El otro mundo posible - parte 3

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III- EL MUNDO DESPRECIABLE 

Laura lee y relee. La única manera de estar más preparada, de ser mejor gente, piensa. Después de la cena recalentada se queda hasta tarde, ya no se importa si tiene que levantarse a las cinco de la mañana. Desde la calle la vida que detesta se filtra por entre las rendijas de las tablas de la casilla; las puteadas incomprensibles de los vecinos, porque nunca se sabe si son de peleas o por costumbre; los tiros desde el fondo de la villa, donde el infierno es aún mayor; las conversaciones incoherentes de los chicos que vuelven de la escuela nocturna y pasan, como toda la semana, por la vereda de su casa, porque hay menos pozos que la de enfrente. "¿De qué les sirve estudiar si no son capaces de tener una conversación inteligente?" "¿Por qué siguen expresándose odiosamente con palabras groseras?" Se pregunta Laura, nunca llegando a comprender el comportamiento del otro. Cuando al fin el sueño la vence, se acuesta pensando en Cristina, que hace diez días que no aparece. "¿Qué puedo hacer para sacarla de ese mundo sórdido y enfermo?" Laura se siente impotente, incapacitada para salvar a nadie, si ni a ella misma puede ayudar mucho menos a quién ya eligió su camino, estima con tristeza. Se acuesta pensando que mañana buscará en las columnas de empleo uno mejor que el que tiene; se lo promete, antes de dormirse. El diariero ya pasó por la verdulería; Laura ojea, entre venta y venta, la sección de empleos, aunque  de encontrar alguno que le interese aún no sabe cómo hará para conseguirlo, ya que está encadenada a una libertad ficticia, aparente. La verdad es que su padrastro le consiguió el empleo en la verdulería para quedarse con todo su ordenado; así que de querer dar un paso hacia la libertad no tiene cómo hacerlo, a no ser que se escape de casa y se vaya a vivir a la calle. Pero ¿cuánto aguantaría en ese estado casi salvaje antes de terminar como Cristina? Laura se ve acorralada en un laberinto sin salida. 

   Hoy volvió a aparecer Cristina por la verdulería, nuevamente disfrazada de prostituta, pero esta vez se ha teñido el cabello de rojo. 

   "En este negocio el asunto es ir cambiando el visual, ¿viste?", se justifica Cristina. "A los clientes les gusta así­ y pagan bien". 

   "¿Cómo estás, Cris?" Laura no parece alegrarse con la visita de su amiga, y Cristina lo percibe, y la insta a contarle qué le pasa. Laura le cuenta su pesar en el laberinto. A Cristina se compadece de la desgracia de su amiga y la comprende. Ya se ha sentido muchas veces así hasta que pudo independizarse hace un par de días, cortando las cadenas que la ataban a su familia y a aquel mundo sórdido y degradante. Pero Laura no sabe todavía que su amiga ya no vive más en el barrio. Cristina le cuenta la novedad. 

   "Alquilé un departamentito de dos habitaciones, baño y cocina en Capital". Laura finge entonces una alegría que no convence ni a ella misma. 

   "¿En serio?", responde con desconcierto.

   "Sí, en una pieza atiendo a los clientes, que ahora, con  lugar propio, han aumentado, y en la otra duermo". Laura vuelve a fingir. 

   "Me alegro por ti". Cristina percibe el malestar de Laura y le duele el destino ingrato que su amiga aún tiene que purgar.

   "¿Qué te parece si te venís a vivir conmigo? Puedo atender en mi pieza y la otra te queda para vos. Pero no necesitás hacer lo mismo que yo, no te imagino haciendo esas cosas. Vos no te hagás problema por los gastos, yo banco todo hasta que consigas algo. Cualquier cosa es mejor que esta verdulería de mierda", dice con una sonrisa franca. Laura no contesta.

   "Mmm, ¿qué me decís?", insiste. Laura balbucea una respuesta vaga que no es sí ni es no, pero Cristina la ataja en seguida y le recuerda que de seguir así nunca conseguirá romper las cadenas. Cuando Cristina se marcha, no sin antes hacerle prometer que pensará con cariño en su ofrecimiento, Laura piensa que su amiga tiene razón. Mientras acomoda los mejores tomates en un cajón, sopesa los pros y los contras y descubre que no hay nada que sopesar; o se va casi con lo puesto y salva su vida o se queda y se pudre por el resto de la vida, amargando los días más fúnebres y las horas más negras que el destino ingrato le tenga reservado. Laura sabe que no habrá despedidas, y que su madre, su padrastro y su hermano no lamentarán tanto su ausencia como su ordenado semanal. Pero ella no es como ellos, nunca lo fue ni nunca lo será; tiene que irse. "¿Hasta cuándo he de esperar que mi vida cambie para mejor? Tengo que hacerlo, sí­ o sí", sentencia en silencio.

IV- EL MUNDO DE LOS OTROS 


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