Don Esteban y el extraño relacionamiento entre David y Jonatán

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Estaba don Esteban, el sabio sentado en la plaza, frente a la iglesia, tomando fresco cuando a la salida de la misa se le acercaron unos amigos y se pusieron a conversar sobre el sermón ofrecido por el cura. Uno de ellos le preguntó al viejo: 

   ¿Qué tendría Jonatán de tan especial para ser mejor que las mujeres y para que David estuviera tan afligido tras su muerte? Y  claro, don Esteban, ni lerdo ni perezozo, aprovechó la oportunidad para empezar a bolacear, como siempre: 

   Bueno, la historia de David y Jonatán es narrada por primera vez en los Libros de Samuel, del Antiguo Testamento, allá por el año mil y alguna cosa a. C., años más, años menos; y según todo indica parece que el fulanito Jonatán le fue muy estimado a David, tanto que su muerte lo angustió muchísimo, al punto de llorarlo bastante. Según Samuel, lo amaba, le era muy agradable,  porque parece que el amor y cariño del muchacho le prodigaba fue más maravilloso y profundo, y más grato y más precioso, y más dulce y mayor que el amor de las mujeres. Suena raro, pero según la Biblia fue así, pero lo que las Escrituras no aclaran es que fue así por los encantos del mozalbete, cosa que a David, como se dice ahora, le hizo el bocho. 

  David, era el hijo más pequeño de Isaí, un solvente ganadero de Belén, y parece que era todo un galán, según don Samuel, lo que hace suponer que rompía corazones por donde pasaba, y sin distinción de sexo. En aquel entonces Israel era gobernado por Saúl, que fue el primer rey; un día él ofreció una gran fiesta a la cual acudió David, que todavía ni soñaba en tornarse rey y andaba al divino botón, pero como era un hábil tocador de arpa, además de excelente fabricante de hondas, y le gustara la vida cortesana no solo animó el festín sino que se quedó rondando por allí mismo. Su decisión le vino como anillo al dedo al rey Saúl, por causa del arpa claro, porque hasta el momento nadie sabía sobre sus dotes en el arte de la guerra. 

Bien, el rey Saúl tenía un hijo, el tal Jonatán de la historia, que también estaba encantado con la maestría con que David tocaba las cuerdas, y hasta ahí todo iba de mil maravillas. 

   En esa misma época la guerra de los judíos contra los filisteos aún estaba en marcha, pero resulta que entre las huestes filisteas había un gran guerrero, bien grandote, llamado Goliat que se la daba de campeón de algún tipo de lucha. Y resulta que un día Goliat lanzó un desafío: un mano a mano con cualquier israelita. Y David, quizás vislumbrando una oportunidad de ascender en la corte, aceptó el desafío en el acto. Allí mismo Goliat se le fue al humo, pero el muy astuto de David tenía un as entre la manga, la verdad era una honda y una piedra que llevaba escondidas debajo de la túnica; y no bien tuvo al grandote fanfarrón a tiro de honda, sacó la susodicha y la piedra y le dio un hondazo en la frente. A Goliat se le nubló la vista en el acto, bamboleó unos instantes y finalmente cayó por tierra, levantando una nube de polvo. Entonces David, con la misma espada que Goliat tenía en una mano, le cercenó la cabeza. Al saber de tamaña hazaña el rey Saúl lo puso al mando de su ejército. De allí en más David se volvió la sensación del momento; se decía que si el rey mataba a mil enemigos, David mataba diez mil, y así con todo. Y claro, todas las mujeres judías le pusieron el ojo encima al héroe y parece que esa parte al rey no le cuadró mucho; que matara diez mil hombres todo bien, pero que le bajara el copete a todas las mujeres del reino, ahí ya era otro cantar de gallo. David, acosado por el rey celoso, prudentemente creyó que la corte y la vida de héroe ya no tenían tanta gracia, así que una noche se le dio por huir, pero justo cuando estaba listo se le apareció Jonatán, confesándole el metejón que tenía con él. Entonces sucedió lo que tenía que suceder y así David se vengó del rey manducándose al propio hijo. Después hubieron algunas confusiones: el rey se enteró, David se hizo el boludo y Jonatán no le dio pelota al padre. Y los muchachos siguieron con su romance, más o menos oculto, hasta que en una batalla el rey Saúl muere junto con su hijo. ¡Para qué!, David quedó tan arrasado que lo único que hizo por un largo tiempo fue derramar en sus cantares su tristeza de amor, acompañándose con su arpa. Pero el tiempo fue pasando y las heridas cicatrizando y un buen día, dos años después, David se convirtió en el gran rey, elegido por Dios para gobernar Israel. Ahora si le agarró el gustito o no a transitar por los caminos barrientos masculinos ahí ya nada se sabe, porque Samuel no dejó nada escrito al respecto. 

   No bien don Esteban terminó su relato dijo que estaba con sueño, con lo que se despidió de los amigos y rumbeó hacia su rancho. 

                                                                 Fin.


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