La Senadora Cadáver: Juegos de Seducción y Sexo

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Virginia Felipe es una persona que para sentirse realizada plenamente y sobre todo sentirse mujer, necesita tener sexo de manera frecuente, ya sea con la pareja que tenga en ese momento, o con quien se le ponga por delante, o con ambas, aunque no a la vez, pero el trío debe ser de las pocas prácticas sexuales que le falten por tener. La cuestión es que conforme nos ibamos conociendo más e ibamos teniéndonos más confianza, en nuestras charlas por whatsapp que con el tiempo se fueron haciendo más y más largas, y una vez le había confesado lo que cada vez sentía con más fuerza por ella y me tenía más atrapado, el sexo, aún por whatsapp, entró, como no podía ser de otra manera, en escena.

Todo empezó en Abril o Mayo, no recuerdo bien, un día cualquiera a media noche. Virginia, como buena zorra que es, se puso en modo puta, algo que le gusta y disfruta mucho, y ya acostada y cuando los niños ya no la veían, se le ocurrió el siguiente juego: nos haríamos preguntas personales sobre nosotros, ella sobre mi y viceversa, cosas que ya por el tiempo que llevabamos conversando, deberíamos saber. Eran cosas como, cual era su segundo apellido, o los míos..., cosas que en el fondo y de frente, eran una chorrada. La cosa es que con esas chorraditas que nos ibamos preguntando, si acertabamos, pues fingíamos quitarnos la ropa, tocarnos aquí y allá, besarnos..., era como el título de este capítulo, juegos de seducción y sexo. 

Cuanto más nos preguntabamos y más acertabamos el uno sobre el otro, el juego iba a más, se ponía más caliente, y yo, que me encanta el sexo, también. Todo se calentaba tanto que llegaba un a punto en el que dejabamos el juego casi sin darnos cuenta y aquello se convertía en puro y mero sexo telefónico. Y así estuvimos toda la primavera y todo el verano. No te digo que todas las noches, porque todas, por el motivo que fuere, no se podía, pero si que lo hicimos en muchas ocasiones a lo largo de todos aquellos meses. 

Yo, ignorante de como era ella realmente y cegado por todo, por ella, por aquel juego de seducción y sexo clandestino del que nadie sabía nada salvo nosotros y que tanto me gustaba por todo lo que lo rodeaba y porque, como te digo, me gusta el sexo más que a un niño un trozo de chocolate, le entraba más a todo, más quería de ella, de lo que me daba y de lo que creía que teníamos. Con el tiempo y con una facilidad pasmosa me convertí en un títere más en sus manos. Algo que ahora, con el tiempo y con perspectiva, veo lógico, pues ella desde bien joven, desde la adolescencia, ya tenía esa necesidad de jugar con los hombres y con la gente en general, tenerlos a todos a su alrededor y hacer de ellos y con ellos cuanto se le diera la gana, sintiéndose siempre por encima del mundo, y pasando por encima de él si fuese necesario. Y el sexo, a pesar de que ella realmente poco podía hacer de motu proprio por su prácticamente nula movilidad, le daba mucho poder, al menos le hacía sentir que lo tenía, y sabía aprovecharlo bien. Eran ya unas cuantas relaciones extramatrimoniales las que había tenido antes de mi, aunque yo lo ignoraba, y por ende ya tenía mucha práctica en ese ámbito, demasiada quizá.

Leyendo estos párrafos, tal vez pienses que me arrepiento de haber entrado al trapo en este juego, por haber sido un peléle, porque lo fui, pero no, no me arrepiento en absoluto de nada de lo que tuve con ella. No me arrepiento por varias razones, primero que todo porque en todo momento fui totalmente sincero con ella y con lo que sentía, quizá demasiado sincero, demasiado abierto incluso, demasiado entregado a ella y todo lo que se dio entre nosotros, pero lo hice con total y absoluto amor, y como no fui yo quien mintió ni engañó a nadie, no fui yo quien utilizó a nadie, por lo que no tengo motivos para arrepentirme de todo lo que se dio, aún siendo todo una puta mentira; y segundo porque todo aquel juego de seducción y sexo me gustó mucho, fue más que gustarme, me encantó y hasta me fascinó, porque me gusta o me gustaba que me sedujeran y me sorprendieran, me gustaba dejarme llevar. Ahora y tras tan mala experiencia, no lo tengo claro, no sé que haría, ni que haré si conozco a otra que me guste y con la que, aparentemente, pueda tener algo, pero si sé que si se presenta un caso similar a este, no le entraré, al menos no tan facil y rápido como lo hice con este, porque si sé que de esta he aprendido mucho, me ha enseñado sobre mi mismo y ahora no soy el tren bala que se ponía a cien y más en tres segundos. Ahora, al menos eso creo, voy con el freno de mano echado, más despacio y tratando de verlo todo con más calma y perspectiva, paso a paso. Al menos eso creo, y eso espero, espero haber aprendido de todo esto, de lo que me pasó, de lo que me hizo sentir antes y después, al principio y al final, y creo que si me volviera a ver en algo minimamente parecido, no actuaría igual. 

Si sé y tengo claro que ya no creo en el amor, no como antes, y ni tan siquiera lo quiero, no quiero amor, no quiero atarme a nadie de manera tan comprometedora para llamarlo amor, ahora solo quiero sexo, quizá era lo único que realmente quería con Virginia, sexo, juegos de seducción y sexo nada más.


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