Brynlaith y el camino de piedra - parte 5

Por
Enviado el , clasificado en Cuentos
74 visitas

Marcar como relato favorito
Recomendación:
EntrenaEn.casa - Videos para hacer ejercicio en casa. Entrenamiento funcional, fitness, yoga, pilates... ejercicios para hacer con niños y adultos mayores.

XI 

El almuerzo de Brynlaith no pudo ser mejor; desconocí­a otra carne mejor que la de bestia, aunque a decir verdad no abundaba por aquellas tierras mucha variedad de animales como para comparar. Mientras comía con deleite su imaginación lo llevó a los lugares que Visitante tan bien había descrito, preciosamente adjetivados y repleto de superlativos y a muchas otras cosas de Goldia. Se veía escalando monumentales montañas, tan altísimas que casi tocaban el cielo; caminar por ondulantes praderas, tan verdísimas como esmeraldas; nadar en zigzagueantes ríos de aguas tan cristalinas que se podía ver el lecho pedregoso con asombrosa nitidez desde la orilla, mientras cortaban la tierra asemejándose a serpientes doradas bajo el sol, tan reluciente como el oro pulido; caminar en majestuosos jardines con miles de flores de todos los tamaños y formas, que mareaban la vista y la mente con sus variadísimos matices y perfumes; deleitándose con animales que sabían mejor incluso que la sabrosa carne de bestia; jugando con otros que eran domesticados para alegrar a los hombres con su compañía; distrayéndose viendo los animales que pastaban, que nadaban y que también volaban; cabalgando montado en las hermosísimas bestias llamadas caballos con los que se podía cubrir grandes distancias. Veíase integrado a aquella tierra de hombres pacíficos, aunque valientes, laboriosos y de cordialísimo trato y formando una familia con una hermosa goldiana que, según Visitante, eran las más bellas de todas las mujeres del mundo; con sus cabellos dorados y ondulantes como el trigal acariciado por las suaves brisas que bajaban de las montañas; la piel suave como el plumaje de los pichones de las aves y blanca como la nieve y los ojos del color del cielo en primavera. Todo eso y mucho más le había contado Viajante, con su voz suave y hablar sereno, pareciendo que cualquier cosa que dijera, por más insignificante que fuera, hiciera parte de un bello poema. 

   Después de saciarse Brynlaith juntó sus cosas, dos grandes pedazos de carne asada, la piel de la bestia, que curaría con cenizas en la próxima parada, los dos grandes colmillos y las garras más grandes y afiladas y emprendió su marcha, lleno de sueños e ilusiones. 

XII 

Desde que abandonara Sinkór hasta esa tarde gris, que iba difuminándose, imperceptible y lenta a camino de transformarse en noche oscura, llena de ruidos e inquietud, habían pasado muchos dí­as y muchas noches. Hasta ese momento no se había encontrado en ninguna situación de peligro, con excepción de la noche anterior y el encuentro con la bestia, pero ésto no era motivo para estar menos alerta. 

   Nunca debo olvidarme de esto, se recordó. El peligro pocas veces anuncia su llegada con antecedencia y el joven cazador lo sabía perfectamente. Por ese motivo continuaba su marcha y nada de lo que sucedía a su alrededor escapaba a su percepción. Los días siguientes transcurrieron sin novedades, pero una tarde, poco antes de anochecer y cuando buscaba un lugar apropiado donde pasar la noche se deparó con dos muros de piedra a las márgenes del camino, se trataba de un puente. Siguió hasta el final y retornó al medio del puente, dejó sus cosas amontonadas contra uno de los muros y se asomó al vacío, donde pudo oír el rumor de las aguas que corrían debajo de la niebla. Por la mañana iría por un poco de agua, en ese momento lo importante era juntar leña para hacer un fuego y ramaje para cerrar los lados entre los muros. 

XIII 

   Esa noche, mientras dormía, en sueños vino a visitarlo una hermosa joven; tení­a el cabello, la piel y los ojos tal cual lo narrado por Visitante. Brynlaith comprobó que no le habí­a mentido; ella estaba al final del camino y lo llamaba con una voz dulce: "Brynlaith, Brynlaith". Por la mañana, al pensar en la joven del sueño, Brynlaith no pudo evitar que llegaran a su mente las mujeres de Sinkór; vinieron oliendo a cebo y a orina; con la piel oscura de mugre pegajosa; rascándose todo el tiempo los cabellos enmarañados y grasosos, como siempre luchando con los piojos que ya parecían ser parte de ellas; con sus rostros ceñudos y graves, porque nunca reían, ni de sus desgracias y con los ojos de miradas ausentes. Algunas le hablaban pero el no oía sus voces, solo notaba la carencia de dientes o los pocos que les quedaban, tan oscuros como su piel. De repente sacudió la cabeza para espantar aquellas sombras del pasado, no valía la pena pensar en ellas cuando en su mente, y por qué no, en su corazón, la hermosa joven sin nombre de cabellos dorados, piel de nieve y ojos de cielo primaveral, había llegado para quedarse y hacerle conocer el amor.

   Por la mañana Brynlaith estaqueó la piel de la bestia al costado del camino, para curarla con cenizas. Hasta que estuviera más o menos lista demorarí­a unos días, así­ que recogió el morral y salió a cazar siguiendo el camino y de paso reconocer de antemano el terreno por el que recomenzaría la marcha dentro de algunos dí­as. 

XIV


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Diseño web para pequeños negocios, rápido y barato Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed