Los pechos de la peluquera.

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La mejor forma para evitar un golpe: no estar allí.
Sr. Miyagi.

Cuando tengo el anhelo de cortarme el cabello, me entran prisas por acabar cuanto antes, dándome cuenta con cierto pavor de la escasa paciencia que tengo para todo. No me apetece esperar a que me atiendan, y salto de peluquería en peluquería como en el juego de la oca se salta de oca en oca. Yo creo que es la edad.

Así, me encontraba uno de estos días asomándome a las peluquerías de mi barrio, saliéndome tal como observaba a la muchachada esperando embobados con sus móviles. Apreciaba eso sí cómo la chavalería no acudía con grandes melenas; iban a peinarse, más que a pelarse. Qué envidia de matas de pelo.

De esta manera, con tanta celeridad y tan escasa paciencia, acabé en una peluquería china en la que me había fijado pero a la que nunca había ido. Siempre la había colocado como última opción. No había clientes en ese momento, y mi desesperación ya era mayúscula. ¿Pelalse?, me preguntó una jovencita asiática, muy bella, por cierto. Asentí con la cabeza al tiempo que ella me invitaba a sentarme en el sillón ad hoc, cuando de entre las sombras emergió una figura menuda, atlética y de rostro impenetrable, que se ubicó de inmediato en la puerta, pero no mirando hacia la calle, sino hacia dentro. Entendí que era la pareja de mi peluquera, porque además de ser chino, salió de las profundidades del local; tal es mi poder deductivo. Ni Holmes, vaya.

¿Cómo quelel?, me inquirió la china guapetona. Pues a máquina al 3 por detrás y los laterales, y con tijeras por arriba, que me pueda peinar, le contesté tal como llevo contestando 20 años a los peluqueros. No dijo nada; cogió en un periquete una máquina de cortar cabello, ajustó los niveles y empezó a cortar por detrás con una velocidad endiablada. Mientras, yo notaba cómo el marido contemplaba la escena impasible, con un rostro pétreo y me empecé a preguntar si es que desconfiaba de los occidentales y de sus actitudes donjuanescas, ante el atractivo indudable de su mujer. Me acojoné un poco, porque su semblante reflejaba esa serenidad tan asiática que sin embargo conlleva implícita una capacidad innata para ponerse a pegar leches sin previo aviso y sin inmutarse.

Se añadió un factor erótico al asunto, sin yo pretenderlo, de verdad de las buenas. Resulta que la mujer tenía un pecho más que abudante, y en numerosas ocasiones me rozaba esa pechera contra mis hombros y cuello. Había acabado ya con la maquinilla, y ahora acometía la parte superior con tijeras, con una destreza impresionante, y con una rapidez y contundencia de movimientos que me recordaban a Bruce Lee pegando mamporrazos. Mientras realizaba esos golpes de kárate, sus pechos también me golpeaban con un ritmo agradable por su frecuencia y también agradable por la contundencia de su roce; aquello iba más allá del roce. Pensé que esa mujer debía acabar con moratones entre sus pechos.

En 5 minutos, literalmente, la versión femenina de Bruce Lee había finalizado. Trabajo impecable, ciertamente, y tras limpiarme, me espetó: Chete. ¿Chete, qué?, dije yo. Chete eulo, contestome. Ah, de acuerdo. A todo esto, el marido seguía en la puerta observando serio serio. Pagué y me marché, debiendo esquivar al partenaire que no movió un centímetro de su primitiva posición en la puerta, temiendo un mae geri de última hora por su parte.

Al salir, resoplé, aliviado por el pelado, que me devolvía el frescor de nuca y de orejas, así como por librarme de la presencia del marido inquietante, llevando a cuestas una sensación que nunca había experimentado: como si hubiera tenido un affaire con una mujer casada. Esa era mi impresión. Estaba aún excitado por el contacto de sus pechos, no lo podía evitar, y se me ocurrió pensar si eso precisamente era lo que el marido de la peluquera quería vigilar, la sobre excitación de los clientes ante la técnica tan erotizada de su mujer. Vaya usted a saber, pero yo por si acaso me he apuntado al gimnasio Cobra Kai, porque pienso volver.


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