La Proeza (III)

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Esta era la estrategia sobre el papel, lo cual requería además contactar los días previos con ellas y estar más cariñoso de normal (ya me costaba), aunque fuera por teléfono. Y podían surgir imprevistos, claramente, pero yo creía que más o menos estaba todo lo buenamente que puede estar atado una empresa absurda como la que me traía entre manos.

Llegó el día D. Tremendos nervios. La tarde noche anterior había llamado de nuevo a todas, expresándole con dulces y masculinas palabras los deseos de vernos, una a una, momento a momento, mentira a mentira. Todo parecía ir bien, salvo Carmen II, que no me aseguraba nada. Joder, dormí intranquilo y todo. Los días anteriores practiqué una esmerada abstinencia, intenté descansar más y mejor y practiqué ejercicio. Me entró una duda de última hora al respecto de si alguna de las chicas pudiera tener la regla, pero me lo habrían dicho ya, pensaba.

Los Hechos
Carmen I llegó sin problemas a casa, a las 8.30 y sin avisar, llamando repetidamente al timbre. Tenía prisa, los ojos desorbitados y venía de caminar algo sudada. Hambrienta, se zampó las tostadas y se bebió el café como si no hubiera un mañana; mientras, mi sentido arácnido iba percibiendo que yo no estaba para nada concentrado en la labor de apareamiento (la puta ropa deportiva). Tan segura estaba ella de que yo quería fornicar, tan práctica y expeditiva como siempre, que tras pasar al cuarto de baño se fue a la habitación que ya conocía metiéndome prisa...¡Venga, que llego tarde! Gorki no estaba muy operativo, la indumentaria sport de ella no ayudaba (el sudor tampoco), así que me esforcé en animarlo, y tras unos instantes, estaba dentro de la cueva de Carmen I. No fue gran cosa, fue muy mecánico y sin sorpresas por parte de nadie. La inercia del pasado me incitaba a ponerme inmediatamente estudiar, acostumbrado como estaba a sus estudius interrruptus coitales. Dos besos y hasta la vista. Primer coito: 09: 15 horas. Sosete, con ropa deportiva de por medio, sabor a desayuno sudoroso. ¡No tengo que estudiar!

Tras salir del trabajo recojo a la hora acordada a Julia. Está contenta, casi eufórica, pues va bien con las asignaturas. Mejor. Le pregunto por su hermano, refunfuña y me llama cabrón. ¿Yo qué he hecho? Me dice que estoy más delgado y me dan ganas de contarle que en estas 24 horas voy a perder algo más de peso. Yo le iba a decir que ella no está más delgada, al revés, pero me lo pienso en aras del éxito de la tarea en ciernes. La llevo prosaicamente a un macdonalds cerca de casa, pidiendo desde el coche, y comemos en mi humilde morada como cosacos. Ni de coña me ponía a cocinar. Y Julia tiene buen saque. Ya en el café hay toqueteos, y ahí mismo, en el sofá del salón, el segundo de los cinco teóricos coitos queda confirmado. Segundo coito: 15: 40 horas. Sigue gritando. Aprobará sus asignaturas. Será una gran abogada.
(Noto algo de desánimo: ¿disforia postcoital?; el gran Galeno afirmaba que después del coito todos los animales entristecen, a excepción del gallo y la hembra humana; me empieza a preocupar).

Yolanda fue recogida en el sitio y a la hora señalada con puntualidad española, o sea, media hora tarde. Mea culpa. En esa época no había móviles y no se podía avisar. La cara que tenía cuando subió al coche era de cabreo. Menos mal que su ninfomanía galopante me salvó el trasero. Compré, que no preparé una comida repugnante thailandesa que le encantaba, con lo que el careto le fue cambiando poco a poco. Las fuerzas empezaban a flaquear, pero con la tremenda imaginación que suele tener una enferma del sexo es posible remontar bajones físicos propios del día y del trabajo, y del esfuerzo ya realizado. Tercer coito: 22:30 horas. Posturas raras. Como siempre, su cara refleja cierta insatisfacción. No te hundas por ello, Gorki, nos han dicho cosas peores.

(El cuerpo empieza a doler; Gorki empieza a quejarse; reposo del guerrero; bebo medio litro de leche, pues una fuente fiable me informó de su gran poder resucitador; pequeñas victorias se van acumulando).

Voy a por María dándome cuenta de que no estoy disfrutando del día. Que voy estresado entre horarios y dudas sobre si voy a poder finalizar con éxito (y Carmencita II me inquieta). María me sonríe en cuanto me ve, y a mí me cuesta ya devolver la sonrisa (una de las conclusiones a las que llegué es que practicar sexo afecta a la musculatura facial y a la mandíbula). Dice que le hace ilusión venir a tomar una copa a mi casa, de noche. ¡Cómo te conozco, María!¡Cómo te seduce la noche! Licor suave para ambos, relajados, notando yo que ella está más en celo que mi apagada persona humana. Ella hace el trabajo, y lo hace tan bien, que rindo, para mi sorpresa aún funciono, uno de mis grandes temores. Te quiero, Gorki. Me dejo hacer ante la envergadura de la morena. Tus deltoides contorneados me engullen al abrazarme como una mantis religiosa. ¿Esos cuádriceps alargados son prolongaciones de tus labios mayores?. ¡Qué abdominales, señorita, son como una escalinata perfecta hacia tus pechos!. Cuarto coito: 00:15 horas. De manera pasiva, saboreo la anatomía de una diosa, que me devora entre músculos contraídos.

(Preocupado por Carmen II; destrozado físicamente, me duelen todos los músculos; Gorki no me habla; no quiero más leche; ¿me voy a rendir ahora?)

 

 


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