Masacrando el Domingo.

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Domingo. Domingo desolador y sombrío, Domingo desconcertantemente tirano. Los domingos, paso a minúsculas por mi aversión, son, desde mis primeros recuerdos, lo más parecido a una noche fría, lluviosa y triste, lo más parecido al beso que nunca te dieron y por el que siempre suspiraste, lo más parecido a la ola de mar embravecido- los Demonios del Mar- que te engulle por más que quieras escapar.

¿Cómo manejar este séptimo día de la semana? ¿Cómo obviar los nubarrones? ¿Cómo no enloquecer ante lo inquietante del ritmo dominical?¿Cómo fluir entre el paso de sus horas lentas y afiladas?

Aún no lo sé, pero siempre hay que confiar en que pasará, acabará pasando, acabará muriendo el día.

Temprano, bien temprano, exploré el nuevo día  por hacer, con apenas gente en la calle. Las melodías empezaron a mandar mensajes estimulantes, y el pulso vital se aceleró, moderadamente. Los caminos aparecían ante mí, no yo ante ellos, se abrían, se hacían diáfanos y límpidos, y me marcaban el itinerario, entre la hojarasca y las brisas de mi melancólica finitud.

En poco menos de una hora estaba de vuelta, habiendo expulsado parte de mi irritabilidad, y, deseando descansar, me exilié bajo mi ventanal preferido, para concentrarme en lo instintivo, mi gran Ello. Suave mediodía, que acogías mis expectativas y mis desconsuelos,  ¿a dónde me llevabas?

El descanso del guerrero, tras las batallas por siempre inconclusas, hizo bien en mi cuerpo y en mi mente, y así, de esta manera relajada, enfoqué la tarde permitiéndome caprichos espirituosos en despreocupada compañía.

Resultados agradables me invitaron a soñar en lo que quedaba de día, noche, ya fría, ya pausada. Y la poesía de Poe, Edgar Allan, me acompañó al compás de sonidos eléctricos producidos por mi, poesía que aún no termino de comprender ni apreciar, pero que posee una musicalidad y una profundidad ingenua, misteriosa y pueril, lo que hace que, de alguna manera, me conmueva, al verme reconocido en diferentes vivencias y emociones.

Desgarrando mi voz, en mi propio ocaso espiritual y material, intento aferrarme al presente...Recito a Edgar en un Fa#, recito a Edgar alzando mi Yo...Pero no retengo nada de ti ni de mí...Mientras escribo y pienso no contemplo palabras ni pensamientos....

El frío ha podido conmigo, definitivamente, y estas dos semanas han sido salvajes, impías y e inmisericordes. Cada vez más debilitado y frágil, camino entre la nieve con un arma de fuego en mi mano derecha; en la otra tengo flores para ti. Las flores tienen espinas que hacen sangrar mi existencia cada vez que siento escalofríos; el cañón resulta gélido cuando contacta con la piel. Porque son veinticinco años oteando horizontes mientras camino por la nieve, siempre elevada por encima de mis tobillos, sintiendo los pinchazos florales y la frialdad del metal; empieza a ser un camino muy largo. Como dijo un narcisista chauvinista del mundo, de todo, empieza a hacer ya mucho tiempo.

¿Me atrevo a hablar de poesía? Yo, que ando recorriendo la ciudad buscando vastos recipientes de lo sobrante, al azar, dejándome llevar por impulsos y musas; y antes de rellenarlos de escurridizos poemas, contemplo un último verso. ¿Para qué lo hago? Intento entenderlos por última vez, intento amarlos una única vez...Hablan de muerte, vida, fe, amor...No hablan de nada, están vacíos antes de arrojarlos a nuestra escoria urbana. Es mi particular Ofrenda a la ignorado y despreciado. Pero no tengo valor para arrojar a Poe. Más bien es Poe el que me arroja a mí.

Y sabes bien que antes de arrojarlos al fuego del Olvido Eterno, anhelo ver tus ojos claros y tu regio semblante en la esquina colindante, donde te cruzas con mi destino, donde me observas eliminar poesía, donde hago desaparecer todo atisbo de esperanza para mi, de esperanza para nosostros. Sigues caminando erguida e hierática, cual belleza griega escandinavamente adulterada, cuidando mucho no regañarme, por mi conducta del todo injustificada.

Tú y solo tú has sido testigo, por cosas del azar, de mis fechorías literarias. Tú y solo tú me puedes denunciar ante un Tribunal de Funestas Letras. Si eres tú la que me lleva ante ese tribunal, no tendré defensa posible, ni eximentes que valgan, porque a ti nunca podré mentirte... Aunque no creo que me delates puesto que en el fondo sabes la causa de mi comportamiento; la causa es la ausencia de tu aliento. Así que disimula, como cada mañana, cuando nos azota el frío, y seguimos caminando alejándonos uno de otro, en caminos por siempre divergentes, a pesar de ser conocedora de mi delito.

Intento adornar la basura mundana de presumible belleza escrita. Mi SuperYo me conmina a hacerlo. Que su dulce sonar mitigue los olores desagradables de la realidad humana, que los vertederos del universo se vean repletos de estrofas con rimas, y que  la sociedad acuse un exceso insultante de prosa.

El entierro urbano de la Poesía, salvo la de Edgar Allan, por infantil. La desaparición para siempre del mundo real cotidiano de las rimas. El despertar de lo prosaico, bajo un triunfo exagerado del Ello. Y así, ahogados entre brumas malolientes y de cierta sonoridad rítmica que alguien se empeña en susurrar a lo lejos, los jóvenes poetas reconocerán su derrota, y los fieles feligreses que aún quedan, acudirán a su Meca, el Gran Vertedero de Versos, a escuchar poemas imposibles, en cimas de páginas sobre las que descansarán los sueños de sus olvidados autores.

Dicen que Poe murió un domingo. Y si no lo dicen, hago bien en inventármelo. Yo creo que murió un domingo, seguro. Tuvo que ser así. Los poetas mediocres mueren los domingos, junto al mar ruidoso.

 


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