Brynlaith y el camino de piedra - parte 3

Por
Enviado el , clasificado en Cuentos
30 visitas

Marcar como relato favorito
Recomendación:
Libros de narrativa y ficción - Consulta las novelas y libros de narrativa (novelas) más populares de Amazon

VI 

Poco antes de amanecer, ruidos de pasos lo desperaron, se paró de un salto y apagó el fuego, que no alumbraba tanto ya, pero lo suficiente para delatar su presencia en medio de tanta oscuridad. Quien quiera que fuese ahora estaba en pie de igualdad con respecto a la oscuridad, ninguno podía ver al otro. En seguida se agachó y se acercó tan silencioso como una sombra hasta quedar junto al vallado, en la dirección de donde escuchara los pasos. No era bestia, podía olerlo, era olor a humano. Brynlaith pensó que podría ser un sinkoriano que lo había seguido, pero en seguida descartó tal hipótesis, ningún sinkoriano era lo suficientemente astuto como para seguirlo durante ocho días sin que él se diera cuenta, ni tan valiente para seguirlo sin compañía. Solo podía esperar la claridad del día para aclarar sus dudas, a no ser que las cosas se complicaran caso el extraño tomara otra actitud que la de mantenerse quieto.­ Los minutos transcurrirían, como no podía ser de otra manera, muy lentamente. Brynlaith retrocedió un poco, porque no quería estar muy próximo al vallado cuando la difusa luz gris de la mañana lo dejara frente a frente con el desconocido. Enfocó su mente en el punto exacto donde estaba parado el extraño y se vació de cualquier pensamiento, únicamente se concentró en oír la respiración del extraño, tranquila y pausada, que denunciaba su inmóvil presencia, lo que ya era mucha información para un buen cazador. Comenzaba a clarear cuando la forma oscura e inmóvil del extraño empezó a destacarse entre el gris de tonos medio inciertos que venían a dibujar las formas del nuevo día. Brynlaith se puso de pie y calculó que se encontraba a cuatro metros de distancia del extraño, lo que equivalí­a a dar tres largas zancadas y saltar, espada en alto entre ambas manos para, finalmente, asestar el golpe certero en el medio de la cabeza del oponente, o a uno de los lados del cuello. Ya abatiera bestias impredecibles muchas veces de esa manera y ésa era una de muchas otras tácticas de ataque y defensa en la que era diestro. En Sinkór los demás habitantes tenían una forma rudimentaria de lucha basada en lanzamientos de piedras, palazos y unos pocos golpes de espada, él, en cambio, ejercitaba su cuerpo por las noches y ensayaba luchas en solitario contra los troncos de árboles transformados en su mente en bestias imaginarias para luego, en la práctica, perfeccionar los golpes contra bestias de verdad. Pero en realidad, nunca habí­a enfrentado a otro hombre, aunque el mundo estaba lleno de primeras veces para todo, todo el tiempo y, principalmente, en el momento menos esperado. En verdad, ambos hombres esperaban la claridad del día para dar el siguiente paso; inmóviles y en silencio, cada uno parecía estar estudiando al otro, por lo menos era eso lo que Brynlaith hacía. Cuando la escasa claridad fue suficiente como para verse mutuamente, Brynlaith pudo comprobar que no se trataba de ningún sinkoriano, y sí de un extraño: un hombre viejo y aparentemente desarmado, pero a todas luces incapaz de hacerle frente sin sufrir una clara derrota. La inercia compartida finalmente fue rota por Brynlaith que dio un paso al frente y sin bajar la guardia, habló:

   ¿Qué buscas, extraño? En su voz no había ni temor ni desafío. 

   Vengo en paz, hermano, respondió el extraño, levantando un brazo en forma de saludo. Su hablar era suave y sereno. 

   Soy Brynlaith de Sinkór, dijo el joven cazador, metiendo su espada en la vaina sobre su espalda. 

   Y yo soy Visitante, dijo el extraño, con gestos amigables. Luego agregó:

   Y soy de Goldia, la tierra del sol y la luna, la tierra de la luz y los colores. Al oír el nombre del lugar y las palabras sol, luna, luz y colores, el corazón de Brynlaith se aceleró, y con animosidad invitó al extraño a compartir el fuego y un bocado de carne de alimaña asada. 

   Entonces bienvenido seas, Visitante, dijo y en seguida entre ambos abrieron una brecha en el vallado y se estrecharon las manos. Brynlaith ahora ya tenía una confirmación de primera mano de que existía otra gente más allá de Sinkór, y, sin dudas, el hombre le señalaría la dirección correcta a tomar. 

   Viajante nunca antes había respondido a tantas preguntas en tan poco espacio de tiempo, a media hora del primer cruce de palabras, Brynlaith parecía haber guardado solo para él todas las preguntas del mundo. Sabiendo que le esperaba volver a responder todo de nuevo, Visitante hablaba con parsimonia, sin ahondar demasiado en detalles. Más tarde, y como lo pensó, el joven, menos eufórico, escuchó con suma atención nuevamente su relato y encontró en ellos casi toda la información que necesitaba para enfrentar su destino. La voz de Visitante dibujaba, o más bien grababa, en su mente las imágenes de ese diferente y fascinante mundo nuevo:

   Goldia es la tierra del sol que brilla como el oro y la luna; blanca como la nieve de las altas cumbres; la tierra de los mil colores donde puede verse la naturaleza exuberante y generosa; donde el agua es cristalina y dulce. Goldia es la tierra de donde los hombres extraen todos los frutos que necesitan para sobrevivir sin necesidad de matarse entre sí por ello. De los verdes bosques se obtiene la madera para las viviendas, para los muebles y para muchas otras cosas más. En Goldia la caza es abundante y nadie se va a dormir con la barriga vacía. Visitante hizo una pausa para dar fin al pedazo de carne que sostenía en las manos, tras lo cual prosiguió: 

   Hace mucho tiempo, cuando hacía ya varios años que la gran niebla, esta misma que vemos aquí, ya se había disipado por completo, disolviéndose en el aire, muchos hermanos salimos, en grupos de a tres y de a cuatro, en varias direcciones para llevar la buena nueva a los lugares más recónditos de la tierra, donde aún los hombres no se habían enterado del gran milagro. De mi grupo sólo he quedado yo para continuar llevando la buena nueva a donde mis pies me lleven. Mis otros dos hermanos han dejado su vida en el largo camino; con lo que solo he quedado yo para terminar de cumplir mi destino de llevar mi mensaje hasta donde la última tierra encuentre las aguas interminables del mar, y llegando allí seguiré por la orilla buscando nuevos caminos para proseguir con la misión que me ha sido incumbida. 

VII


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Diseño web para pequeños negocios, rápido y barato Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed