En el camping

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Aquel año pasé el verano en un camping al lado del mar con unos amigos. El lugar estaba dividido en calles cubiertas por pequeños guijarros y parcelas que estaban separadas unas de otras por arizónicas y otros arbustos. Había baños públicos para hombres y mujeres con duchas, retretes, lavabos y una zona con pilas y grifos para lavar la ropa o los cacharros. Algunos campistas residían, como en nuestro caso, en tiendas de campaña. Otros usaban autocaravanas o caravanas que tenían la opción de conectarse al sistema de alcantarillado, permitiendo a sus ocupantes ir al baño en privado.

Una tarde especialmente calurosa, estaba sentado bajo un toldo improvisado leyendo un libro. Miguel había ido a jugar al tenis y Marta y Julio se entretenían cuchicheando y haciendo manitas en un rincón. Las chicharras frotaban sus patas inundándolo todo con un ruido monótono al que te acabas acostumbrando. Nuestra parcela tenía enfrente un baño público. De vez en cuando levantaba la vista del libro, y me fijaba en las bañistas que entraban. Muchas de ellas volvían de la playa en bikini con la toalla al hombro, caminando en sandalias con los pies manchados de arena mientras sus nalgas, grandes o pequeñas, firmes o temblonas, subían y bajaban hipnotizando a los amantes de un buen culo. Las que salían también eran dignas observación, enrolladas en sus toallas o en algunos casos, con el traje de baño empapado, que en caso de usar ciertos colores, convertían la exhibición en producto de cine para adultos.

- ¿Qué miras Juan? - me interrogó Julio acercándose a mí.

- Nada, estoy leyendo. - respondí.

- Sí, y yo estoy nadando. Oye. Marta y yo vamos a la tienda a hacer... bueno, un poco de ejercicio. ¿No te importa verdad?

Negué con la cabeza y les observé entrar en la tienda. Al rato Marta asomó la cabeza y los brazos fuera, muy probablemente debido al calor. No hacía falta mucha imaginación para llegar a la conclusión de que estaba a cuatro patas. Los sonidos llegaban algo atenuadas por el incesante cortejo de las chicharras y la música de una parcela cercana. Me fijé de reojo en el rostro de mi amiga, tenía los ojos cerrados y se apreciaba cierto movimiento. En un momento dado, coincidiendo con un breve paréntesis en el concierto de los insectos, no sin cierta envidia, pude oir los jadeos de los dos amantes. 

********************

- Nos vamos a la playa. ¿te vienes? - me preguntó Marta a terminar la faena.

- No, hoy no me apetece. - respondí.

A los pocos minutos de su partida decidí moverme al fondo de la parcela, junto a los arbustos, justo a tiempo de escuchar una conversación que cambiaría muchas cosas.

****************

- ¿Tienes que ponértela? - dijo una voz masculina.

   Las plantas no eran muy tupidas y dejaban ver bastante si, como era mi caso, se "miraba con atención".

- No quiero. - respondió una mujer de piel pálida que llevaba un bikini azul a juego con sus ojos. El hombre que la interpelaba sería unos veinte años mayor que ella.

- Vamos. - dijo este último cogiéndola del brazo y metiéndola en la caravana.

Al rato llegaron a mis oídos unos sonidos como de azotes. Poco después la mujer salió de la tienda frotándose las nalgas. 

- ¿Te parece normal? -

- Es para ver si te tranquilizas. Vuelve que tenemos que acabar. - respondió el varón.

Movido por una mezcla de curiosidad y ganas de aclarar que pasaba allí, salí de mi parcela y caminando en chanclas por el pasillo llegué frente a la parcela de mis vecinos.

- Buenas tardes. ¿Tienen algún problema?

- Sí..- me respondió la mujer. - Este hombre es un testarudo. -

El hombre suspiró.

- Entre y le cuento. A lo mejor puede ayudarnos.

Los tres entramos en la caravana. Era como una casa, solo que en pequeñito. Nos sentamos en un mini salón.


- Susan es la hija de mi mujer, bueno ex-mujer. Decidimos venir a pasar unos días aquí. Pero resulta que esta joven...

- Tengo veinticinco años. - respondió la muchacha de forma airada.

Su padrastro la ignoró y continuó con el relato.

- está estreñida y por si eso fuese poco, ha pillado una infección. El médico al que fuimos recetó unos supositorios y una inyección. Pero no hay manera de que relaje el trasero... así que probé a darle unos azotes antes de inyectarla y ya ve la que ha montado. Parece una cría.

- Ya veo... bueno, si quieren yo puedo ponerle la inyección. Hice un cursillo hace tiempo.

- ¿de veras? - dijo el hombre con esperanza.

- ¡Me vas a pinchar!... - dijo la mujer.

- Sólo si tú quieres.

- Vale. Pero tú solo. Este fuera.

- Ok como desees. De hecho me voy a dar una vuelta. - dijo el ex de su madre saliendo fuera.

Susan, a pesar del calor y de que su padre se había largado, cerró la puerta de la caravana.

- Esta es mi habitación.

Entre con ella en el reducido espacio. Olía a alcohol y hacía todavía más calor. 

Vi la jeringa dispuesta y algodón encima de una estrecha repisa.

- ¿Me tumbo? - 

- Sí, túmbate en la cama y bájate el pantalón del bikini.

La chica, ruborizándose, obedeció tendiéndose sobre el estrecho catre que crujió bajo su peso. A continuación se bajó las "bragas" del bikini, dejando al aire una raja generosa y dos pálidos glúteos levemente colorados. Una gota de sudor me resbaló por la frente.

- Vamos a ello. - dije mientras frotaba con algodón la parte superior de la nalga derecha.

Susan tragó saliva.

- Relaja el culete... no te preocupes. Yo te aviso cuando vaya a pinchar. - añadí mientras quitaba la capucha de plástico descubriendo la temida aguja.

Con el ánimo de tranquilizarla le acaricié el cabello.

- Sabes... eres una mujer muy bonita. -

- En seri... ¡auf! - dijo notando el picotazo.

- Eso es, buena chica. Ahora piano piano...

- ¿duele? - pregunté

- Eh.

- Ya está. - dije sacando la aguja y frotando el área.

- ¡Ya, ¡qué rápido!... 

Se subió el bikini y se reincorporó.

- ¿Te puedo dar un beso de gracias? - me dijo.

- Vale. -

Fui a darle un beso en las mejillas, pero ella eligió mis labios mientras que sus manos se posaban en mis nalgas. 

- Besas bien. - me dijo.

- Tú también. - respondí.

- Oye. Ya que estás aquí, ¿me ayudas con el supositorio?

Para mi vergüenza el abultamiento bajo mi bañador se hizo muy evidente. Aun así, acepté el encargo.

Una vez más, la muchacha, bajándose el bikini se tumbó en la cama con el trasero al aire. Esta vez, separó con sus manos las nalgas dándome acceso a su ano.

********************************

Huelga decir que este fue el primero de varios encuentros íntimos con mi vecina en la coqueta habitación de su caravana. Incluso una vez compartimos tienda y escarceos con Marta y Julio. Pero esta es una historia, que, como otros muchos detalles, dejo en manos de la capaz imaginación del lector.


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