Esclavitud organizada

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El despertador le avisó que eran las seis de la mañana. Se levantó y fue directamente al baño. Orinó, se cepilló los dientes y fue a la cocina, donde puso agua a calentar. Volvió a la pieza, se vistió y de vuelta en la cocina, tomó un té con unas rodajas de tostadas con manteca. Después de lavar la taza, la cucharita y el cuchillo de untar y guardar la mantequera en la heladera fue hasta la sala de estar, agarró el portafolio sobre el sofá y salió de casa. Bajó los tres pisos por la escalera y ya en la vereda se dirigió a la parada de colectivo, con una rápida parada en el kiosko de revistas para comprar el diario. En el trayecto leyó las noticias sin mucho detenimiento, levantando de vez en cuando la vista para ver por donde iba. Bajó en el centro, caminó dos cuadras y entró en el edificio donde trabajaba. Subió por la escalera hasta el segundo piso, ya en el pasillo dio unos veinte pasos y entró en la oficina. Saludó a la secretaria, a sus compañeros, al jefe, porque en ese momento pasó por él, y se dirigió a su escritorio. Allí se zambulló de cabeza en su trabajo sin moverse de la silla hasta el mediodía, cuando bajó a la calle con el diario en la mano. Caminó hasta la hamburguesería, a treinta metros del edificio, almorzó dos panchos que empujó con una botellita de agua mineral en el mismo local; después cruzó la calle y continuó leyendo el diario sentado en un banco de la plaza. A la una y media volvió a la oficina y se hundió en su trabajo. A las seis guardó unas planillas en el portafolio, se despidió de los compañeros, saludó a la secretaria y bajó con pasos rápidos por la escalera y se dirigió corriendo a la parada del colectivo, del otro lado de la avenida. En el trayecto de vuelta se distrajo leyendo el diario de pie, cuando bajó ya estaba oscuro. Cruzó la calle, saludó al kioskero, entró en la panadería, compró medio kilo de pan y siguió camino a su casa, encaró las escalera con dignidad y cuando llegó al tercer piso bufaba de cansancio. Después de cerrar la puerta dejó el portafolio en el sofá, el pan en la cocina y fue a desvestirse a la pieza. Al rato salió en calzoncillos y se dirigió a la cocina, puso agua a calentar y luego se metió al baño. Cuando volvió a la cocina preparó un té, se hizo un par de sanguches de mortadela y allí mismo consumió la cena. Ya en la pieza encendió el televisor y sintonizó un canal deportivo. Cuarenta minutos más tarde lo apagó, puso el despertador para las seis y se dispuso a dormir, poniendo fin así a un día más de esclavitud organizada. 

                                                                Fin.


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