El dedal

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Un día la señora Titina cuando fue al baño a descargarse se olvidó de lavar sus manos. Después de salir del baño fue a continuar sus labores de costura y cuando se puso el dedal, éste casi murió sofocado en medio de arcadas y morisquetas de asco. Al otro día cuando la señora se acomodó en el sofá para continuar con la costura del día anterior no encontró el dedal por ningún lado. Revolvió el costurero, vació los cajones de la máquina de costura y buscó por todo el piso sin dar con el bendito dedal. Esa misma tarde fue hasta la única mercería del pueblo. 

   Buenas tardes, doña Titina, ¿qué se le ofrece?, le preguntó la dueña. 

   Buenas tardes, doña Lalita, quiero un dedal, por favor. La dueña busca y rebusca en los cajones, en las estanterías, en cajitas y nada de encontrar los dedales. Estaba más claro que el agua clara que el dedal fugitivo de doña Titina, haciendo correr la voz, ya había pasado por la tienda.

                                                            Fin.  


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