El otro mundo posible - parte final

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IV- EL MUNDO DE LOS OTROS 

Todos duermen cuando Laura, en puntas de pie, pasa por la cocina, se detiene en la puerta de calle, gira la llave con manos de seda y se va para siempre de su hogar. No ha dormido en toda la noche; no porque la partida le hubiera pesado en el alma, pues respiraba ya el aire de un futuro mejor desde que decidiera aceptar la oferta de su amiga, sino porque, al amparo de la luz tremulante del televisor enmudecido, se la pasó empacando en silencio sus escasas pertenencias en dos maletas y una bolsa plástica. Después se sentó en la cama hasta las cinco de la mañana, pensando en las cosas promisorias que le esperaban más allá del laberinto. El aire matinal le dice adiós con el olor a podrido emanado desde las zanjas y los patios mugrientos de las casas; con el canto madrugador de los gallos y de los ladridos de los perros desde el anonimato difuso del chaperio; ella les devuelve la gentileza con un optimista "hasta nunca". En la parada espera con apuro el colectivo milagroso que la sacará, con un simple boleto, de ese mundo irreconciliable, llevándola al mundo de los otros, más allá de los límites del gran Buenos Aires. Cuando por fin llega el colectivo sube rápidamente y se sienta del lado de la ventanilla; quiere ver por última vez el barrio, como si con ese acto de última mirada fuera posible jamás volver a verlo. Tanto ahora como en las pocas veces que había tenido la oportunidad de viajar a Capital, ve con desconcierto la lenta transición de la degradación de los suburbios a la modernidad del centro de la ciudad. Degradación que se resiste al progreso urbano por años y años, hasta que un buen dí­a éste inexorablemente llega y anexado a él cierta belleza y algo de armonía en las formas. Casas bonitas, con jardines bien cuidados, negocios y plazas limpias y bien floridas van fracturando la hegemonía del rancherio degradante y su calamidad. Laura sabe que no serán sus ojos los que verán el cambio, pues ya dio el primer paso hacia el no retorno, ya todo su ser visa a un nuevo amanecer, sin temor al mañana. "¿Qué puede ser peor que esperar sin esperanza que algo cambie y cuando lo haga ya sea demasiado tarde para todo?, ¿qué puede ser peor que ver pasar la vida y sentirse impotente para cambiar un presente de constante infelicidad?, que venga el futuro entonces, pues no le temo", se dice, dándose coraje. Temor es algo que Laura ya no puede permitirse, porque lo único que le queda, de ahora en adelante, es hacerle frente a la vida y aceptar lo que el destino le tenga reservado. No hay ni habrá vuelta atrás, mucho menos negociación. Una vez que el colectivo cruza la General Paz, se dice: "Bienvenida a la civilización". Mira los edificios de departamentos lujosos como quien mira el paraíso. "¿Cómo se sentirán sus dueños viviendo allí?" Laura piensa sobre sus ocupantes como si fueran inmunes a los males de la humanidad; no concibe en sus almas sino una felicidad plena, tan vasta e inagotable como las aguas del Rí­o de la Plata. Cada vez que suben o bajan pasajeros se cuelan a través de la puerta los olores del café y de los perfumes caros que, esquivando cabezas y cuerpos, van directo a su nariz y de ésta suben a su cerebro y allí se produce una sensación de bienestar y felicidad que recorre todo su cuerpo y que ella desea que sea para siempre.  

                                                                 Fin. 


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