La Proeza (I)

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...cualquier versión narrativa de una historia real era siempre una forma de ficción. Simón Schneider.

 

La Intrahistoria

Hacía tiempo que no salía de copas con amigos. Mucho tiempo. Pero el otro día se dieron las circunstancias externas e internas favorecedoras, y aguanté intempestivamente todo cuanto me iba sucediendo (alcohol y más alcohol, frío y mis sempiternas ganas de irme). Por fin, quedamos únicamente dos de todo el gran grupo inicial. Nunca habíamos sido precisamente nosotros dos los últimos en marcharnos, más bien al contrario, con lo cual, nos mirábamos extrañados, girando la cabeza para cerciorarnos de que se habían ido todos, hasta los más crápulas; ahí estábamos los dos, algo cargados de alcohol, y preguntándonos tácitamente cómo habíamos durado tanto, ya bien entrada la madrugada. ¿Qué nos retenía ahí?

No sé de dónde venía la conversación, de qué rincón remoto del pasado, de qué momento absurdo del presente o de qué visión prosaica del futuro, pero lo cierto es que estábamos hablando sobre proezas sexuales de la juventud, algo patéticamente masculino de manera &atemporal y ageneracional&. Yo nunca he contado mi secreto, y más de veinte años después, no tenía un especial interés en contarlo: no gano nada con ello (mi ego ya está en su sitio), no soy más hombre por ello (mi testosterona ya está en su sitio), y desde luego, ya no puedo repetirlo (ya nadie ni nada están en su sitio). Pero el orgullo del macho es inabarcable, narciso y omnipotente, y empecé a plantearme si narrarlo o no, confesar algo que siempre he considerado histórico en mi biografía en una doble vertiente: el haberlo realizado y el no haberlo contado nunca.

Mi amigo fue el primero en animarse, y me contó algo parecido a un menage a trois, salvo que en vez de trois, eran quatre, tres chicas y un chico, él mismo sin ir más lejos. La primera reacción de un hombre cuando otro hombre le cuenta supuestas proezas sexuales es la de no creerse nada (¿con esa cara?); por principios y por envidia, efectivamente no me la creí al inicio, lo que ocurre es que me hice los mismos planteamientos que anteriormente me realicé: qué gana él contando, a estas alturas de la vida, semejante historia. Y encima, me cuenta que por culpa de alguna de las muchachas, acabó contrayendo una ETS que le tuvo en el dique seco un tiempo. Eso aportó credibilidad al relato, la verdad. Cuando terminó su proeza, me miró algo pedo y me instó a que contara alguna gesta, con esa frase lapidaria que me acompaña de manera perenne en esta vida: ¿Y tú qué, que nunca cuentas nada?

La Confesión
Resoplé algo taciturno, aún dudando de si confiarle mi historia, bebí un trago largo al gintonic recién pedido, y me sorprendí a mí mismo recordando en voz alta un día histórico de verano, cuando el que escribe tenía veinticuatro años, y vivía tiempos de plenitud y soltería, gozando además de contar con amistades femeninas que me permitían el acceso carnal de mutuo acuerdo sin mayor compromiso. De este grupo de amistades femeninas, increíblemente amplio para lo que yo he sido y soy, había cinco jovencitas con las que me era más fácil y más agradable alcanzar un éxito coital: Carmen I, Julia, Yolanda, María y Carmen II. Siempre en este orden. El orden está grabado a fuego en mi hipocampo desde la gestación de la proeza, desde la estrategia que ideé ad hoc.

Cinco féminas que había ido conociendo gradualmente en diferentes contextos (carrera, hermana de ex amigo, ex pareja , barrio y trabajo, respectivamente); cinco féminas que había ido apreciando espiritual y físicamente y que no se conocían entre sí; cinco féminas sin parejas ni proyectos de noviazgos para conmigo o para con otros; cinco féminas bastante liberales en sus prodigiosas tendencias juveniles y suficientemente ociosas para requerir su compañía de un momento a otro.

La Idea arribó a mí a través de un debate muy pretérito, también ridículamente masculino, que habíamos tenido unos amigos al respecto de cuántos polvos eras capaz de echar en un día. Indefectiblemente hubo quien derivó el debate hacia el onanismo, cuantificando en siete su récord personal ( el mismísimo John Lennon presumía de 9), pero la cuestión se animó cuando se acotó la pregunta en el contexto del acto físico carnal con una mujer, introduciendo a Gorki en la cueva oscura, como muy bien alguien apuntaló. Nada de trabajos manuales. Unos hablaban de tres, otro de cuatro, otro de dos...Yo me callé, prudente. Dos y mucho es, recordaba en silencio. Solo pregunté si tenía que ser con la misma pareja o con parejas distintas. Me miraron extrañados y nadie contestó, todos daban por hecho que era con la misma chica. No sé por qué, ya que tan solo uno de nosotros tenía novia.

Lo interesante del debate es que el planteamiento se me quedó grabado durante semanas, pero sobre todo a raíz de mi pregunta: ¿y si fuera posible con chicas diferentes en un plazo de 24 horas? Así, en mitad de un verano, sabiendo que iba a encontrarme solo en casa, sin familiares, durante seis fantásticos días, La Idea, en forma de reto, llegó a mis dominios mentales. Y me piqué. Me piqué conmigo mismo, coño, como si fuera un examen a aprobar.

Me puse manos a la obra. ¿Cuántos accesos carnales podría yo acometer en 24 horas con chicas distintas? Todos los coitos en casa, me propuse inicialmente, pero si había que desplazarse, pues sin problema. Lo primordial era trazar un plan para que en veinticuatro horas pudiera hacer posible física y temporalmente la Idea, en cuanto a disponibilidad del tiempo de las amigas y en cuanto a disponibilidad mía. Hacer posible significaba que hiciera un cálculo a priori sobre a cuántas amigas podía llamar en ese plazo temporal (24 horas) y con cuántas mi Gorki sería funcional. Focalicé rápidamente a las cinco amigas referidas. ¿Estaban todas en la ciudad?¿Estarían todas el día señalado en la ciudad? Era agosto, coño, y podían largarse de vacaciones...Maravillosamente, todas estaban cuando inicié la estrategia en mis primeras indagaciones. El plan ya echó a rodar. Mi testosterona hizo el resto.

Mi disponibilidad. Yo trabajaba de 10 a 14 y de 17 a 20 horas. Había horas donde no iba a poder acometer embestida alguna, y eso añadía más dificultad. Estaba dispuesto a no dormir, a morir, pero nunca a sucumbir...¡Espartanos! Iba a reventar, desde luego, pero se me metió en los cojones hacerlo. Por lo menos intentarlo. Querer es poder, ¿cierto Gorki?

 


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