La campana

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Por disposición del alcalde quedó terminantemente prohibido, so pena de una abultada multa, que los entierros de tumba rasa, salvo los sepelios en bóvedas, se efectúen con el estricto cumplimiento de la nueva medida: que la tierra sobre el cajón fuera de carácter simbólico, es decir mínima, hasta el día posterior cuando se efectuaría el despeje de la totalidad de la tierra y la colocación de la losa definitiva; que la tapa del féretro debería contener un pequeño orificio por donde saldría una cuerda, previamente atada a la muñeca del difunto, y por el otro extremo de la misma atada a una campana montada en un soporte sobre la tumba. 

   Con esto el alcalde pretendía evitar la inexplicable incidencia de ataques catalépticos en gran cantidad de habitantes del pueblo. El temor generalizado de que estuvieran bajo la influencia de una maldición, hizo que el alcalde tomara al toro por los cuernos y buscara una solución. Y ésta fue la campana, con la finalidad de que si el difunto no pasaba al otro mundo. a través de tal dispositivo podría alertar sobre su estado y evitarse así una muerte horrible, caso el flagelo cataléptico se ensañara con él. Muchos se preguntaron por qué simplemente no dejaban la tapa del cajón medio abierta y así se ahorraba tanta parafernalia alrededor del difunto, pero había el problemas de los bichos nocturnos y, además, la posibilidad de que el despertado de la muerte aparente sufriera algún tipo de parálisis momentánea, de manera que no pudiera destapar la tapa; ya con un simple tironcito bastaba para avisar que todavía andaba por este mundo.

    El hombre que se despedía del mundo aquel día, una semana después de la susodicha disposición, era, infelizmente, el primero a inaugurar el nuevo sistema de entierro. Este gris evento reunió a buena cantidad de pobladores, curiosos por ver cómo era la cosa, y el alcalde, rápido para los negocios, aprovechó la triste ocasión para hacer un poco de proselitismo político, porque siempre hay que mirar hacia el futuro. Después de las palabras del alcalde, orientadas a aumentar su prestigio como administrador del pueblo, y las del padre, para enaltecer el pasaje por la vida del difunto, y el postrero adiós de la parentela, amigos y allegados, el cuidador del cementerio esparció las simbólicas paladas de tierra; después unos operarios de la municipalidad dispusieron el soporte sobre la tumba y para finalizar la ceremonia el propio alcalde ató el extremo de la cuerda que salía del cajón a la campana.  

   A la mañana siguiente, bien temprano, el casero fue despertado por el repiqueteo enloquecido de una campana; se levantó de la cama de un salto, se vistió a toda prisa, salió atropellando mesas y sillas de la casa, agarró la bicicleta que estaba apoyada en el árbol del patio y tomó el rumbo del pueblo, pedaleando con todas sus fuerzas. En el camino se preguntaba, una y otra vez, quién de tanta importancia habría muerto para que la campana de la iglesia repiqueteara con tanta insistencia. 

                                                             Fin.  


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