores de fútbol que ella ve en la tele y piensa que aunque se hayan ido de la villa la villa nunca se va de ellos, bastándoles con abrir la boca para darse cuenta. 

   Hoy es domingo y desde que despertó los vecinos siguen con la infame cumbia villera y el maldito reggetón; no ha parado desde la noche anterior, es decir desde que ella tiene memoria. Sabe que por la tarde, cuando empiecen y cuando terminen los partidos, los hinchas harán estallar cohetes como si fuera navidad o año nuevo. Después los de los equipos vencedores vendrán al kiosko de al lado a seguir emborrachándose mientras comentan las jugadas de tal o cual jugador, con su peculiar lenguaje vulgar, inmersos en la ignorancia que tanto la incomoda. Definitivamente, Laura nunca comprenderá ese tipo de felicidad, menos aún cuando empiezan las discusiones y terminan agarrándose a las trompadas. De vez en cuando las peleas dejan heridos. "Un día va a morir alguien, seguro que sí", piensa. Ella sabe, porque lo ve en la televisión, que hay un mundo diferente, un mundo hermético e inaccesible para chicas como ella; un mundo prohibido, cercano y, sin embargo, lejano a la vez, que solo puede ser soñado y deseado, pero hasta ahí. Sabe, entre tanto, que son muchos los caminos que conducen a él, pero solo uno es posible para ella: estudiar. Entonces Laura se depara frente a un muro muy alto que le impide el acceso a una carrera. Si ni la dejaron hacer el secundario para meterla, de prepo y sin previo aviso, a la fuerza laboral por tiempo integral en la verdulería de doña Reinalda, la boliviana; ni estudiar de noche, porque eso también presupone otro gasto en la casa. A Laura no le es difí­cil vislumbrar otros diecisiete años de vida sombrí­a, aplastada contra la pared de un destino de desdichas. Quiere hacer algo al respecto, pero nunca encuentra por dónde eludir el mundo deprimente que la cerca por todos los lados; la salida hacia el mundo imposible que ve en la televisión y en las revistas. Por lo pronto, trata de instruirse con los manuales que le quedaron de la primaria y viendo el canal educativo del estado, aunque raramente le queda tiempo, ya que está esclavizada de lunes a sábados en la verdulerí­a desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche. 

II- EL MUNDO DE LAURA 2  


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