Brynlaith y el camino de piedra - parte 2

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IV 

Brynlaith desconocí­a su edad. Aún era joven, no obstante, pensaba estar apto para aventurarse en un viaje sin retorno, pero ¿hacia dónde?, si todo era una misma cosa, donde se tenía la sensación de caminar sin salir del lugar. Ya hacía ocho días que andaba embreñado en las entrañas nubladas del bosque muerto, nunca se había aventurado tan lejos de Sinkór como esta vez. Por suerte no había vuelto a llover, aunque el suelo continuaba húmedo. En un descuido, tan frecuente debido a la perenne niebla, resbaló por una pendiente, yendo a caer en una hondonada no muy profunda, una especie de surco que se extendía hacia los lados perdiéndose a pocos metros en la dilatada niebla. Tuvo cierta dificultad en subir al otro extremo, por causa de la tierra resbaladiza, hasta que encontró una raíz saliente de la cual pudo asirse y llegar a la superficie. Ya del otro lado y más allá del ramaje seco y quebradizo, el suelo le resultó extrañamente liso, uniforme y extrañamente duro. Había descubierto un antiguo camino de piedra. 

Como una luz en medio de una noche oscura, aquel camino de piedra conmocionó su corazón, y vio en él una salida a su deseo siempre presente de alejarse de Sinkór. Se preguntó cuál rumbo debería tomar, porque en aquel momento sintió, sin ninguna sombra de dudas, el llamado del destino. De repente oyó en su mente la misma voz del sueño que tuviera la última noche que durmió en su cueva: "Brynlaith, Brynlaith". Ante la incertidumbre de las dos opciones que le proponía el camino, optó por quedarse algunos días por allí, de donde se aventuraría alternadamente hacia ambos lados hasta que encontrara algo que le indicase el rumbo cierto. Entretanto podía volver a Sinkór, pero eso no era más una opción, era el fracaso, la derrota, por eso descartó tal idea. Lo primero a hacer era juntar leña para el fuego y bastante ramaje para hacer un vallado que lo protegiera de las bestias, lo único realmente peligroso en aquel mundo casi sin luz. En esos ochos días aún no había visto a ninguna bestia de gran porte que le significara algún peligro, pero las había estado oyendo merodear y gruñir a lo lejos. Después de haber juntado leña suficiente para que el fuego le durara toda la noche, Brynlaith se dedicó a recoger ramajes para hacer el vallado. Cuando volvió del tercer viaje junto con un nuevo atado de ramas, traía consigo una alimaña que cazó en su guarida dentro de un árbol hueco, la comida de ese día estaba asegurada. Por la noche tuvo el sueño liviano, sueño de cazador, oía a las alimañas a poca distancia, morder furiosas la corteza seca de los arbustos y los árboles muertos y corretear nerviosas entre chirridos agudos; más distante, los aullidos y los gruñidos de las bestias, por eso dormía agarrado a su espada, como siempre lo hacía en sus salidas de cacería. 

VI 

 


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