Brynlaith y el camino de piedra - parte final

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XIV

Unas horas y algunas alimañas más tarde, retornaba al campamento cuando oyó claramente ramas siendo quebradas a su izquierda, no muy lejos del camino. Brynlaith se detuvo al instante y depositó lo que traía en el suelo y llevó una mano a la espada. Brynlaith se puso en guardia y comenzó a girar muy lentamente, de manera que su campo de visión fuera de 360 grados, en un radio de tres o cuatro metros; cabía la posibilidad de que fuera una bestia, pero también una trampa (ser distraído por un flanco y sorprendido por la retaguardia en caso que se tratara de hombres). La niebla, omnipresente a su alrededor y en ausencia de viento, se mantenía estática; ésto era crucial por su doble función, ya que si ocultaba la posición del enemigo también denunciaba su ataque. Las ramas seguí­an crujiendo a un costado, pero de pronto el ruido se detuvo y con él todos los sonidos del mundo, como si todos los animales que merodeaban por los alrededores ante la amenaza de un peligro huyeran a esconderse lejos o cesaran sus actividades en el mismo lugar donde estaban. Brynlaith, la vista fija en la dirección donde se detuvo el ruido y los oídos atentos alrededor, presintió la inminencia del ataque. Entonces, bien delante de sus ojos, la niebla comenzó a moverse lentamente hacia él; Brynlaith dio un paso a la izquierda y esperó el embate. Como un fantasma, de la niebla emergió un hombre con los ojos de fuego embistiendo a toda carrera contra él, vestía de negro y empuñaba una espada en una mano y una daga en la otra. Brynlaith, como lo había hecho una vez con una bestia rabiosa, cuando el endemoniado desconocido lo tuvo al alcance del golpe de su espada, abrió las piernas y se dejó caer. El veloz movimiento no impidió que el desconocido reconociera la maniobra, por lo que saltó sobre Brynlaih. Pero él también era veloz de reflejos y al percibir que ya no podría cercenarle las piernas, como a la bestia rabiosa, cambió la trayectoria del golpe, elevando la hoja que se hundió en el vientre del atacante. El desconocido cayó detrás suyo gimiendo e intentando en vano taparse torpemente la herida por la que escapaban las tripas ensangrentadas. Brynlaith se levantó tan rápido como se había dejado caer y esperó otro posible atacante, pero nadie apareció. Brynlaith acercó al desconocido, que inútilmente trataba de hablar sin conseguirlo. Brynlaith recogió la espada y la daga y se lo quedó mirando en silencio. Nunca había matado ni visto la vida abandonarlo en los ojos de ningún hombre. Ésto debió asombrarlo, sin dudas, porque lo siguió mirando hasta mucho después que la vida se le hubo escapado del cuerpo. Pasada la conmoción arrastró el cadáver hacia los matorrales, para que se lo comieran las alimañas o las bestias carroñeras, luego recogió la caza y regresó al puente. Siempre hay una primera vez para todo, repitió en su mente lo ya pensado alguna otra vez. 

XV 

Cuando Brynlaith volvió a pasar cerca del lugar donde había dejado el cuerpo del atacante, poco después de reanudar la marcha, unos días después, no sintió ningún olor nauseabundo como esperaba: los animales ya habían cobrado su parte, pensó. Muchos días y noches después el camino de piedra lo llevó a las puertas de una antigua ciudad en ruinas, donde encontró gente viviendo allí. Gente de un tiempo sepultado en la memoria. Eran los remanentes de un pueblo que habí­a conocido el esplendor y la gloria, pero que ahora deambulaban entre las ruinas como sombras fantasmales, recordando un tiempo ido y perdido para siempre. Dijeron llamarse los últimos goldianos. Brynlaith, que nunca llegó a creer que Goldia fuera lo que ahora veían sus ojos, ni una fantasía de Visitante, no se desilusionó ni un poco; es más, agradeció a aquel viejo loco que había inventado para sí un tiempo y una tierra mejores, quizás para no vivir sin ilusiones en ese mundo nebuloso y sin esperanza, porque al inventar aquella tierra de prodigios también a él le había brindado, sin querer, la posibilidad un lindo sueño que perseguir dentro de la pasadilla en que vivía. Esa noche Brynlaith, durmiendo entre las ruinas, volvió a soñar con la hermosa joven de cabellos dorados, piel de nieve y ojos de cielo en primavera. Ella estaba parada en el camino de piedra, más allá de Goldia; agitaba sus brazos con alegría y lo llamaba por su nombre: "Brynlaith, Brynlaith". Y su voz era la más dulce canción que jamás escuchara, una voz que le hizo mover sus pies hacia adelante, alejándolo más y más de los días tristes, de la opacidad de su vida vacía, de ese mundo nebuloso del cual ya conocía todas las tonalidades posibles de gris. 

                                                                Fin. 


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