If you take a life...

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This ringing in my head
Is this a cure or is this a disease?

Nail in my hand
From my creator
You gave me life now
Show me how to live 

Cornell.

 

La primera vez que te vi fue hace muchos años, en una tarde veraniega fresca, con la eternidad soleada sobrevolándonos, al tiempo que nos llovían tormentos espirituosos rítmicamente. Debían ser más de las ocho de la tarde cuando, desde la altura en la que me encontraba, apareciste rabiosa y precipitadamente. Desde mi posición hacía acopio de todo lo que los sentidos podían ofrecer: contemplaba regio al resto de la gente posicionarse como hormiguitas así como el camino que había de traer a los más rezagados, me llegaba el olor a cannabis y a verde hierba, me rozaba con el frío metal y notaba la frescura de la tarde azotando mi rostro, oía el éxtasis y los aullidos, y por supuesto, saboreaba gustosamente la sensación dulcemente amarga, única, de estar haciendo historia en ese momento...Lo tenía todo controlado...Y entonces apareciste tú, llamando mi atención, pues no me esperaba el estruendo global que acompañó tu irrupción.

 

Delgado y greñoso, vociferabas de manera atronadora; nunca había visto a nadie en esas condiciones; ahora comprendo, pedías auxilio a voz en grito. ¿Cómo podía sospechar nada? Yo también lo pedía, en silencio, desde mi altura y perplejidad, atónito ante lo que estaba aconteciendo.

 

Del grupo de dieciséis desarraigados que conformábamos inicialmente el grupo, el primero en fallecer has sido tú, de los más jóvenes, y tu muerte, la has decidido tú. Atormentado en lejanos ambientes irlandeses, el sol del occidente mediterráneo no pudo elevar tu espíritu hacia la normalidad, a pesar de los intentos frustrados, los oleajes por siempre sellados.

 

Nunca esperé encontrarte ahí, entre ese mar de cabezas jóvenes fervorosas, y te encontré. Nunca esperé una conducta autodestructiva, en la soledad de la noche, pasados todos estos años, y esa conducta ha aparecido. No llegué a conocerte bien, cierto. No llegué a entender del todo tu mensaje furioso y tu destemplado carácter.

 

Voy a ver al resto del antiguo grupo en unos días. Lo había decidido antes de suceder tu final. Nadie esperaba este desenlace. Estábamos todos pendientes de volver a vernos, de recordar la inmortalidad idealizada, los cielos azules surcados, y las noches consumidas a base de sueños utópicos, a los que teníamos derecho solo por ser jóvenes.

 

Supongo que hablaremos de ti, aunque queden pocos amigos cercanos. Alguien hablará de ti. Yo mismo, aunque nunca llegué a entender tus rugidos. Fuiste el primero en aparecer, con el descaro y la insolencia que entonces teníamos, y el primero en desaparecer, con la valentía y el aplomo mostrado en tu macabro ritual.

 

Lo tenía en mente. En los últimos meses había estado contemplándolo. En la última actuación, hace tres días, estuve a punto de finalizar la inmensa tarea vital. Preparé la cuerda, la tensé y coloqué, pero llamó Vicky, y se me fue la inspiración. Pero La Idea permanecía, oculta, agazapada, esperando la ocasión de volver a colocarse como prioridad.

 

He acabado el espectáculo de esta noche, por fin. Aún disfruto, pero el nivel de ansiedad ha ido in crescendo; no puedo detenerlo ni con lorazepam. Es más, he acabado enganchado a su química destructora, ya no me sirven. La Idea me acorrala. Tengo mucho calor.

 

Me he despedido del público con toda la intención; supongo que la decisión estaba tomada. Ya no puedo parar. Martin sigue tras de mí, hasta el camerino. Creo que no nota nada. Me acabo de tomar tres pastillazos de una vez, pero La Idea permanece. Quiere acompañarme al hotel, y se ofrece a llevarme el ordenador a un informático. Lo despistaré en breve, con cualquier excusa. Llama Vicky. Quiero que no note nada en el tono de mi voz, pero ella me conoce demasiado, y me pregunta tonterías, lo noto, para alargar la conversación y controlarme. Sospecha que La Idea ronda nuevamente.

 

Tengo sudores fríos, el corazón me va a estallar. Está entrando la madrugada, hay algunas estrellas en el cielo, y mi ansiedad me mata. No termino de atreverme. Estoy ya solo en mi habitación. Me asomo a la gran ventana infranqueable, y observo el río oscurecido a lo lejos; la belleza de las luces de ciudad incluso me conmueve y me hace pensar en componer algo que nazca y muera hoy, algo que esté destinado a lo efímero. Hay un silencio tan sobrecogedor que no quiero oírlo. Y en ese silencio, La Idea se hace grande. Saco del cajón la cuerda roja. El cuarto de baño es el sitio ideal, ya que lo que voy a realizar es un acto privado. Nada más privado que mi muerte.

 

Empiezo a tararear una canción... Maiden mild... igual que hace tres días. Me quiero despedir de este mundo cantándola, no sé por qué; no paro de recitar sus versos, sin elevar la voz, y ello me calma. See a maiden's sorrow...

 

Entro en el baño y me miro en el espejo. Veo un hombre cansado de todo, muy solo. Cansado de hoteles, también. Mis canciones no han podido salvarme. Intento, mientras me contemplo, esbozar una sonrisa, pero no sale. Es un asunto muy serio lo de contemplarte por última vez.

 

Coloco la cuerda, preparo mi patíbulo personal, la consecución de la liberación total, la derrota de la angustia, la Victoria del Fin. Compruebo la firmeza de la sujeción. Correcta. No paro de cantar, es un ruego final, supongo. The murky cavern's air's so heavy...

Tengo miedo. Me miro, esta vez sí, por última vez en el espejo. Miro a esa imagen del hombre que está a punto de decirse adiós, al hombre que, dentro de poco, fui. Me miro profundamente, y me veo a mí mismo con asombro. Vuelven a llamar a la puerta. Y al móvil. Shall breathe of balm if thou hast smiled...

 

Tengo más miedo. Me coloco la cuerda alrededor de mi cuello, concentrándome en hacerlo bien. Al notar el contacto de la cuerda con mi cuello, me recuerdo a mi mismo cuando me golpeaba con la mano en el cuello, para conseguir ese efecto sonoro tan particular. Nadie me enseñó a vivir, pienso. Ni a morir Cincuenta y dos años de vida no están mal. Nadie me verá envejecer hasta la ancianidad. No veré amanecer mañana. No habrá euforia matutina. Oh mother! Hear a suppliant child...

 

Tengo mucho miedo. Pienso en mi gente, con amor, y espero que me perdonen. Cuando muera, quiero gente feliz. Siento presión en mi cuello, noto falta de aire. Sigo cantando- tis thou canst save amid despair...- verdaderamente lo único que he hecho en mi vida. Me estoy mareando, y canto más alto. Todo se vuelve placentero y armonioso. Ya no necesito cantar, oigo la melodía desde algún lado de esta infinita claridad. Vuelven a llamar a la puerta. Alguien grita mi nombre. ¡Mi nombre! La ansiedad se está yendo. Todo es claro, todo es paz. Ave María.O maiden, simple maiden...

Suena tu Voz, poderosa, grave y ronca, mientras te golpeas en la laringe con el canto de la mano, para que tu grito sea un lamento sonoro bello, entrecortado...Suena un último momento, esta vez para siempre, tu Voz desgarrada. Estás gimiendo de dolor, y ninguno supimos verlo. Tu llanto se eleva hasta el Cielo, y desde ahí, suena aún más auténtico, escuchado desde la Tierra.

 

       


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