El espantapájaros

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Una mañana el viejo Sebastiano se deparó con que los cuervos le habían comido casi la mitad del maizal. Renegó como un loco y después de darle vueltas y vueltas al asunto decidió hacer un espantapájaros, pero no como el que todo el mundo tiene en mente de tanto verlos en películas o en alguna quinta de verdura. Encerrado en el galpón estuvo dos días dedicado a su fabricación y cuando hubo concluido hasta él se sintió intimidado por aquel ser horrible con cara de calavera y vestido con harapos raídos, tal cual la imagen de la parca. Y como un elemento intimidatorio extra Sebastiano tuvo a bien ponerle dentro de las cuencas de los ojos lucesitas rojas que funcionaban a pilas, y en lugar de las manos le puso garras hechas de alambre retorcido, que parecían estar listas para agarrar no solo a los cuervos sino a todo ser viviente. 

   Parece, pero no es, dijo uno de los muchachos del barrio, que estaba pensando darse una vuelta esa noche por la quinta del viejo Sebastiano para robar verduras. Ningún amigo se animó a acompañarlo, ya que algunos habían pasado de madrugada, a la vuelta del baile en el pueblo, por la calle lateral y visto la lúgubre figura de ojos rojos observarlos desde la quietud de la quinta, como si vigilara las tumbas de un campo santo. 

   Está bien, manga de miedosos, iré solo pues, les dijo. 

   El sabandija esperó tres noches hasta que hubo luna llena para cometer el saqueo, para ver mejor y también para observar el espantapájaros, por si éste hacía algún movimiento. Sí, porque por dentro, a pesar de todo también sentía miedo, pero traicionado por su misma fanfarronería no tuvo otra que cumplir con su palabra. 

   Ni bien dobló la esquina sus ojos fueron guiados hasta el centro de la quinta por los ojos de fuego de la sombra siniestra. Una súbita corriente eléctrica le recorrió el espinazo desde el huesito dulce hasta la nuca. Tuvo la tentación de volver atrás, pero al otro día no tendría ninguna verdura como prueba incontestable para que vieran sus amigos que había estado en la quinta del viejo Sebastiano. "Agarraré solo lo que esté cerca del alambrado", se dijo. Y así lo hizo; apenas cruzó se abocó a manotear con manos temblorosas y al tanteo lo que pudo mientras no le quitaba los ojos de encima al espantapájaros diabólico, que lo observaba de reojo y en silencio. Hasta que lo vio moverse y mirarlo de frente. El ladroncito sintió el frío del hielo en la barriga y de inmediato largó todo y voló por encima del alambrado, cagado, meado y prometiéndole a Dios que si lo salvaba de esa jamás tocaría en nada ajeno. 

   Mientras tanto, en el medio de la quinta, el viejo Sebastiano, ajeno a lo que sucedía cerca del alambrado, después de girar el espantapájaros para que los que pasaran por allí nunca lo vieran mirando en la misma dirección, volvió a la casa. Pero al otro día, temprano por la mañana, mientras arrancaba los yuyos dañinos entre los surcos descubrió que algún ladrón furtivo había intentado robarle las verduras la noche pasada, porque el infeliz hasta la bolsa había dejado para atrás. Sebastiano le echó una mirada al espantapájaros. 

   ¿Será posible?, se preguntó.  

                                                             Fin.


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