Desconfianza

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Cruzaron la frontera de madrugada, huyendo de su patria como ladrones, o peor como traidores. Con desconcierto descubrieron que del otro lado de la línea fronteriza el paisaje era el mismo. Pero ¿qué esperaban? ¿Acaso ya se habían olvidado las lecciones de geografía? Para ver alguna diferencia sustancial en el paisaje deberían avanzar bastante todavía, pero después de las primeras impresiones la huida volvió a ocupar sus pensamientos. El tiempo transcurrido entre la huida, la llegada al aeropuerto, el viaje en avión y la llegada a destino fue como un sueño y después, como despertar dentro de otra vida. Seguían siendo los mismos, pero al mismo tiempo eran otros, otros que se reconocían raros. Pero finalmente la nueva libertad hizo que se olvidaran de los viejos temores ante la ostensiva vigilancia provocada por el gobierno opresivo: el vecino fisgón, el patrón patriota por conveniencia, los compañeros de trabajo alcahuetes, la desconfianza y el miedo de una frenada brusca en la calle, por una llamada telefónica de madrugada, de los golpes a cualquier hora del día en la puerta de calle o de un simple automóvil con alguien dentro estacionado cerca de la casa.  

   Esa mañana de primavera, la primera primavera en el nuevo país, ella abrió la ventanas de par en par, para que la casa fuera traspasada por el dulce aire de la libertad, pero una mosca que se instaló en un rincón de la sala le hizo lo cambió todo, justo una mosca, con tanto asco que le tenía a esos insectos. Rápidamente cerró puertas y ventanas y empezó a cazarla. Cuando los niños llegaron del colegio y el marido, poco después para el almuerzo, la encontraron bañada en sudor; los muebles estaban fuera de lugar y hasta había varios objetos hechos pedazos por el piso. Ella se quejó de la mosca, y al ser indagada por el marido sobre los aerosoles mata insectos ella le señaló los envases vacíos en el piso. De manera que la familia entera se empeñó en dar caza a la mosca. Les demandó toda la tarde (el marido tuvo que llamar al trabajo inventando una indisposición) y una parte de la noche, pero, por fin, cerca de las nueve el marido consiguió acertarle el escobazo fatal. El hijo más pequeño se apresuró a recogerla, pero inmediatamente la dejó caer al piso. Los padres, al verle la cara espasmódica, se acercaron con cautela a la mosca, la juntaron con la pala de la basura y al verla de cerca descubrieron que estaba hecha de metal; entonces el viejo temor volvió a invadirlos con la diferencia que ahora la desconfianza se dividía en dos. 

                                                             Fin. 


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