El robot

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Los movimientos se ralentizaban minuto a minuto, y extrañaba a los chicos que advirtiendo su lento desempeño lo habían hecho a un lado y dejaban oír el bullicio que hacían al jugar con otro juguete. Quizás tuviera energía para una hora más; mientras pensaba en eso oyó lo que los padres de los chicos conversaban en el sofá. 

   No te dije, es plata gastada al divino botón, decía el padre, claramente hablando sobre él. Lo ahorrado en el juguete se se va en comprar pilas. 

   Pan para hoy, hambre para mañana, dijo la esposa. Decidido a reconquistar la atención de los chicos se propuso llegar hasta el kiosko de la esquina, donde en brazos del más chico, había ido la última vez que compraron pilas. 

   Nadie se dio cuenta cuando se deslizó por la puerta del patio, solo el perro, que levantó levemente las orejas y lo miró con desconcierto pero sin alarmarse. Caminó por la galería hasta una esquina de la casa y siguió por la veredita de cemento que la bordeaba, y ya en el frente atravesó con dificultad el jardín, oscilando peligrosamente sobre el césped, hasta llegar al alambrado, donde pasó a la vereda por el hueco hecho por el perro. Por suerte estaba oscuro y la poca gente que se veía estaba sobre la vereda de enfrente. 

El kioskero oyó que algo golpeaba la vidriera, sin embargo, a través de la mercadería de los estantes no vio a nadie, pero como el ruidito, algo así como el que hacen las monedas golpeando contra el vidrio, persistía abrió la puerta y se asomó. 

   Aquí abajo, dijo él. El kioskero lo miró asombrado, después le preguntó qué hacía ahí. 

   Vengo a buscar pilas para mí. 

   ¿Tienes dinero?, porque yo no fío, le advirtió el kioskero. 

   ¿Dinero?, no, no tengo. Pensé que podría ponerlo en la cuenta de la familia de la casa amarilla, la que está casi llegando a la esquina, explicó. 

   Ellos te mandaron o has venido por cuenta propia, preguntó el kioskero. 

   No, he venido por cuenta propia, respondió y le contó sobre la conversación que oyó de los dueños de casa. 

   Me temo que lo más probable es que el día menos pensado no te compren más pilas, opinó el kioskero. 

   Quée deestiiinoo iingraatooo eel míoo, se quejó, ya con la voz deforme por el agotamiento progresivo de las pilas. 

   Tengo una idea, le dijo el kiosquero, ¿qué te parece si te quedas aquí conmigo?, si te sirve solo tienes que decir que sí,  y acotó, señalando hacia lo alto de una estantería detrás del mostrador, pilas no te han de faltar. Él siguió la dirección de la mano del kioskero y vio muchas cajas de pilas triple A, Everyready, Duracell; comunes, recargables, y por el visor destelló débilmente una lucesita que significaba alegría. 

   Creeoo quee vooyy aa aceeptaar, dijo, al final, quée mee eespeeraa sii vuueelvooooouuuhhhh. No pudo hablar más, apenas pensar en lo que lo esperaba en la casa amarilla: terminar descuajaringado por un pelotazo en el patio donde el sol y el rocío terminarían lo que los humanos empezaron, eso si antes no lo hacía pedazos la cortadora de césped cuando no lo vieran tapado por el pasto crecido. 

   Bueno, ven, dijo el kioskero y lo llevó adentro, donde le cambió las pilas y después lo dejó sobre una repisa llena de juguetes tan nuevos como él. 

   ¿Cuántos juguetes, acaso tienes hijos?, preguntó, asombrado. 

   No, no tengo, pero me gustan los juguetes. Pienso que sea porque cuando era chico mis padres no tenían dinero y pocos eran los juguetes que podían comprarme. Creo que soy lo que suele llamarse "un hombre que no tuvo infancia". Después de esa breve aclaración el kioskero le dijo que debía volver a atender el kiosko, pero que dentro de una hora cerraría. Esa noche el robot miró televisión junto al kioskero hasta tarde y pudo dormir tranquilo, porque pilas no le habrían de faltar. 

                                                               Fin.


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