El libro de la fortuna

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El joven recorría demoradamente los pasillos de la biblioteca no decidiéndose por ningún libro, de pronto uno en particular le llamó la atención. Era un libro de tapa en cuero negra con dibujos y caratéres indescifrables del cual, después de examinarlo por delante y por atrás e invertirlo, no consiguió descubrir su nombre ni autor. De manera que lo abrió, pero al hacerlo cayó un billete de diez dólares; el joven miró en ambas direcciones del pasillo y como no vio a nadie, cerró el libro, se agachó y guardó el billete en un bolsillo. Pero al abrirlo nuevamente cayó otro billete, esta vez de cinco dólares. De nuevo se cercioró de que nadie lo miraba, volvió a cerrar el libro y guardó el billete. Pero al volver a abrirlo, otro billete se deslizó hacia el piso, esta vez fue uno de cien. El joven, sin cerrar el libro, miró rápidamente alrededor, guardó el billete y de inmediato empezó a pasar las hojas pero sin resultado, nada más cayó. Pensó que el libro fuera donado a la biblioteca y nadie se había tomado la molestia de echarle una hojeada para ver en que condiciones estaba, sino, ¿cómo sería posible que los billetes pasaran desapercibidos? Volvió a cerrarlo y a examinarlo por fuera, como la vez anterior, y de nuevo nada le indicó su carácter. De manera que volviéndolo a abrir para descubrir entre las páginas nombre y autor, un nuevo billete volvió a caer, de veinte ahora. Entonces tomó el libro por las tapa y contratapa y lo sacudió con fuerza, agitándole bien las hojas, pero nada cayó. Sin duda aquel billete sería el último, se dijo. Sin embargo tuvo una intuición y empezó a abrir y cerrar el libro, y en todas las veces cayeron más billetes, de diez, de cinco, de cincuenta, de uno, de cien. De pronto se alarmó, no podía quedarse toda la tarde parado en el pasillo. Intentando parecer normal llegó al final del pasillo y avanzó entre las mesas de lectura, ni tan rápido ni tan lento, mientras sus ojos buscaban la más apartada y menos expuesta. Atento al puñado de lectores y al bibliotecario, asomando medio cuerpo al final de la última estantería, abrió una página al azar, y casi como esperando verlo aparecer, ...un billete de cincuenta se materializó y le dijo: "aquí estoy". Y así, abriendo, agarrando, embolsando y cerrando, se la pasó toda la tarde, hasta cinco minutos antes de la biblioteca cerrar sus puertas. Cuando llegó a su casa fue directo a su habitación; despejó sobre la cama los billetes de todos los bolsillos, del pantalón, la camisa y la chaqueta, y los que ocultaba en el calzoncillo y en las medias y se puso a contar: novecientos ochenta y siete dólares. Al otro día, cuando la biblioteca abrió él ya estaba esperando en la puerta, y a la tarde hizo lo mismo y al día siguiente y todos los días que le siguieron; atrapado ya por la codicia. Lógicamente, el bibliotecario, que iba y venía de las mesas a las estanterías, trayendo y llevando libros, se dio cuenta de su constante presencia, lo que lo llevó a prestarle atención a sus lecturas y así descubrió que leía siempre el mismo libro. Dos días después del descubrimiento, ya demasiado intrigado como para postergar la aclaración de sus dudas, se acercó al joven y le preguntó si él creía de verdad lo que estaba escrito en el libro que tanto leía. 

   ¿Por qué me lo pregunta?, preguntó el joven, disimulando lo mejor que podía el nerviosismo que le produjo el abordaje sorpresivo del bibliotecario. ¿Para qué quería saber? ¿De qué sospechaba? En todo caso, ¿qué responder?, si todavía no había descubierto ni título ni autor, además, si en todo ese tiempo nunca se había molestado siquiera en leer una sola línea, solo juntaba billetes. 

   Lo digo porque nunca he visto a nadie hacerse rico con ese tipo de libros, dijo, señalando el libro con su rostro turbado, con el cual demostraba su reprobación, y continuó, ¿dónde se habrá visto?, si fuera como el título lo sugiere el que lo escribió estaría rico, ¿no? Pero ¿sabe una cosa? (el joven negó varias veces con la cabeza), el autor murió más pobre que yo. De pronto, pareciendo haber recordado algo importante, más que la respuesta que esperaba del joven, se quedó en silencio y en seguida se dio vuelta y ya seguía de largo cuando se detuvo de un sopetón, ladeó el torso y dijo: 

   Al final, puedo estar equivocado, ¿no es cierto?, después dio media vuelta y se perdió en uno de los pasillo. El joven, aún con el corazón en la boca, por un breve momento continuó asintiendo con la cabeza para nadie. 

                                                               Fin. 


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