Arena en los Zapatos

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A diestra y siniestra iba dejando en mis idas y venidas, la llanura líquida infinita, eterna y serena, testigo de mi profunda aprehensión salada. Aún no se había aposentado sobre ella el brillo de la estrella dorada, hoy más apagada; mientras, mi frente era surcada por regueros de tormentos azulados, marchando yo en la comodidad de lo incógnito. Porque la playa es mía.

Pisaba por donde pisaba con fe y autenticidad, gozando de ello, llenando mi existencia de tu sustento y tu puñal, Llanura, portando posteriormente el material preciado a mis espacios de intimidad; de esta manera, pisando y hundiéndome, superando la inestabilidad entre tramo y tramo, encontré la inspiración de años atrás, cuando en la noche reflexionaba.  

Minutos más tarde, descalzos mis pies sobre el tibio pavimento, sentía lo extraño y al mismo tiempo lo apropiado sobre todo mi ser al respecto de las sensaciones que me invadían. Tú, Llanura, no eres nada sin ese sustento con el que te fusionas. Tú, Llanura, no debes mostrar tu orgullo e insolencia cuando la engulles en tus ciclos lunares, porque a continuación retrocedes ante su magnitud, postrándote humilde, a pesar de lo que preconiza la leyenda. Ahí piso yo, abrumado.

Es por donde siempre he querido pisar. Es de esta forma como he llegado a apreciar su suave caricia en  el nacimiento de los días, sucesivos, interminables, extraños y lluviosos. Es la manera sobre la que he cimentado una forma de vivir en el extremo, en el límite, a un paso de la desazón, ocultando mi anhelo de hedonismo emocional solitario.

Disfrutando del azote cariñoso de la bruma blanquecina espumosa que acariciaba mis sentidos, apareciste tú, harapienta  y sagaz, con esa imagen andrógina y tu brusco mirar posado sobre mi seria perplejidad. Fuerza de la naturaleza, inmune a todo, superviviente entre supervivientes, me encontraste por fin siguiendo mis pisadas en la arena.

Reconociste mi turbación sin vacilar, y yo salí del paso a medias, demandando una dirección, y aparentando lejanía emocional. Pero supe quién eras y entendí tu contexto existencial: es en ese punto donde se mezclan los desventurados y los infames..¡Agonizaban en todo!...

Ahí estabas tú, enfrente mía, al lado de la llanura líquida, mostrando consciencia de tu pertenencia, mostrando fidelidad a tus raíces pero realizando una crítica al proceder habitual...y de forma muy generosa, indicando señales de cambio que me favorecían. Yo llegué a intuir algo al respecto de tus emociones, pero egoísta como soy, tan solo perseguía mi frío objetivo. Y te ofreciste a ayudarme. Y más tarde, me salvaste la vida en las barricadas de mi ocaso, entre proyectiles alocados manejados por manos inexpertas que reinventaban estúpidas revoluciones.


Luna de agosto, refulgente brillar en cielos nunca plenamente oscurecidos, tenue palpitar de agitaciones calurosas, yaces en mi orilla perenne de miradas al pasado, perpetuando esas errabundas contemplaciones a ventanales abiertos; miscelánea de sensaciones y colores que recorre en la noche el verde fresco, saltando al azul cielo, y circundando al color plateado de la esfera que nos vigila imperturbable, justo arriba del naranjo, desde siempre.

Recorres las riveras húmedas a horas intempestivas, solitarias, huyendo de tu destino, deseando haber estado tú en ese banco del Luxemburgo, durante los seis meses de atardeceres en común. Accedes sola, de madrugada, a esos jardines desde donde contemplaste el proceso, tras de mí siempre. Ahí me viste acudir invariablemente seis fermosos meses, vagar sin descanso en torno a una platónica idea, recorrer en círculos soterrados la posición de la amada, sostener de manera pusilánime los tiempos de amor. Yo seguía y buscaba a una persona desconocida, y tú me perseguías a mí, gran desconocida. Ahora lo sé. Por eso apareciste en el paisaje arenoso.  

De vez en cuando, aún paseo por esos jardines, buscándola por los diversos bancos sin cesar, pero sabiendo que me vigilas a mis espaldas. Tus palabras han ido sembrando algo bondadoso en mi conciencia, cuando el río se muestra únicamente como lo que es, ignorando el laberinto de túneles que subyacen, donde también fui rescatado. Últimamente me he encontrado cómodo realizando modestos actos de maldad; me has buscado precisamente para sacudirme y reconducirme. Pero no logro criticar cuanto he realizado, admirando confortablemente mis conductas de rencor.

Al caer el día, sentado en mi rincón favorito, desde la mesa de la esquina, fijo la vista en mis zapatos, y es entonces cuando sonrío al contemplarla, a la arena, evocando el día que se inició al lado de La Llanura, donde encontré tu voz, una voz que no se quejaba por su miserabilidad, sino que gritaba al viento lo increíble que era soñar con la persona amada, a pesar de que el ser amado tuviera su corazón ocupado en un rostro del Luxemburgo.  


Ocupaos vosotros de las rebeliones sociales, de la sociedad más justa, de la filosofía y la política; dejadme a mi con mis manos en los bolsillos, con los ojos de esa muchacha y con la soledad de mis paseos. Dejadme marchar con mis botas polvorientas, mi desapego familiar y mi dignidad presente: tenía la cabeza en otra parte, en ensoñaciones, en resplandores imposibles, en amores en el aire, en locuras...

Ya en la noche profunda, jugueteo taciturno con la arena de mis zapatos y me avergüenzo de mis pensamientos y sentimientos, que nunca se han dirigido hacia ti; tú, maltratada por la vida desde el nacimiento, pero con el brío y la valentía suficientes para amar lo imposible, para vivir en esa fantasía nocturna de árboles salpicados de luces estelares y senderos de optimismo; amar hasta el punto de sacrificar tu propia vida por mi, en pos de una felicidad ajena a ti, todo para mi, yo ausente. ¿Quién es más miserable?


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