El niño-Rolando

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A todo momento la señora miraba la hora con insistente ansiedad, la urgía tomar el avión y llegar al sosiego de su departamento. A su lado reposaban dos grandes valijas, de las cuales una destinada a los regalos para su gran descendencia, dos hijos, dos nueras y cinco nietos, todos varones. A través de los cristales dela sala VIP vio, cerca de las boleterías un matrimonio con su pequeño hijito sentado al lado de la madre, y su rostro le recordó el de su tercer hijo, ya lejano y perdido para siempre hacía más de veinte años atrás cuando una gripe mal curada se lo arrebató de sus manos. La señora abandonó la sala con las dos valijas rodando a su lado y se sentó en el asiento más cercano al niño que encontró disponible. Y sí, el parecido era abrumador. Le dieron ganas de acercarse a él y abrazarlo como lo había hecho tantas veces con su añorado hijito. "Rolando, hijito mío", murmuró, tan inaudible que solo ella pudo oírse. A partir de allí, olvidó la hora, su pensamiento transcurría parado en el ayer, aunque de vez los movimientos de cabezas de los padres del niño hacia ella la traían de vuelta al ahora; cuando esto ocurría ella desviaba la cabeza y miraba para otro lugar, hasta percibir cuando ya no la miraban donde volvía a mirar al niño, o mejor dicho a Rolando. Una voz metalizada de mujer anunció por los altavoces la partida del próximo vuelo y casualmente el hombre que estaba sentado al lado del niño se levantó, encaminándose rápidamente a la puerta indicada por la voz anónima. La señora, las valijas a la rastra, se apresuró a sentarse al lado del niño-Rolando. En ese momento el niño se quejaba de lo aburrido que estaba. La señora se apresuró a abrir la valija con los regalos, dispuesta a sacrificar uno de los juguetes destinados a sus nietos. Revolvía con manos ansiosas porque no quería desperdiciar esa oportunidad de aproximación. "Listo", pensó, cuando encontró el avión destinado a su nieto Javier, pero cuando se dio vuelta el desconcierto la hizo estremecerse, porque el niño sostenía en una de sus manos un avión. 

   Ahora, quedate tranquilo, le dijo la madre. La señora volvió a guardar el juguete, mientras por dentro se amonestaba por haberse demorado en su búsqueda fortuita. A los pocos minutos el niño volvió a quejarse y le dijo a la madre que ya no quería el avión. La señora presenció la escena de reojo y pensó que esta vez la oportunidad de congraciarse con el niño no se le escaparía. Así que volvió a abrir el cierre de la valija y hundió sus manos apresuradas, y tanteando a ciegas palpó el dinosaurio de goma para el nieto Emanuel, pero el destino caprichosamente le jugó en contra una vez más, porque al darse vuelta el niño ya jugaba con uno parecido. Guardó el dinosaurio, cerró la valija, sacó un pañuelo de mano de la cartera y se secó el sudor que le arrastraba pesadamente el espeso maquillaje del rostro hacia el cuello. En minutos el niño empezó de nuevo con las quejas y esta vez la señora se apresuró con más diligencia que las veces anteriores, pero cuando extrajo el robot destinado al nieto Gustavito escuchó una voz metálica que repetía con insistencia: "Muerte a los humanos, muerte a los humanos". Se dio vuelta rápidamente y vio que la frase repetida salía del robot que el niño sostenía en las manos. Esta vez, después de guardar el robot, la señora se roció el cuello con colonia refrescante y suspiró profundamente, un poco porque sentía falta de aire y otro poco por el fastidio que le causó esa nueva decepción. Y como las otras veces el niño volvió a cansarse de ese juguete y volvió a quejarse del aburrimiento; y como las otras veces también la señora volvió a abrir la valija y a hundir las manos entre el revoltijo hecho con tantas búsquedas, sacadas y vueltas a guardar, hasta que sus dedos rozaron la suavidad del oso panda destinado al nieto Pedrito y le clavó los dedos huesudos cual garras de felino hambriento, pero desgraciadamente, como en la otras veces, al darse vuelta comprobó que los padres ya le habían dado a su hijo para que jugara ¡un oso panda! Decepcionada una vez más la señora guardó el juguete, cerró la valija, volvió a sacar el pañuelo de la cartera y se secó las lágrimas. Ya bastante irritada, se olvidó del entrañable Rolandito y se puso de pie, se desarrugó la ropa y ya se disponía a volver a la sala VIP cuando volvió a oír al niño quejarse y decidió apostar la última ficha que le quedaba, la ametralladora del nieto Felipito. Esta vez la señora fue más diligente que las otras veces y con una increíble rapidez abrió la valija y sus manos fueron directamente a la ametralladora, entonces se dio vuelta y, para su felicidad, vio que al niño todavía no le habían dado ningún juguete para su distracción, ambos padres todavía estaban revolviendo valijas y bolsones. 

   Toma es para ti, le dijo la señora con la dulzura de una tierna abuelita, pero el niño, mirando a los padres que habían suspendido la búsqueda y ahora observaban para ambos, dijo: 

   Esa no, quiero aquella. Su mano derecha señaló una tienda de juguetes a unos diez metros de ellos, donde en la vidriera se exponía a la venta una ametralladora exactamente igual. 

 

                                                              Fin. 


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