Erotizando la Mañana Laboral.

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La escritura es el movimiento más erótico de la mano. Xelhazz.

 

Esperando iniciar el laboro. Tengo la silla preparada para ella; aparecerá de un momento a otro, supongo, con sus largas piernas y esas gafas intelectualoides. Su acento norteño le da morbo a nuestras conversaciones; hablamos mucho, la verdad. Mi idea es hacer más entretenida la mañana, de tal manera que entre la gente que vaya entrando y nuestras conversaciones, proyectar mis fantasías erotizadas con ella, escribiéndolas; ella sentada a un metro de mí, donde no ve la pantalla. A ver cómo sale. Es decir, quiero fantasear con ella estando ella a mi lado, sin que sepa que escribo sobre su sensualidad. (Acabo de pulverizar la sala con fragancia de lavanda. ¿Y mi cajera favorita?).

 

De momento no viene. Se está haciendo de rogar, y yo ya he empezado, sin ella. Que se una si aparece por aquí, pues de lo contrario, no sé si continuar escribiendo. ¿Qué sentido tendría?

 

Las 9.30 y no vienes. Me dijiste ayer que sí te apuntabas. No me has puesto ningún mensaje. Lo más sensato es dejar de escribir en este tercer párrafo y en esta segunda línea. Oigo pasos ahí fuera, pero no creo que seas tú. Es cierto que llueve, que el día es de perros, pero vives a 200 metros. Mi sueño erótico se diluye...Aquí me hallo con la ventana abierta, abrigado, arrinconado en mi córner, esperando entre el discurrir de la gente a que acabe por llegar la mujer más alta que he conocido jamás.

 

Pero aunque no venga, no se me van de la cabeza las largas piernas de mi amiga vasca, de Baracaldo concretamente ...

 

¡Has llegado! Las 9. 45. Mando al carajo el párrafo anterior y me centro en tu persona y mi fantasía. Qué amable eres pidiendo perdón, no te preocupes, con todo lo que llueve, te comprendo. Te has quitado las gafas para limpiarlas, y vaya ojos bonitos. Te contemplo mientras me hablas con tu acento vasco, y me dejas totalmente embriagado. Me cuentas lo que lees y las series que sigues, y no conozco nada. Eres más joven que yo, claro, y hay un decalaje generacional. Pero no dejamos de mirarnos, y eso me gusta. No me gusta, sin embargo, cuando me hablas de tu novio, que te lo has dejado por ahí arriba, por las tierras vascongadas. Me muestras fotos con tu traje de novia, y verdaderamente estás bellísima. Te agradezco que me las enseñes, y sin más, te pregunto por tus centímetros. 186 cm de mujer vasca. Empequeñezco.

 

Ya que te tengo tan cerca, me encantaría besarte, Sara, me excito solo de pensarlo. Te besaría primero con tus gafas puestas, y luego, te las retiraría, mientras contemplo la profundidad de tu mirada sosteniendo un beso. Nuestro primer beso. ¿Qué pensarías de mí, tan calladito como parezco? Rozaría mis labios con tu fino y estilizado cuello, buscando tus ángulos mandibulares, izquierdo y derecho, tu nuez...Todo con suavidad, como tu presencia merece. Seguimos hablando mientras fantaseo. De vez en cuando entra alguien y lo atendemos, y yo de soslayo, observo tus pantalones amarillos que contornean unas piernas afiladas que me gustaría acariciar desde los tobillos hacia la cara interna de los muslos. Debes poseer una piel cálida al tacto, como cálido debe ser el fuego que mantienes en la entrepierna, rasurado, agradable, femenino. Hago como que escribo algo importante en el ordenador y tú ignoras que escribo precisamente estas líneas. Eso me excita, amiga mía.

 

Voy avanzando en el contenido laboral de la mañana, y en las pausas, cuando estamos solos, al estar dispuesta de perfil a mí, me fijo en tus pechos. Ya con el traje de novia me embelesé con los senos que se dibujaban sensualmente, y ahora, justo ahora, justo cuando escribo ahora, los saboreo visualmente. De hecho, me has pillado en esa contemplación, y has desviado la mirada, como yo. Son unos senos preciosos que yo entiendo que merecería besar y lamer; con mi lengua, sería muy interesante poder recorrer su territorio gelatinoso, blando y confortable, y succionar ambos pezones hasta notar sus erecciones entre mis labios, ensalivando todo con fulgor adolescente. Y oírte gemir, ¡qué sonido tan maravilloso!, ¡qué locura de voz susurrada! Buscar tu aliento ascendiendo nuevamente por tu cuello, y hallar en tu lengua humedecida la dosis exacta de excitación cuerda, si es que ello existe. Y mantener nuestras lenguas juntas, revueltas, durante una eternidad de tiempo, levitando ambos, llegando a ser una sola persona híbrida, entre los dos, compartiendo fluidos y pasiones.

 

He estado escribiendo en demasía en el párrafo anterior, y me debato entre escribir, hablar o fijarme en más detalles de tu cuerpo. Da tiempo a todo, me digo para animarme. Cuando no me miras por estar absorta en los que entran, aparecen nuevos campos exploratorios ante mí. Tu perfil es atractivo; tu abdomen plano se pierde en la inmensidad de lo más erógeno de tu ser, de nuevo ahí en la entrepierna, donde me sumergiría con deleite, acariciando con lentitud sus montículos y sus cavidades, territorio húmedo como el que hay tras la ventana, detrás mía, lluvia de enero. ¿Y por qué no besar y recorrer con mi lengua este paraje lluvioso? ¿Por qué no hacerte derretir de placer mientras saboreo las gotas que adornan tu anatomía más íntima?

 

Sigo escribiendo de más, creo, y además, aceleradamente, de tal forma que golpeo bruscamente el teclado; tú me miras teclear, lo cual exacerba mi pulsión libidinosa y no tengo freno. Pienso incluso, tal es mi acaloramiento, girar la pantalla con estas líneas precisamente, para que leas su contenido. Y una de dos, o salgas huyendo despavorida o me beses de una vez enfurecidamente. Es más, hablando de temas laborales, te he mostrado un contenido eminentemente profesional, haciendo girar una de las pantallas. No estaba abierta esta, estaba minimizada, menos mal, pero a punto estuviste de pillarme. ¿Qué hubiera ocurrido?

 

Llevo casi mil palabras. Aquí solo permiten mil doscientas, por lo que debo ir reconduciendo el asunto. Ya se ha acabado nuestra común jornada laboral. Son las dos menos diez, y seguimos hablando. Me gustan las personas que, como tú, cuando se hablan, se contemplan a los ojos. Lo que ocurre es que, además de navegar en tus pupilas, hechizado, he re descubierto lo fermosa que eres, y las facciones tan límpidas que muestras. Y tu voz, más allá del acento, alcanza un timbre que para mí empieza a ser un canto de sirena, como si yo fuera un Ulises del siglo XXI. Y tu cabello resbala por los laterales de tu rostro en lo que conforma una entelequia armoniosa.

 

Te vas y te despides de mí. Vuelve cuando quieras. Vuelves al minuto, de hecho, para ofrecer ayuda cuando lo requiera. Y vuelves a los 5 minutos porque se te ha olvidado el paraguas. Te dejo nuevamente pasar, te vas al fondo de la sala, donde está este escrito presente en una de las pantallas, que no ves; te inclinas y coges tu paraguas, maravillándome de la posición que, como epílogo de la mañana, me regalas. Fabuloso trasero. Pasas al lado de mí, y esta vez, te despides hasta no sé cuándo. Mil doscientas.


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